Leer es aburrido

Artículo publicado en ABC de Sevilla el 16 de febrero de 2018

Leer es aburrido, claro que sí, a quién vamos a engañar. No puedes leer y hacer otras cosas al mismo tiempo, como chatear con amigos, ver la tele o publicar en tu muro. No se puede leer medio minuto, y dejarlo, y luego ponerse otro medio minuto, y dejarlo otra vez, interrumpiendo la lectura constantemente. En los libros no hay vídeos, ni fotos con filtros, nadie te motiva con un me gusta, y sobre todo no apareces tú, qué desconsideración. No están tus selfies, ni tus mensajes, y, aunque podrías subrayarlos y anotar cosas, nadie las iba a saber, así que, para qué.  Cuando abres un libro no entras en ningún sorteo, ni obtienes ningún descuento, ni hay nadie aguardando tu recomendación. No hay un premio esperándote después de la lectura, ni ningún concurso en el que puedas participar mientras lees.

No, leer no es una actividad gamificada, vaya por Dios, no es un videojuego en el que puedas sortear líneas enemigas, ni compites contra nadie. Es imposible distraerse leyendo, y también leer distraído. Leer no te hace influencer, ni tampoco nadie vive de leer (ni casi de escribir). No hay youtubers ni instagramers de la lectura, ni tú ni yo conocemos tampoco a ningún tuitstar famoso por los libros que lee. Leer te obliga a sentarte, y a quedarte quieto, y a no cambiar de actividad, y a concentrarte. Leer no es excitante y además es exigente, tanto que a veces ni entiendes lo que lees, y eso te pasa porque no has leído suficiente, así que te obliga a leer más. Leer, la verdad, es casi una tortura, un martirio, una ración de cilicio, un bucle que empieza y nunca acaba, el de leer y pensar, pensar y leer, un consumismo de ideas que nunca se sacia y produce una insatisfacción radical, y, a veces, cierto pesimismo y negatividad. No, leer no es un subidón, no produce euforia, y a veces ni siquiera optimismo.

"Leer es aburrido, tú lo sabes y yo lo sé, pero lo que no sabes, y te lo digo yo, es que cuando llegas a cierta edad, sobre todo si has leído, lo divertido se convierte en mortalmente aburrido, y solo lo aburrido te divierte"

Leer es aburrido, tú lo sabes y además lo dicen las encuestas: más del 40% de los españoles nunca lee por ocio. Y es normal: a quién se lo ocurre gastar el tiempo libre leyendo… Qué sopor, qué densidad de tiempo. Leer exige constancia y pausa, es inicio, nudo y desenlace, pero no todo al mismo tiempo, sino de forma consecutiva, y a veces de forma dilatada. Leer es esperar, y disfrutar en la espera, y, claro, eso es masoquismo. Leer son vísperas. Es hipótesis, desarrollo y conclusión, un argumento que progresa lentamente, no son 130 caracteres con todo incluido, no es un aquí te pillo y aquí te mato, leer, cómo describirlo, es parsimonioso, un trabajo artesanal, y por tanto no se parece nada a lo que pasa ahí fuera, donde todo es digital, todo es espídico: agitación, nervio, optimismo, positivismo, pasatiempo, fiesta, muchedumbre y jolgorio, visto y no visto, tiempo que pasa rápido para no pensar.

Leer es aburrido, tú lo sabes y yo lo sé, pero lo que no sabes, y te lo digo yo, es que cuando llegas a cierta edad, sobre todo si has leído, lo divertido se convierte en mortalmente aburrido, y solo lo aburrido te divierte. Leer, te lo digo yo, es aburrido hasta que deja de serlo, y, en ese momento, ocurre algo increíble, de verdad, no te lo vas a creer. Ocurre que llega un momento en que solo te apetece lo lento, porque lo trepidante te resulta insufrible, y nada te produce más impaciencia que la excitación continua. Una marca te propone participar en un concurso de selfies, por ejemplo, y piensas, quién perderá el tiempo en estas cosas. Te explican una promoción para que puedas optar a no sé qué viaje si te metes en no sé qué web para rellenar no sé qué formulario, y piensas para ti, con retranca: “va a ser lo primero que haga en cuanto llegue a casa”. Ves a una pareja cenando sin hablarse mientras chatean compulsivamente por sus móviles, y rumias: “pobrecillos”. Te proponen jugar a la consola, y piensas: “cuándo crecerán”. Oyes hablar de gamificación, y te entra una pereza que casi te pones a bostezar.

"Ocurre que llega un momento en que solo te apetece lo lento, porque lo trepidante te resulta insufrible, y nada te produce más impaciencia que la excitación continua"

Leer es aburrido, pero te digo una cosa: menos mal. Porque cuando ya todo sea magia, cuando todos los profesores sean prestidigitadores o equilibristas, cuando la clave del aprendizaje sea que el profesor haga el pino puente para que el alumno esté distraído, cuando las noticias de los telediarios se parezcan a los contenidos de un “late show”, cuando toda la información sea entretenimiento y el pasatiempo sea elevado a la altura de conocimiento, cuando todo eso ocurra e incluso estés a punto de esferificarte a ti mismo por puro recreo, cuando estemos próximos al cumplimiento de la profecía de Neil Postman, divirtiéndonos hasta morir, entonces, quizás entonces, alguien recuerde que la alternativa a todo eso es leer.

Leer, decía Séneca, es conversar con los sabios que ya no están con nosotros. Y es diálogo con uno mismo. Es pensar. Es aspiración a la libertad, que es sobre todo libertad de pensamiento. Leer es progreso. Es civilización y hegemonía de la razón. Y es también emoción. Leer es humanismo, que viene de humano, porque no hay nada más humano (ni humanístico) que leer. Es meditación y silencio. A cualquier hora, leer es siempre el mejor momento del día. Es filosofía, ciencia, literatura y también música y arte y cine y deporte. Leer es lento, como un café muy caliente que no puede beberse deprisa, como una onza de chocolate negro que no quieres que acabe de derretirse nunca. Leer es aburrido, pero hay pocas cosas mejores que leer, y las pocas que hay mejoran con la lectura.


Los nuevos "sabios"

Artículo publicado en ABC de Sevilla el 1 de febrero de 2018

La decisión del Gobierno de Andalucía de dejar fuera del Consejo Consultivo a los dos miembros propuestos por el PP, para conformar así un órgano menos incómodo, revela la degradación que sufre el concepto de autoridad intelectual, completamente arrastrado por el barro de la llamada “influencia pública”. En el Derecho romano, la “auctoritas” era una legitimación socialmente reconocida que procedía no sólo de un saber contrastado, sino de una cierta altura moral e independencia de juicio. La “auctoritas” era concedida a aquellos ciudadanos que ostentaban estas tres cualidades, que se consideraban fundamentales para ejercer la tutoría.

