Siete ideas sobre cómo evolucionarán las agencias de comunicación

 Este artículo fue publicado en Top Comunicación el 25 de abril de 2018

1. Orientación a los terceros.- La aparición de numerosas agencias que se autodenominan “de comunicación” y que ofrecen  servicios de diseño, community manager, packaging y otros desarrollos concretos de la “P” de Promoción del marketing, creo que nos obligará a las agencias de comunicación a un esfuerzo claro de diferenciación frente a este tipo de agencias.  Y esa diferenciación pasa por desarrollar para nuestros clientes una comunicación orientada a que los terceros hablen. La investigación científica[1] ha demostrado que la independencia del comunicador es una variable fundamental en la credibilidad del mensaje. Lo cual implica que nos creemos muy poco lo que una marca dice de sí misma, y mucho más lo que los terceros dicen de esa marca. Decía un mítico hostelero y cantaor sevillano, Pepe El Peregil, que “todo aquel que dice yo soy es porque no tiene nadie que le diga él es”. Pues bien. Ese es exactamente el espíritu de las Relaciones Públicas. Nuestro trabajo se orientará a que otros digan de las marcas. Eso implica ganar espacios en los medios de comunicación, en los medios corporativos de organismos intermedios, en los medios corporativos de los diferentes actores que interactúan con nuestros clientes, en las conversaciones digitales y en las redes sociales, en los espacios de conversación pública de la sociedad civil y en la agenda de los actores institucionales y públicos.

"Frente a un escenario de sobresaturación de propósitos, se impone un nuevo enfoque comunicacional: no volver radicalmente a los datos, sino explicar el propósito ya materializado. El punto intermedio entre el propósito y la información pura es la contribución, la aportación de valor"

2. Vinculación a la agenda setting.- La investigación científica ha demostrado que los medios marcan la agenda pública[2], es decir, los temas de la conversación pública, y las redes sociales no han cambiado sustancialmente esa realidad, pues la mayoría de los temas de interés público que recalan en ellas proceden de los medios. En un escenario de sobresaturación de comunicación corporativa, con más organizaciones emitiendo comunicados y convocando a los medios, la capacidad de conectarse a la agenda pública será fundamental para captar el interés de los periodistas. Para participar de la conversación pública, las agencias tendremos que intentar influir sobre la agenda pública incorporando nuestros temas. Pero eso, siendo realista, es muy difícil. Mucho más recorrido (e interés para los periodistas) tiene que seamos capaces de alimentar los temas que les interesan a ellos aportándoles informaciones o valoraciones de nuestros clientes. En resumen, pienso que estar atento a la actualidad y a sus perchas será cada vez más importante en el trabajo de las agencias de comunicación.

3. Credibilidad, más que creatividad.-  En los últimos años se ha producido un cierto deslizamiento de la Comunicación hacia la Creatividad que ha ido en detrimento de la Credibilidad. La información apoyada en datos y hechos ha sido desplazada por técnicas de storytelling a medio camino entre la ficción y la realidad, entre el estilo periodístico y narrativo. “Lo viral ha muerto: ahora se lleva la reputación” era el titular de un reportaje reciente de El Mundo apoyado en diferentes estudios que constatan que el contenido viral es hoy un 50% menos efectivo que hace tres años, que el storytelling resulta cada vez más sospechoso y que el público se está casando de tanto deslumbramiento creativo. En este escenario, de alarma por el progreso de la postverdad y las fake news, pienso que las marcas acabarán volviendo a la información fiable y precisa y al convencimiento de que la creatividad solo suma cuando parte de la credibilidad y el respeto a la verdad sin concesiones. Las agencias de comunicación debemos llevarlas por ese camino, y, sin renunciar a la creatividad, debemos priorizar la credibilidad, lo que supone poner en primer término el estilo informativo, los datos y los hechos y la mencionada orientación hacia los terceros.

"El enfoque genuino de la Comunicación es utilizar los medios propios para poner a las marcas no a hablar de lo que venden, sino de lo que hacen, y sobre todo de lo que saben. No buscar las ventas, sino la influencia. Generar opinión y conocimiento".

4. Integración off y on line.- Los estudios sobre nuevas tendencias de comunicación para 2018 coinciden: el off line vuelve a cobrar importancia. El enfoque 100% digital pierde terreno en beneficio de las estrategias de comunicación integradas off y on line, de tal forma que cada canal tenga un objetivo específico que conseguir dentro de una estrategia común. Frente a las agencias nativas digitales, que presentan como una ventaja competitiva ese ADN digital, creo que el futuro es para la agencias que sean capaces de integrar las estrategias off y on line, apostando no solo por ambos canales, sino por su uso complementario y bajo un concepto común.