Desprendida de cualquier consideración moral y ceñida estrictamente a su vertiente erudita, la “auctoritas” ejerce sin embargo hoy una función que no puede estar más en las antípodas de esa consideración intelectual. Un mero papel legitimador, mucho más cercano a la mercadotecnia y a la propaganda que al conocimiento. Dicho de otra forma, lo que se busca de las personas (supuestamente) revestidas de “auctoritas” no es el conocimiento y la sabiduría. No es la guía o el consejo para quien, sin estar exento de voluntad y determinación propia, está dispuesto a dejarse aconsejar. Lo que se busca del (nuevo) “sabio” es la influencia pública, la capacidad de legitimación, el refuerzo de la opinión propia ante los demás.

No sé, si como ha dicho el PP, la renovación del Consejo Consultivo realizada por Susana Díaz es el “mayor acto de despotismo en la historia de la autonomía”. De un Gobierno que lleva más de dos décadas en el poder, lo menos que puede esperarse es cierto ensimismamiento. Como ya advirtió Tocqueville, incluso en democracia, todo poder tiende a ser despótico cuando tiene poco contrapesos; y en Andalucía, el poder socialista apenas los ha tenido. Mucho más me interesa (y me preocupa), como digo, el uso espurio del concepto de autoridad intelectual que está detrás de una decisión de este tipo.

"Lo que se busca del (nuevo) “sabio” es la influencia pública, la capacidad de legitimación, el refuerzo de la opinión propia ante los demás"

Si al Gobierno andaluz le interesara de verdad el conocimiento de expertos capaces de estudiar y asegurar la legalidad de sus decisiones antes de su remisión al Parlamento (tal es la función declarada del Consejo Consultivo) valoraría positivamente la pluralidad de su composición, o al menos le resultaría indiferente. Si excluye a los candidatos propuestos por otros partidos, para dar entrada a ex consejeros, parece necesario concluir que el tipo de ropaje que busca no es intelectual, sino meramente discursivo, o de refrendo del relato, como se dice ahora.

La degradación de la autoridad intelectual, y su subordinación al objetivo de la influencia pública, no es en cualquier caso una práctica exclusiva del Gobierno andaluz, ni siquiera se trata de un fenómeno aislado de la política, sino que resulta una verdadera tendencia social que alcanza derivas muy llamativas. Así, periódicamente, recibo de amigos y conocidos mensajes indignados sobre las manifestaciones disparatadas que personajes famosos realizan sobre la vida pública y que adquieren cierta “viralidad” (la mayoría de las veces intencionada).

Por ejemplo, hace poco me reenviaron las declaraciones de un antiguo futbolista de la selección española que hoy juega en Catar. En ellas, este deportista, Xavi Hernández, expresaba su estupor y malestar por “la existencia de presos políticos en España” (refiriéndose a los políticos separatistas catalanes que vulneraron conscientemente la Constitución y las leyes españolas y catalanas), a la vez que se mostraba muy obsequioso con el sistema político del país que lo acoge laboralmente, del que decía que “no es democrático, pero la gente es feliz y está encantada con la familia real”.

"Hemos sustituido al experto por el famoso, al que sabe por el que tiene más seguidores, al que puede aportar contenido por el que puede aportar público"

Sin entrar en la asombrosa empanada mental de estas afirmaciones (si son ciertas), lo que debería movernos a la indignación no es la inconsistencia intelectual de un futbolista, sino que la sociedad (empezando por los medios) se interese por las opiniones políticas de una persona sin ningún tipo de erudición ni experiencia interesante para la vida pública. La verdadera degradación de la autoridad intelectual se refleja aquí, en la propia emergencia del concepto de influencer, en que hemos sustituido al experto por el famoso, al que sabe por el que tiene más seguidores, al que puede aportar contenido por el que puede aportar público.

Así las cosas, quizás debamos agradecer, después de todo, que en el Consejo Consultivo todos los miembros sean al menos licenciados en Derecho. Podría ser peor y, desde luego, no me cabe duda de que lo sería, si la función declarada de este órgano no fuese marcadamente jurídica. No tardará el día en que veamos órganos consultivos institucionales repletos de “influencers”. Porque a los políticos no les interesa lo que piensan los expertos. Les interesa lo que (no) piensan los prescriptores más populares. Les interesa Guardiola mucho más que Albert Boadella. Más Xavi Hernández que Fernando Savater.

Pero tampoco podemos acusar solo a los políticos. Les pasa a las empresas en su comunicación corporativa (cada vez más orientada hacia la frivolidad digital de youtubers’, ‘instagramers’ y ‘tuitstars’), y nos pasa a todos, que leemos y compartimos excitados la afirmación intelectualmente anémica de un rostro famoso, mientras pasamos por alto la página de opinión rigurosa y documentada de quien solo tiene el mérito de saber mucho. El “influencer” es el nuevo “sabio” y toda la sociedad es “responsable” de esta mutación. Iba a decir “culpable”, pero en realidad ya nadie siente culpa de nada.


Empoderamiento, vade retro

Uno de los novedismos (Sartori) que los profesionales de las RRPP han acogido en los últimos tiempos de manera más entusiasta ha sido el empoderamiento. Ni que decir tiene que es también uno de los más nocivos, sólo superado quizás por el storytelling, el novedismo culpable de la deriva emocional de las RR.PP., a la que ya he hecho referencia en alguna otra ocasión y sobre la que seguro que más explayaré con más detenimiento (y me temo que con más saña) en futuros posts.

Como en un juego de cambio roles de esos que tanto gustan a los coaches (profesionales que hemos hermanado a los comunicadores y que sin embargo deberíamos tener tan lejos como nos fuera posible), de un tiempo a esta parte vengo escuchando lo que sin duda resulta un novedismo de manual y además literal. Me refiero a esa especie de transmutación a través de la cual los dircom y asesores de comunicación han (o hemos, por no eludir la autocrítica) decidido que los proveedores sean los nuevos empleados; los empleados, los nuevos clientes; los clientes, los nuevos accionistas; y ya en pleno colocón, en ese momento final de exaltación de la amistad, los accionistas en nuevos empleados. Todo sea por reinventar la rueda.

La palanca de toda esa transformación ha sido el aludido empoderamiento. Como si nuestro reconocimiento profesional dependiera del empoderamiento de nuestros públicos, llevamos a los Consejos de Dirección la idea de que los roles de los stakeholders habían cambiado. Y no sólo eso, sino que todos se habían vuelto mucho más importantes de lo que ya eran, y así había que comunicarlo a los propios interesados.

De modo que le dijimos al accionista que era el nuevo empleado, no para degradarlo lógicamente, sino lo contrario, para hacerle sentir uno más de dentro. Igualmente, cuando explicamos al proveedor que era el nuevo empleado, lo hicimos con un ánimo completamente adulador, aunque ello no se notara en la puntualidad de los pagos. Cuando convencimos al empleado de ser el nuevo cliente, la intención fue idéntica: la de transmitirle que daríamos la vida por fidelizarlo. Finalmente, cuando, por obra y gracia del empoderamiento, convertimos a nuestro comprador en nuevo accionista dimos el triple salto moral (lo de “moral” era una errata, pero me he dado cuenta de que mejora a “mortal”) de hacerle creer que las empresas ya no son gobernadas por sus consejos de administración, sino por sus clientes.

En parte por esnobismo, en parte porque no nos tomaron en serio, y en parte porque nadie pensó en las consecuencias, a los comunicadores nos dejaron hacer, o sea, empoderar. Y empoderando, asumimos que debíamos hacer una comunicación adaptada no a lo que cada público es en efecto (empleado, cliente, accionista…), sino a lo que nosotros como comunicadores decidimos que iban a empezar a ser y de hecho les dijimos que eran ahora (nuevo cliente, nuevo accionista, nuevo empleado). Nos empachamos de empoderar, y nuestros públicos respondieron como cabía esperar: tomando el poder que se les brindaba. Y así, hartos de oír que eran los nuevos accionistas, muchos clientes se lo creyeron, y se pensaron que a ellos correspondían no ya sus decisiones de compra y recomendación, sino las propias decisiones de gobierno de las marcas.

El resultado de esta estrategia de comunicación, desbordante de empoderamiento, está empezando a poner a muchas marcas al borde de contradicciones insoportables, sobre todo en organizaciones que no están dispuestas a delegar en los clientes las decisiones de gobierno, que ni que decir tiene son todas, porque el gobierno absoluto de la opinión no sé da ni siquiera en la esfera pública de las sociedades democráticas. Aunque algunos querrían sacar todos los días urnas a la calle, la realidad es que en las democracias representativas los votantes no toman las decisiones, sólo eligen a quienes las toman. Los partidos políticos y las instituciones públicas emplean métodos de auscultación de la opinión (los sondeos, el propio análisis electoral, la opinión publicada…) que lógicamente influyen en sus políticas, pero no resultan vinculantes para sus decisiones. Siendo eso así en la esfera pública, cómo vamos a pretender que en la esfera privada los equipos directivos y/o propietarios de las empresas renuncien a sus funciones (y/o a su soberanía) para dejar el poder de las decisiones sobre esos clientes empoderados como nuevos accionistas.

Ojo que lo que trato de decir en estas líneas no es que las marcas no tengan que escuchar a sus públicos (y en particular a sus clientes). Dicho de forma que algunos de mis colegas puedan entenderlo mejor, creo que practicar el listenning sí es importante. Y de hecho, la mayoría de las marcas ya lo hacen y lo han hecho toda su vida, incluso antes de existir las redes sociales, a través de las mencionadas encuestas y de otras muchas técnicas de investigación y a través de herramientas que hoy nos parecen tan pretéritas como las líneas de atención al cliente o los buzones de sugerencia. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es esa otra clase de empoderamiento (promovido desde la Comunicación) que está llevando a pensar al cliente que tiene el mando. Que tiene derecho a gobernar. Y, finalmente, y ahí quería llegar, que a él le corresponde también la creación del relato de las marcas. De modo que la marca es lo que él quiere escuchar que sea y lo que él estaría dispuesto a contar.

Un cliente ya es poderoso siendo cliente. Con sus decisiones de compra y sus recomendaciones (ahora amplificadas por las redes sociales), tiene un cierto poder (y un poder cierto) de influencia sobre las marcas.  Pero esa clase de empoderamiento que le atribuye la capacidad de gobernar y cocrear el relato de las organizaciones no sólo es una quimera, sino también una fanfarronería que, como decía antes, crea muchas tensiones y pone a las organizaciones ante un enorme dilema: ser coherentes con lo que quieren ser y hacer, o dejar la narrativa en manos de sus públicos y darles exactamente lo que estos quieren oír. Y no, no es una disquisición meramente teórica y filosófica. En absoluto lo es.

Es algo con enormes consecuencias prácticas. La comunicación comercial, la atención al cliente, la respuesta a las quejas y reclamaciones, la correspondencia electrónica, la comunicación en redes sociales… El delirante empoderamiento del cliente (especialmente del cliente) provocado por el estilo de comunicación de los últimos tiempos condiciona la forma y contenidos de la información en todos estos soportes, donde de forma cada vez más recurrente nos encontramos en la tesitura de marcar los límites o seguir empoderando, de optar por la vía fácil de adular o por la más complicada de ponernos en nuestro sitio.

La Economía de la Reputación es algo positivo. Supone llevar al territorio del mercado esa vieja convicción democrática de que las decisiones de los poderes deben estar sometidas a la publicidad: al tribunal del ojo y el oído público. Pero no confundamos a los consumidores, no les hagamos creer que tienen el derecho y la potestad de marcar el gobierno y relato de las empresas, no tensionemos la credibilidad de las organizaciones para las que trabajamos llevando su discurso al paroxismo de la corrección política. Y, sobre todo, no nos olvidemos tampoco de ese grupo de clientes que ni se siente empoderado, ni quiere serlo nunca, pues precisamente lo que quiere es trabajar con empresas dirigidas por consejeros, directivos y profesionales cualificados y no por nuevos accionistas ebrios de empoderamiento.

Empoderamiento, vade retro.


La Educación lo es todo

Artículo publicado el 29 de diciembre de 2017 en ABC de Sevilla

Educación es dar las gracias. Al empleador que te paga la nómina y al empleado que te entrega un proyecto. Al cliente que te contrata y al proveedor que te suministra. Educación es decir siempre por favor y quitarle importancia a los favores que haces. Es pedir disculpas y aceptarlas de buen grado. Es alquilar un piso y devolverlo mejor que te lo dieron, abandonar un hotel y dejar tu habitación impecable. Educación es no salir de casa sin hacer la cama, y mantenerla limpia y ordenada aunque no tengas ayuda. Educación es cuidar la plaza pública como el salón de tu casa, usar las papeleras, agacharte a recoger un papel cuando lo ves tirado en la calle, y no arrojar pipas ni colillas al suelo. Educación es mantenerte de pie cuando pasan las cofradías, es no sentarte nunca en el suelo, en ninguna circunstancia, por muy cansado que estés.

Educación es ceder el asiento en el transporte público, dejar pasar primero, dar los buenos días y las buenas noches, despedirse antes de salir y saludar después de llegar. Es no hablar mal a nadie, no ser zafio ni grosero, estar atento al profesor o el conferenciante aunque resulte aburrido y no mirar jamás el móvil mientras alguien te habla. Educación es apagar el móvil y la televisión mientras se cena. Educación es escuchar. Es conversar sin interrumpir y hablar lo justo de ti. Es respetar el turno de palabra, el límite de la sinceridad, callarse antes de molestar, dispensar a los demás el trato que te gustaría recibir a ti. Educación es no señalar, morderte la lengua antes que criticar. Educación es no adular y no herir. Educación es respeto.