5. Contribución (comunicar los resultados).- La búsqueda del sentido, la identificación de los por qué, ha caracterizado la evolución de la comunicación corporativa en el último lustro, dejándonos un territorio sobresaturado de visiones, misiones y valores, así como de significados impostados sin ninguna base real. Frente a este escenario de sobresaturación de propósitos, se impone un nuevo enfoque comunicacional: no volver radicalmente a los datos, sino explicar el propósito ya materializado. El punto intermedio entre el propósito y la información pura es la contribución, la aportación de valor, la comunicación de los resultados desde la explicación de lo que se intentó hacer. En este sentido, las agencias deberán ayudar a las empresas a comunicar no sólo el sentido y los objetivos de su actividad, sino su contribución real y efectiva, evitando la construcción de discursos desconectados con la realidad que solo pueden acabar minando la credibilidad de las marcas.

"Trabajando de forma integrada con los juristas debemos diseñar el mapa de riesgos y establecer los procedimientos adecuados para prevenir daños a la reputación de la empresa"

6. Medios propios orientados hacia el conocimiento.- Los medios propios sí caben dentro de las Relaciones Públicas, pero no como un recurso para suplantar la recomendación de terceros, sino para propiciar y favorecerla. Creo por tanto que las agencias de comunicación orientarán los medios propios de las marcas con las que trabajen en esa dirección, pero no como una estrategia de desmediación, sino de lo contrario, de provocar que otros hablen de ti. Naturalmente que se puede hacer lo contrario. Y ese es el enfoque de marketing. Utilizar los medios propios (y las redes) para promocionar productos, para gamificar, para vender, para sortear, para publicitar… es un enfoque legítimo, pero que tiene muy poco que ver con las Relaciones Públicas, con la idea de participar del debate público, con la búsqueda de la prescripción de los terceros. El enfoque genuino de la Comunicación es utilizar los medios propios para poner a las marcas no a hablar de lo que venden, sino de lo que hacen, y sobre todo de lo que saben. No buscar las ventas, sino la influencia. Generar opinión y conocimiento. Y lograr a través de las redes sociales que los terceros lo hagan suyo y lo compartan. Cuando las marcas no hablan de sí mismas, sino de lo que saben, cuando intentan aportar información y opinión de valor para los públicos a los que se dirigen, tienen mucho más posibilidades de ganar espacios de terceros.

7. Integración servicios jurídicos y de comunicación.- La multidisciplinariedad de la Comunicación es una tendencia que se viene confirmando desde hace años. Fruto de ello, en nuestra agencia, por ejemplo, trabajan codo con codo desde hace años periodistas, publicistas y creativos, diseñadores, programadores, marketeros, especialistas en redes sociales, en eventos y protocolo y en producción audiovisual, y también economistas y abogados que han trabajado hasta ahora en la parte financiera, jurídica, administrativa y de planificación, no tanto en la de consultoría… En la de consultoría ha existido multidisciplinariedad, pero de disciplinas bastantes aledañas. Yo creo que en el futuro la mezcla será mayor, y con disciplinas más alejadas. Particularmente, la integración de los servicios jurídicos y de comunicación me parece uno de los grandes retos de futuro en la gestión de la reputación. Esta ya no puede abordarse solo en el plano del decir, sino que tiene que alcanzar el ser y el hacer de las organizaciones. Y en este sentido, las políticas de compliance pueden una gran oportunidad para ello. Porque las empresas no sólo se exponen a las consecuencias jurídicas del incumplimiento legal, sino también a los efectos sobre su reputación que pueden ser incluso más lesivos. La reputación tiene que ser una variable tenida en cuenta en todas las decisiones empresariales, y  las agencias de comunicación debemos ayudar a nuestros clientes a ello. Trabajando de forma integrada con los juristas debemos diseñar el mapa de riesgos y establecer los procedimientos adecuados para prevenir daños a la reputación de la empresa.

[1] Fue una de las conclusiones principales de los teóricos de la Universidad de Yale que asentaron el modelo de la Comunicación Persuasiva
[2] La teoría de la agenda setting fue formulada por Sha y McCombs, profesores de la Universidad de Carolina del Norte

 


Política cool

Artículo publicado en ABC de Sevilla como Tribuna Abierta el 22 de abril de 2018

En 1993, en mitad de la gran crisis económica y de la publicidad, algunas marcas se dieron cuenta de que se estaban dirigiendo al sector demográfico equivocado. Los mensajes comerciales se orientaban mayoritariamente a las amas de casa, pero no a los hijos que ya tomaban sus propias decisiones de compra. Los publicistas pensaron además que en esos jóvenes clientes era sencillo lograr un efecto de contagio. Con lo cual se volcaron en fabricar identidades vinculadas a la cultura juvenil. Dicho de otro modo, los creativos se afanaron en convertir los productos en marcas y las marcas en significados y propósitos trascendentes para los jóvenes, así como en imágenes acordes con su estilo y preferencias.