"Educación es votar de manera informada y cumplir la ley aunque no estés de acuerdo con ella. Y es pagar impuestos. Educación es convivir y pensar en las consecuencias de tus actos sobre los demás. Es intentar ponerse de acuerdo".

Educación es vestir de forma adecuada al espacio que se visita y al público que lo frecuenta. Es adaptarse y ser el “uno mismo” que más le gusta al interlocutor que se tiene enfrente. Educación es diferenciar, y saber que no le puedes hablar igual a un amigo que a un padre, a un cliente que a un compañero, a un joven que a una persona mayor. Educación es cambiar el registro y distinguir entre un correo electrónico, una publicación en tu muro y una conversación por mensajería instantánea. Es saber escribir correctamente una carta y contestar adecuadamente una llamada. Es leer la prensa a diario e interesarse por los asuntos que ocupan a todos. Es esforzarte por conocer lo que pasa en tu ciudad, en tu país y en el mundo. Es votar de manera informada y cumplir la ley aunque no estés de acuerdo con ella. Y es pagar impuestos. Educación es convivir y pensar en las consecuencias de tus actos sobre los demás. Es intentar ponerse de acuerdo.

Educación es tolerancia, lo contrario al dogmatismo. Es apertura a lo nuevo desde el conocimiento de la historia y el respeto a la tradición. Es innovación, que no novelería ni esnobismo. Es aceptar la posibilidad de persuadir y ser persuadido, admitir que en gran medida tus ideas son las de tu entorno y revisarlas críticamente. Es cambiar las ideas propias cuando piensas que la razón ya no las asiste. Es aprender a vivir con las contradicciones internas, y aceptar que la duda es el reverso de la inteligencia. Educación es el gobierno de la palabra, autoridad debatida, democracia basada en el logos y en la confrontación intelectual de ideas. Es aceptar la razón como árbitro, desechando el gobierno de las emociones, los gritos y la gestualidad exagerada.  Educación es discreción y silencio. Es ser adulto cuando se es adulto y niño cuando se es niño. Obedecer a los padres y reverenciar a los abuelos. Es compasión con el que sufre y empatía con el que celebra.

Educación es salir de casa llorado, no quejarse ni hacerse la víctima. Evitar la exhibición del dolor tanto como la ostentación de las posesiones. Es tener sentido del deber e intentar hacer bien el trabajo. Educación es ocuparte de lo tuyo, incluso si los demás no se ocupan de lo suyo, y no esconderse nunca en el equipo para esquivar las  obligaciones propias. Educación es asumir la responsabilidad de los errores y pagar por ellos. Es fracasar con dignidad y triunfar con la misma dignidad. Educación es ahorrar y no contraer deudas que sospechas que no podrás pagar. Es citar y es reconocer las deudas de gratitud, como yo debo hacer, en este artículo, con el amigo que me envió un video de Antonio Escohotado cuyas declaraciones son la inspiración y el punto de partida de este artículo.

"Educación es codicia de lecturas, ambición de  estudios, satisfacción íntima de haber leído. Es divertirte con lo aburrido y aburrirte con lo divertido, deseo de seguir aprendiendo, desenvolvimiento en la complejidad y aceptación de la dificultad como reto"

Educación, como decía este filósofo, es conocimiento, y lo que hace verdaderamente rico a un pueblo (y a una persona). Educación es imitar a quien admiras y admirar solo a gente admirable, es decir, a gente educada. Educación es codicia de lecturas, ambición de  estudios, satisfacción íntima de haber leído. Es divertirte con lo aburrido y aburrirte con lo divertido, deseo de seguir aprendiendo, desenvolvimiento en la complejidad, aceptación de la dificultad como reto y auto-superación intelectual. Educación es perseverar hasta la excelencia, reiteración y memoria en las dosis necesarias para una creatividad inteligente. Es aprender a pensar cosas y a hacerlas después de pensarlas. Es proteger a los profesores e invertir en ciencia.

Educación es la mejor inversión que existe, y, aunque no lo fuera, seguiría sin haber nada más importante. La Educación lo es todo. O todo lo que de verdad importa. Todo lo que un padre (educado) quiere para sus hijos, el único legado que sobrevive a la crisis, incluso a la muerte, porque se traspasa sin pagar impuestos. Educación es todo lo que pido para el mundo por año nuevo y por todos los años nuevos que estén por llegar.

 


Los “biendolientes” catalanes

Artículo publicado el domingo 17 de diciembre de 2017 en ABC de Sevilla

En un deslumbrante ensayo titulado “La tentación de la inocencia”, el filósofo Pascal Bruckner describió con afilada lucidez las dos patologías más graves de la sociedad actual: el infantilismo y la victimización. El infantilismo, entendido como la pretensión de los adultos de disfrutar de todos los beneficios de los menores, sin obligaciones ni deberes, autorizados para desearlo todo y para además tenerlo todo al momento. La victimización, como el resultado irreversible de esa cultura del deseo como derecho, estimulada por el consumismo y una forma de vida orientada a la diversión continuada. El adulto-niño quiere (exige) ser feliz en el acto, y, si no logra, se cree en el “derecho a una compensación por su sueño mutilado”.

Pero la aportación más brillante de Bruckner es, a mi juicio, descubrir la rentabilidad de esa queja. “Si los falsos crucificados proliferan en nuestros días se debe también a que pueden rentabilizar sus sinsabores”, escribe con perspicacia, para añadir a continuación que la victimización es la forma de sacar partido al hastío en que se haya instalado el hombre-niño, una “nueva manera de vivir” de la que puede obtener suculentos réditos, sólo entendible en una sociedad que combina una avidez sin límites con una falta de compromiso absoluta, que espera recibirlo todo sin renunciar a nada, donde los “bienpesantes” han sido sustituidos por los “biendolientes”.

En ese “reino del lloriqueo obligatorio”, la victimización no sólo ha adquirido prestigio social, sino que ha acabado convirtiéndose en “la versión fraudulenta del privilegio”, el subterfugio a través del cual las víctimas más hábiles sugieren que la ley tiene que aplicarse a todos salvo a ellos y esbozan “una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna”. “Para que una causa llegue a la Opinión Pública hay que aparecer como una víctima de la tiranía, hay que imponer una visión miserable de uno mismo, la única capaz de concitar las simpatías: en este sentido, ninguna fórmula resulta excesiva, la ascensión verbal a los extremos está aconsejada, la menor tribulación debe ser elevada a la altura de ultraje supremo”, explica el autor francés.

En ese “reino del lloriqueo obligatorio”, la victimización no sólo ha adquirido prestigio social, sino que ha acabado convirtiéndose en el subterfugio a través del cual las supuestas víctimas sugieren que la ley tiene que aplicarse a todos salvo a ellos y esbozan “una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna”.

Y así es como ocurre esa terrible paradoja de que ciudadanos de países democráticos, con un reconocimiento de su libertad y sus derechos sin parangón en la historia de la Humanidad, se convencen de ser presos de Estados tiránicos, equiparables a aquellos donde efectivamente la libertad se impide y los derechos se prohíben, donde se practican los asesinatos y las torturas, donde no se respeta el habeas corpus, donde no se consienten las elecciones libres, donde la justicia no la imparten jueces independientes, donde toda la información de los medios es falaz, donde la libertad de expresión, opinión y manifestación está perseguida y reprimida, donde la mayoría de la población pasa hambre y penalidades por no tener sus condiciones de vida mínimamente satisfechas.

Para estos “biendolientes” profesionales, “que adoptan la pose del resistente sin correr ningún riesgo”, sus propios incumplimientos no tienen importancia, porque ellos no tienen más obligación que satisfacer su propia voluntad, ser “fieles a sí mismos” hasta el final. En cambio, si sus pretensiones no son satisfechas por “el Estado providente”, proveedor de derechos y bienestar, entonces éste adquiere automáticamente la categoría de fascista u otra aún peor, pues, como explica Bruckner, para alcanzar imaginariamente “el estatuto del oprimido”, el victimista se autoriza todos los excesos léxicos y es capaz de elevar su conflicto “al nivel de una reedición de la lucha contra el nazismo”.

Escribe el filósofo francés: “¡Fascismo! Ya está, la palabra que no podía faltar. ¿Qué es el fascismo en la época del laxismo infantil? ¿Una forma de régimen totalitario basada en el reclutamiento y en el culto de la pureza racial? Se equivoca usted de medio a medio: el fascismo es todo lo que frena o contraría las preferencias de los individuos, todo lo que restringe sus caprichos”. Y así el “victimista” profesional transmuta la verdadera naturaleza del fascismo (o del franquismo) para inferirle esa cualidad al Estado democrático y de Derecho que no le concede autorización para hacer lo que quiere, que no le deja vía libre para “realizarse” y realizar su indignada voluntad. Tal magnitud alcanza la extorsión de los “biendolientes”, que el gran riesgo de nuestras democracias es precisamente la cesión ante ese chantaje, la cual despojaría al derecho de su condición de instrumento de protección de los débiles, para convertirlo en medio de promoción de una nueva casta de defensores de las causas más inverosímiles.

Tal magnitud alcanza la extorsión de los “biendolientes”, que el gran riesgo de nuestras democracias es precisamente la cesión ante ese chantaje, la cual despojaría al derecho de su condición de instrumento de protección de los débiles, para convertirlo en medio de promoción de una nueva casta de defensores de las causas más inverosímiles

Resulta difícil no relacionar estas ideas con la impostura victimista de los políticos independentistas catalanes (y sus amigos de Podemos), “maestros en el arte de colocar sobre sus rostros la máscara de la humillación” y portadores de un individualismo pueril incapaz de “renunciar a la renuncia”. Frente a estos dos virus contagiosos del infantilismo y la victimización que se propagan como una pandemia por las sociedades democráticas, tan evidenciados en los “biendolencia” catalana como en la verborrea delirante y desmedida de Pablos Iglesias y los suyos, que ven franquistas por todas partes, sólo cabe responder con la actitud contraria, responsable y adulta, de defensa y promoción de la legalidad, no como  “máquina de multiplicar los derechos de unos pocos sin fin y sin contrapartida”, sino como mecanismo de preservación de la libertad y la igualdad de derechos de todos.


La gran marea digital

Artículo publicado en ABC de Sevilla el domingo 3 de diciembre de 2017

La reciente aprobación por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento de Sevilla de la implantación de un servicio de wifi gratuito en toda la flota de autobuses públicos revela el grado de adoctrinamiento digital que sufre la sociedad actual. Nadie ha cuestionado (ni en el Consistorio ni en la calle) la prioridad y utilidad de la medida, que probablemente no tendrá otra consecuencia que la de acabar con los dos o tres pasajeros que todavía aprovechan los trayectos en transporte público para abrir un libro. A tanto llega la aceptación sumisa e incondicional del discurso de progreso asociado a la digitalización, que todo aquel que se atreva a cuestionarlo, aunque sea parcialmente, corre el riesgo de pasar por reaccionario. Arropada por un relato emocional construido con conmovedoras imágenes de abuelos que gracias a la tecnología pueden hablar con nietos que viven en el otro punto del planeta, la digitalización ha adquirido los rasgos de un dios civil que viene a traernos un mundo mejor.

El progreso digital se presenta hoy como una realidad inexorable e inobjetable, avalado por todo un “storytelling” global que no sólo ha logrado legitimar la invasión totalizadora de la tecnología en nuestras vidas, sino que ha sido capaz de transformar nuestras convicciones hasta un punto del que no somos conscientes, haciendo que pasemos por grandes “avances” y “conquistas” lo que probablemente sean retrocesos sociales. Así, lo que ninguna patronal ha conseguido, lo que ni el capitalismo más salvaje se ha atrevido a sugerir en los últimas décadas, la disolución de las fronteras entre el espacio y el tiempo de ocio y de trabajo, lo ha logrado de forma asombrosa la nueva narrativa publicitaria de las grandes marcas tecnológicas, presentando como un deslumbrante progreso la “ventaja” de poder trabajar desde casa a cualquier hora del día y de la noche o la no menor “fortuna” de poder llevar la oficina a cuestas en el móvil. Un adelanto (bautizado como “conciliación”) casi tan entrañable y humano como la posibilidad de ver a través de una pantalla al nieto que no se puede abrazar, exiliado por el nomadismo profesional de los padres.

El progreso digital se presenta hoy como una realidad inexorable e inobjetable, avalado por todo un “storytelling” global que ha sido capaz de transformar nuestras convicciones hasta un punto del que no somos conscientes

Pero la invasión de la digitalización de nuestro espacio privado se produce no solo para el trabajo, sino también para el ocio. La industria de los videojuegos crece año tras año, y lo hace apoyada en un consumo creciente de los jóvenes, cada vez más niños, pero también de los propios adultos, cada vez más niños igualmente. La (in)cultura de la “gamificación” se propaga exponencialmente, rodeada de un aura de prestigio que la justifica y legitima socialmente. Todo lo que es aburrido, tedioso, exigente, pausado, merece ser desterrado, y la distracción, antaño perseguida por impedir la reflexión, la memoria, la ciencia, las artes y la cultura, se proyecta como la nueva forma de inteligencia.

Tal es el prestigio de este nuevo ecosistema digital orientado a la distracción y la interrupción continuas que no sólo le hemos entregado el tiempo libre de nuestros hijos: también le hemos abierto las puertas de la escuela. Sin evidencia empírica alguna que respalde la digitalización de la enseñanza, con el huero ropaje intelectual de argumentos como “todo está en Internet”, “las habilidades serán en el futuro más importantes que el conocimiento”, o “los trabajos que harán nuestros hijos aún no han sido inventados”, estamos bendiciendo la flagrante precarización intelectual de las nuevas generaciones, cada vez más incapacitadas para la lectura y para cualquier clase de actividad que exija más de cinco minutos de concentración.