Lo cool, lo novedoso, lo transgresor se convirtió así en la identidad de las marcas que más exitosamente lograron superar la crisis. En Estados Unidos las organizaciones más cool se confiaron al gusto de los suburbios donde vivía la gente de color. Allí no solo se inspiraban, sino que contrastaban previamente sus prototipos e ideas antes de incorporarlos a su mitología corporativa. La opinión de los adolescentes de los guetos se convirtió en la verdad absoluta del marketing, que logró así no solo ganar para sus marcas a la juventud negra sino multiplicar sus ventas en la juventud blanca, convirtiendo sus decisiones de compra en una especie de acto de rebelión.

Así que, irónicamente, las marcas protagonistas de la cultura de masas reforzaron su omnipresencia en la vida pública haciéndose pasar por alternativas, nutriéndose de contenidos e imágenes de los aledaños del sistema, bebiendo en las culturas indie, punk, fetish, techno, ocupándolas de hecho y presentándose como la encarnación de la transgresión. Las zapatillas deportivas, los pantalones vaqueros y las camisetas de marca se convirtieron, con sus precios desorbitados, en el símbolo de la herejía: la forma de contestación de los niños bien. Todo ello lo explica lúcidamente en su libro No Logo la periodista canadiense Naomi Klein, conocida por sus críticas al capitalismo y la globalización.

"Las marcas protagonistas de la cultura de masas reforzaron su omnipresencia en la vida pública haciéndose pasar por alternativas, nutriéndose de contenidos e imágenes de los aledaños del sistema"

En su caza obsesiva de lo cool, estas marcas hambrientas, que gracias a lo cool se hicieron inmensamente transnacionales, no dejaron territorio adolescente sin explorar, tampoco el político, y causas eminentemente juveniles como el feminismo, la integración racial, la libertad sexual, los nuevos modelos de familia, la digitalización o la diversidad religiosa fueron abrazadas de forma entusiasta por sus directivos y publicistas, convirtiéndose en parte sustancial del storytelling de estas corporaciones, es decir, en los valores y propósitos por los que querían ser reconocidas, incluso a riesgo de molestar a determinados segmentos poblacionales.

No les importaba. Era un daño colateral asumible: la prioridad era vender a los jóvenes, a los hijos de los ricos, y para ello había que adoptar cierto espíritu rebelde, e integrar en el discurso ideas que antaño podían haber resultado incómodas pero que estaban llamadas a ser incontestables, los nuevos vientos imparables de la opinión pública. Y así fue como las marcas, que antes se habían cuidado mucho de pisar ningún charco, empezaron a meterse en todos. O más bien, en todos los que tenían la certeza de que las volvería más cool: desde el feminismo hasta la inmigración, pasando por el maltrato animal, el ecologismo o la regeneración democrática.

Traigo aquí toda esta evolución reciente del marketing corporativo, porque la mayoría de la gente piensa que el sustrato electoral de Podemos son las clases marginadas. Y no es así: son los hijos de las rentas medias y altas, y los analistas políticos no han sabido dar una explicación a este hecho. Y sin embargo, la razón está muy clara y aflora nítidamente en todo lo que he contado hasta aquí. Aunque resulte paradójico, lo que ha hecho Podemos es exactamente lo que vienen haciendo las grandes marcas al menos desde 1993: ganarse el favor de los hijos de las clases medias y altas, alineándose con los descastados, presentándose de forma cool y creando una mitología transgresora que bebe de los símbolos de la cultura marginal, despreciativa de la etiqueta o más bien creadora de una nueva etiqueta cuidadamente descuidada.

"Podemos no es el partido de los marginados. Es el partido que mejor ha usado a los marginados para vender su producto a los hijos de las familias bien".

De modo que ahora que vuelven a aflorar las supuestas diferencias ideológicas entre Errejón y Pablo Iglesias, conviene subrayar que si el programa de Podemos se nutre de ideas más o menos contrarias a la economía de mercado, el referente de su estrategia de marketing son las empresas transnacionales que fabrican en Asia, las compañías que han convertido sus productos en marcas, y sus marcas en símbolos e imágenes sugerentes para los niños de papá. ¿Admiradores del Che Guevera? Pues sí, probablemente: al estilo de las marcas (salvajemente) capitalistas que lo incorporaron a su iconografía para multiplicar sus ventas en los barrios pijos.