Hace poco adquirió “viralidad” la foto de un político al que se le había caído el móvil en una paella, después de hacerse un “selfie” que con toda seguridad pensaba propagar a través de las redes sociales. A los internautas les pareció una imagen muy divertida. Pero no lo era. Más bien, era casi una imagen apocalíptica: la metáfora de una sociedad enferma, que muestra ya los síntomas del virus digital que la ha infectado. Un virus que, como mínimo, está perjudicando el debate público y mermándonos en nuestra condición de ciudadanos. Si la política está degenerando en un ejercicio de exhibicionismo público, vulgar y sin contenido, es porque responde a una sociedad cada vez más frívola, superficial, infantil e inculta, que dice que no lee porque no tiene tiempo, pero que en realidad pierde el tiempo a mansalva, entretenida por la digitalización hasta caer exhausta, ahora en Sevilla también en el transporte público.

La (in)cultura de la “gamificación” se propaga exponencialmente, rodeada de un aura de prestigio. Todo lo que es aburrido merece ser desterrado, y la distracción, antaño perseguida por impedir la reflexión, se proyecta como la nueva forma de inteligencia.

Tan atentos como estamos a expulsar de la escuela y de la vida pública cualquier creencia que vaya más allá de la razón, sobre todo si tiene que ver con la fe católica, parece mentira que nadie se esté cuestionando el adoctrinamiento que estamos recibiendo constantemente para entregarnos a esta nueva fe digital.  La tecnología no es neutra ni es inocua. No es el empleo que se hace de ella. La tecnología presupone  un uso: lleva el propósito en sus entrañas. La digitalización nos proporciona ventajas indudables, qué duda cabe, pero deberíamos cuestionarnos su carácter de mesías redentor para todos  nuestros problemas. La inundación por la gran marea tecnológica de nuestros espacios privados, y de los espacios públicos de educación y de convivencia, merecería una reflexión pausada. Esa que precisamente cada vez realizamos menos, al estar todo el día pendientes del mail, del whatsapp, de twitter, de facebook, y de atender todas las llamadas que recibimos por el móvil.


No lo hagas

A ti, que eres periodista y has llegado a ser dircom de una gran multinacional, que  manejas importantes presupuestos de comunicación,  que tienes la gran responsabilidad de gestionar la reputación de una de las empresas del Ibex 35, y que lo eres porque con toda probabilidad has hecho méritos para ello, porque has tenido una destacada carrera en comunicación corporativa y en medios económicos, o únicamente en comunicación corporativa, pero has pasado por muchos puestos, y has tenido que bregar en las trincheras, y has llegado adonde estás después de subir peldaño a peldaño en tus atribuciones, a ti, que seguramente ya no escribirás tanto porque escribirán para ti, pero que tienes el paladar suficiente para apreciar una buena información, para distinguir un texto de valor y una mierda de texto, a ti, apreciado colega, quiero pedirte una cosa: por favor, no lo hagas.

No compres espacios informativos en los medios, no negocies comercialmente para que los periódicos reproduzcan íntegramente como información propia textos elaborados por tus departamentos, no exijas (no consientas siquiera) que retiren el cintillo de publirreportaje de los textos que respondan estrictamente a esa etiqueta, no asocies tu marca a apestosas noticias sin ninguna credibilidad periodística, no llegues a acuerdos económicos denigrantes que te garanticen una presencia informativa al peso, no abuses de la debilidad económica de los medios ni obligues a los profesionales que trabajan en ellos a taparse la nariz cuando contemplan su producto, no derribes en suma las fronteras que separan la información de la publicidad, que deben separarla, no denigres el periodismo y sobre todo no denigres las relaciones públicas, un oficio al menos centenario que desde su fundación a principios del siglo XX ha vivido consagrado al objetivo de ganar espacios en los medios, no al de comprarlos.

No asocies tu marca a apestosas noticias sin ninguna credibilidad periodística, ni llegues a acuerdos económicos denigrantes que te garanticen una presencia informativa al peso

Recuerda la célebre Declaración de Principios de Ivy Lee, nuestra intención es ofrecer noticias, esto no es una agencia de publicidad, si piensa que algunos de nuestros asuntos encajan en su departamento comercial, no los utilice, ¿lo has olvidado?, pues sí, es lo que decía aquel texto fundacional de nuestra disciplina, en realidad es lo que decíamos todos cuando empezamos en esto, seguro que te acuerdas de tus peleas con los departamentos comerciales, esto no es noticia, si quieres que aparezca paga un anuncio, no podemos mandar publicidad como información, nuestra obsesión por remarcar los límites, porque en ello iba nuestro propio prestigio profesional, ante los ojos de los periodistas y ante nuestros propios ojos, y alguna vez transigimos, claro que sí, pero muy cabreados, y no sin montar antes un alboroto de mil pares de narices, no sin advertir esto no va a salir en ningún lado, no sin mandar muy a regañadientes el fax, y boicoteándolo en la práctica,  al no llamar para pelear por  su publicación, por mucho interés que tuviera el presidente o el director general, porque eso era quemarse para nada, y nosotros éramos periodistas, colegas hablando con colegas, se nos hubiera caído la cara de vergüenza pidiendo la publicación de una noticia que no lo era, y así fue precisamente como fuimos acrecentando el prestigio de lo que hacíamos, defendiendo nuestro territorio, y haciéndoselo comprender a quienes no lo comprendían, dándole a la información todo el valor que la información tiene cuando es libre, cuando está mediada por un tercero, cuando ocupa un espacio que ha sido conquistado por la persuasión, no pagado con el dinero.

Respetando la información, y respetando nuestro trabajo y haciéndolo respetar, fue como el viejo gabinete de prensa se hizo departamento de comunicación y como las viejas relaciones públicas subieron en el organigrama ganando territorios de gobierno sobre las disciplinas aledañas. Si hoy tenemos direcciones de Comunicación y estas engloban no solo las tradicionales Relaciones con los Medios, sino la Comunicación Interna, y la Comunicación Comercial, y la Comunicación 2.0., y las Relaciones Institucionales, y la gestión de los Asuntos Públicos y a veces hasta el Marketing y otras políticas corporativas como la Responsabilidad Social, si hoy sucede todo eso, es gracias al prestigio que supimos darle a nuestra actividad, gracias al modo en que defendimos el valor de lo que hacíamos, gracias a que pusimos límites, a que no nos degradamos, ni dejamos que nadie nos degradara, gracias a que dejamos muy claro a todo el mundo que no hay nada que tenga más credibilidad y aporta más prestigio a una marca que la información o la opinión independiente de un tercero, gracias a que promovimos la convicción de que las empresas deben hacerse más transparentes y dar explicaciones, de que no todo puede comprarse con dinero y de que las relaciones con los públicos deben basarse en el respeto y el interés mutuo.

Respetando la información, y respetando nuestro trabajo y haciéndolo respetar, fue como el viejo gabinete de prensa se hizo departamento de comunicación y como las viejas relaciones públicas subieron en el organigrama ganando territorios de gobierno sobre las disciplinas aledañas

De hecho, si hoy tú eres dircom de una gran empresa que maneja grandes presupuestos para su Comunicación es porque los directores generales y presidentes te compraron ese discurso, porque nos lo compraron a todos los que hacíamos y/o hacemos Relaciones Públicas, porque creyeron que efectivamente lo que aporta mayor valor a las marcas es lo que otros dicen de ellas, porque se dieron cuenta de que la información suscrita por un periodista independiente, con sus asperezas, con sus imperfecciones también, genera no sólo mucha mayor notoriedad sino mayor prestigio que el anuncio que responde exactamente a lo que queremos decir. Si hoy tú eres dircom es porque defendiste que la publicity (la presencia informativa en medios) tiene más valor que la publicidad, precisamente porque puede salir bien o mal, porque es arriesgada, porque depende del juicio final de un periodista que puede ponerte a caer de un burro. Si hoy tú eres dircom es porque asumiste y asumimos un lenguaje informativo con unos códigos completamente diferentes al publicitario, y con el mismo respeto a la verdad y los hechos que un texto periodístico. Si hoy tú eres dircom es porque promoviste la idea de que las notas de prensa debían ser informaciones veraces e interesantes y que, aún siéndolas, los medios tenían la libertad de ignorarlas si así lo decidían.

Por todo eso, te pido que no lo hagas, y, si lo estás haciendo, te pido que dejes de hacerlo, te pido que inviertas en los medios, pero en anuncios presentados como tales, sin intoxicar sus páginas informativas con descarada publicidad encubierta, te pido que respetes a los medios y respetes las relaciones públicas, que te respetes a ti mismo y a tu profesión. Sobre todo si eres periodista, te pido otra vez que no lo hagas, porque, si lo haces, te estás cargando el periodismo, te estás cargando la credibilidad de las informaciones, te estás cargando el principio fundacional de las relaciones públicas y lo estás haciendo además sin que te sirva para nada, porque esa página pagada de información canta a leguas que es publicidad, y no se la cree nadie, y solo sirve para ensuciar tu marca y la del periódico que la ha publicado, y porque además cuando te llegue un tsunami informativo por el escándalo de esos directivos tuyos que se creían blindados y a salvo de cualquier denuncia mediática, toda esa compra de espacios no te servirá para nada, ni a ti ni a ellos, sólo para tener un ejército de periodistas cabreados deseando tomarse la revancha.

Si hoy tú eres dircom es porque asumiste y asumimos un lenguaje informativo con unos códigos completamente diferentes al publicitario, y con el mismo respeto a la verdad y los hechos que un texto periodístico.

No lo hagas. Compra publicidad y lucha por la información. Tu oficio es la persuasión de los terceros. Ganarse a los públicos, no comprarlos. La imposición de la información (a través del dinero) no es persuasión. Se parece más bien a la extorsión.

No lo hagas. No inviertas en sufrimiento.


El público lector

Artículo publicado como Tribuna Libre en ABC el domingo 19 de noviembre de 2017.

A partir de los doce años, creo que todos los niños deberían dedicar en la escuela al menos media hora diaria para la lectura de prensa, y los profesores otra media para constatar que han comprendido lo que han leído. Hablo de periodismo escrito, en formato digital o en papel, pero escrito, con contenidos jerarquizados por los medios y preferentemente distribuidos por secciones temáticas. Me parece que la sociedad actual no es consciente del riesgo de disolución de ese público lector, sin el cual no habrían avanzado ni las ciencias, ni la cultura y las artes, ni desde luego la democracia como sistema político y modelo de convivencia.

En “Homo videns”, Sartori incidió de modo brillante en la necesidad de distinguir entre educación y educación política. Lo que proporciona calidad democrática a una sociedad es la educación política, es decir, el interés de los ciudadanos por la cosa pública.

Aun dando por bueno que estamos ante la generación mejor preparada de la historia, cosa discutible, de lo que parece que caben pocas dudas es del creciente desinterés de la sociedad por la actualidad política. En España, ya los de mi generación teníamos bastante menos cultura política que la generación que vivió la Transición, y me temo que el salto es aún más abrupto con los jóvenes actuales. Estos dicen informarse por las redes sociales, pero la dinámica de acceso a la información que promueven las redes no es jerarquizada. Es decir, los jóvenes prescinden del criterio de autoridad periodística que está detrás de la confección de una portada o una home para guiarse por su propio criterio, lo que en muchos casos les lleva a consultar noticias muy llamativas pero muy poco relevantes para la cosa pública.

"Lo que proporciona calidad democrática a una sociedad es la educación política, es decir, el interés de los ciudadanos por la cosa pública".

Hay un público joven que se orienta a la política pero a través de la emoción no de la razón. En los orígenes de la democracia, el activismo político estaba directamente relacionado con el raciocinio público y la lectura política. De hecho, el sufragio se fue ampliando conforme se fue ampliando la base del público lector. El público lector era al mismo tiempo el público políticamente activo, el que participaba en el debate político de los salones, los clubes y los cafés, donde se instaura el concepto de autoridad debatida, el convencimiento de que las mejores soluciones para el interés general emergen de una discusión entre iguales sometida únicamente a argumentos racionales, de una confrontación intelectual en el que las opiniones mejor informadas vencen a las peor informadas con independencia del estatus social de las personas de las que procedan.

El periodismo escrito era, por tanto, no sólo ese perro guardián de la Opinión Pública, vigilante a los abusos del poder. El periodismo escrito era mucho más que eso: era el gran agitador del raciocinio público, el dinamizador del debate político y cívico, en el que solo cabían las opiniones informadas, las del público lector con derecho a participar del sufragio. Para los defensores del sufragio universal, la extensión de la democracia debía significar al mismo tiempo la extensión de la educación y de la educación política, la extensión de las capacidades del público para formarse opiniones sobre los asuntos públicos.

"El periodismo escrito era mucho más que el perro guardián de los abusos del poder: era el gran agitador del raciocinio público, el dinamizador del debate político y cívico, en el que solo cabían las opiniones informadas, las del público lector con derecho a participar del sufragio".

Cuando en la actualidad se propone, como fórmula para reforzar la democracia, la ampliación de la participación de los electores en las decisiones políticas a través de fórmulas directas como los referendos o los sondeos, se ignora el riesgo de que esa participación se base en opiniones completamente desinformadas. Sartori dice que cualquier ampliación en democracia del “dermopoder” debe ir acompañada de una ampliación del “dermosaber”, y no se equivoca. Pues de lo contrario el gobierno de la opiniones informadas puede degenerar en el (des)gobierno de las opiniones aleatorias o, peor aún, en el gobierno totalitario de las opiniones manipuladas.

La democracia no la mejorarán las fórmulas de participación directa basada en la desinformación. Para reforzar la calidad de nuestra democracia, nada más efectivo que mejorar la educación política de los ciudadanos, que llevar a las escuelas el estudio de la filosofía política y el derecho constitucional, y que fomentar el hábito de la lectura, y particularmente el de la lectura de la información y opinión escrita, (re)convirtiendo a los individuos nuevamente en ciudadanos informados y políticamente activos.

Más democracia no son más elecciones, ni más sondeos. No es más gente en la calle enarbolando pancartas y eslóganes hueros. No son más momentos emocionantes. Más democracia es más público lector. Sencilla y racionalmente.

 


Storylying

El anuncio de Vodafone que tiene junto a estas líneas es un elocuente ejemplo de los enormes riesgos de intoxicación y manipulación social asociados al storytelling, ya brillantemente denunciados por el escritor Christian Salmón en un ensayo imprescindible sobre la nueva “máquina de fabricar historias y formatear las mentes”. El problema del storytelling no es solo que asocia marcas a valores de amplia aceptación social (aunque no tengan nada que ver con ellos). El problema del storytelling es que tiende a la ficción, y a encajar noticias dentro un relato de pre-establecido completamente indiferente a la verdad y a los acontecimientos. El problema del storytelling es que frecuentemente miente, y que respalda y refuerza ideas globales falaces y manipuladoras. El problema del storytelling es que muchas veces es storylying.

En el deleznable storytelling del anuncio de Vodafone con el eslogan "otro día en la oficina", la mentira es la conciliación. En este caso, una mentira muy burda y grotesca (el relato conoce habitualmente fórmulas bastante más refinadas), porque a nadie en su sano juicio puede ocurrírsele que es posible ocuparse de un bebé de la forma que muestra este anuncio. Y menos, que esto sea el ideal de un nuevo estilo de vida favorecido por la tecnología. Pero más allá del (des)acierto de la creatividad, lo que realmente resulta abominable es que esta sórdida comunicación de marca de Vodafone ampara, promueve y populariza una ideología esclavista, que proclama la felicidad de trabajar a cualquier hora y en cualquier contexto, justificando la plena invasión del trabajo en la vida privada.

La nueva felicidad digital que pregona Vodafone es la de tener en brazos a tu bebé mientras trabajas.  El futuro apasionante que proclama con este anuncio es el de la plena disponibilidad, 24/7, la invasión digital del trabajo en la vida privada. En el mundo feliz inventado por este anuncio pueden llamarte a cualquier hora del día para trabajar, y tú eres un profesional agradecido al dios digital por la posibilidad de poder conectarte a cualquier hora del día y de la noche, por la insospechada suerte de poder llevarte la oficina a casa, incluso cuando tienes a tú bebe en brazos. Para mayor manipulación, Vodafone coloca a un hombre en la foto, lo que hace su publicidad aún más zafia y despreciable, pues con ello trata de conferir a su ideología de plena disposición profesional la doctrina legitimadora de la igualdad de género. Como si para la inmensa mayoría de mujeres la conciliación laboral consistiera en dejar a un bebé recién nacido en brazos de un padre que trabaja al mismo tiempo que lo cuida. Como si la mayoritaria elección de las madres recién paridas fuese irse a la oficina corriendo a trabajar. No hay otra lectura posible: en el futuro apasionante de Vodafone, la madre se va a trabajar y el padre se queda con el bebé y la oficina en casa.  Y todos felices y agradecidos a la tecnología.

El futuro es apasionante. Ready? Descúbrelo

En otro original de la misma serie, dos niñas de edad pre-escolar aparecen en la cama, se supone que bastante tarde  y no se sabe bien si a escondidas o con el consentimiento paterno, consultando una tablet. El eslogan en este caso es "científicas en prácticas", todo un argumento legitimador del más que discutible beneficio del uso de la tecnología a estas edades. Dudo que ningún psicopedagogo pueda dar la bendición al empleo de una tablet por dos niñas solas, de noche y sin supervisión paterna. Y ni pensar en lo que pueda decir un oftalmólogo sobre esta imagen. Como en el caso anterior, lo que hay detrás de esta descabellada creatividad es un verdadero adoctrinamiento sobre el progreso digital: ni los independentistas catalanes lo superan. También, como en el caso anterior, hay un guiño a lo políticamente correcto, en este caso, a la diversidad racial, que funciona como tapadera legitimadora, del mismo modo que la igualdad de género, para la invasión del espacio privado por parte de la tecnología: incluso del tiempo de ocio/descanso de dos niñas pequeñas.

https://www.youtube.com/watch?v=LpJTwLXZ_ps

Los supuestos consumidores “empoderados” por el storytelling para “cocrear” con las marcas no deberíamos permanecer impasibles ante este obsceno adoctrinamiento publicitario, que, insisto, no siempre es tan rudo  y mentecato. De hecho, habitualmente es mucho más sibilino y sutil. Incluso brillante. Y ese es el más peligroso. Como el vídeo que antecede a estas líneas, también de Vodafone, la pieza fundamental de esta campaña, y basado en una conferencia del cofundador de Apple y con el mismo reclamo sobre "el futuro apasionante”. Un brillante ejercicio de storytelling, con Absolute Begginers de fondo, que apela a nuestras emociones más profundas para intentar que "adoremos" la tecnología.

El storytelling al servicio de la comunicación corporativa. Y la comunicación corporativa al servicio de un storytelling global, que es definitivamente storylying. Manipulación emocional al viejo estilo de la propaganda científica.

Con su relato, Vodafone aspira a convertir la digitalización en la nueva religión global: una fe exigente y totalizadora que nos conmina a resetear, a desaprender todo lo aprendido, a renunciar a las ideas racionalmente procesadas, a todo aquello que conquistamos desde la Revolución Francesa, incluso la forma de educar a nuestros hijos basada en la lectura,incluso los derechos laborales,  convertidos en obsolescente y casposo equipaje para la nueva era del nomadismo, la disponibilidad absoluta y el hipertexto como modo de aprendizaje.El storytelling al servicio de la comunicación corporativa. Y la comunicación corporativa al servicio de un storytelling global, que es definitivamente storylying. Manipulación emocional al viejo estilo de la propaganda científica.

Si el “futuro apasionante” es el que proclama Vodafone, yo no quiero formar parte de ese futuro. Y si el futuro de la Comunicación Corporativa es el storylying, yo tampoco quiero formar parte de ese futuro. No, ni estoy ready ni quiero estarlo. Prefiero ser un comunicador anclado en las ideas racionales de la Ilustración: la tolerancia y el pluralismo ideológico; la publicidad como principio regulador de la vida pública y el periodismo vigilante de los poderes públicos... Las Relaciones Públicas proceden de todo eso, no del mentiroso mundo emocional del relato.