No, Podemos no es el partido de los marginados: el análisis de su sustrato electoral lo revela con toda nitidez. Podemos es el partido que mejor ha sabido utilizar a los marginados para vender su producto, el especialista en incorporar a su discurso los clichés progresistas y tópicos de resistencia y lucha contra el sistema que cautivan a los jóvenes de clase media y alta y que vienen usando desde hace décadas las marcas más cool.

 


Reza por mí

Artículo publicado en Abc de Sevilla el domingo 11 de marzo de 2018

Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.

Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta,  porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

"Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad, la aceptación de tus limitaciones, aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor"

Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.

Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.

"Rezar es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura".

Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.

Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve  porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del “establishment”. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.

Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar “mindfullness”, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente “cool”.

Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y  estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?

Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.


Leer es aburrido

Artículo publicado en ABC de Sevilla el 16 de febrero de 2018

Leer es aburrido, claro que sí, a quién vamos a engañar. No puedes leer y hacer otras cosas al mismo tiempo, como chatear con amigos, ver la tele o publicar en tu muro. No se puede leer medio minuto, y dejarlo, y luego ponerse otro medio minuto, y dejarlo otra vez, interrumpiendo la lectura constantemente. En los libros no hay vídeos, ni fotos con filtros, nadie te motiva con un me gusta, y sobre todo no apareces tú, qué desconsideración. No están tus selfies, ni tus mensajes, y, aunque podrías subrayarlos y anotar cosas, nadie las iba a saber, así que, para qué.  Cuando abres un libro no entras en ningún sorteo, ni obtienes ningún descuento, ni hay nadie aguardando tu recomendación. No hay un premio esperándote después de la lectura, ni ningún concurso en el que puedas participar mientras lees.

No, leer no es una actividad gamificada, vaya por Dios, no es un videojuego en el que puedas sortear líneas enemigas, ni compites contra nadie. Es imposible distraerse leyendo, y también leer distraído. Leer no te hace influencer, ni tampoco nadie vive de leer (ni casi de escribir). No hay youtubers ni instagramers de la lectura, ni tú ni yo conocemos tampoco a ningún tuitstar famoso por los libros que lee. Leer te obliga a sentarte, y a quedarte quieto, y a no cambiar de actividad, y a concentrarte. Leer no es excitante y además es exigente, tanto que a veces ni entiendes lo que lees, y eso te pasa porque no has leído suficiente, así que te obliga a leer más. Leer, la verdad, es casi una tortura, un martirio, una ración de cilicio, un bucle que empieza y nunca acaba, el de leer y pensar, pensar y leer, un consumismo de ideas que nunca se sacia y produce una insatisfacción radical, y, a veces, cierto pesimismo y negatividad. No, leer no es un subidón, no produce euforia, y a veces ni siquiera optimismo.

"Leer es aburrido, tú lo sabes y yo lo sé, pero lo que no sabes, y te lo digo yo, es que cuando llegas a cierta edad, sobre todo si has leído, lo divertido se convierte en mortalmente aburrido, y solo lo aburrido te divierte"

Leer es aburrido, tú lo sabes y además lo dicen las encuestas: más del 40% de los españoles nunca lee por ocio. Y es normal: a quién se lo ocurre gastar el tiempo libre leyendo… Qué sopor, qué densidad de tiempo. Leer exige constancia y pausa, es inicio, nudo y desenlace, pero no todo al mismo tiempo, sino de forma consecutiva, y a veces de forma dilatada. Leer es esperar, y disfrutar en la espera, y, claro, eso es masoquismo. Leer son vísperas. Es hipótesis, desarrollo y conclusión, un argumento que progresa lentamente, no son 130 caracteres con todo incluido, no es un aquí te pillo y aquí te mato, leer, cómo describirlo, es parsimonioso, un trabajo artesanal, y por tanto no se parece nada a lo que pasa ahí fuera, donde todo es digital, todo es espídico: agitación, nervio, optimismo, positivismo, pasatiempo, fiesta, muchedumbre y jolgorio, visto y no visto, tiempo que pasa rápido para no pensar.

Leer es aburrido, tú lo sabes y yo lo sé, pero lo que no sabes, y te lo digo yo, es que cuando llegas a cierta edad, sobre todo si has leído, lo divertido se convierte en mortalmente aburrido, y solo lo aburrido te divierte. Leer, te lo digo yo, es aburrido hasta que deja de serlo, y, en ese momento, ocurre algo increíble, de verdad, no te lo vas a creer. Ocurre que llega un momento en que solo te apetece lo lento, porque lo trepidante te resulta insufrible, y nada te produce más impaciencia que la excitación continua. Una marca te propone participar en un concurso de selfies, por ejemplo, y piensas, quién perderá el tiempo en estas cosas. Te explican una promoción para que puedas optar a no sé qué viaje si te metes en no sé qué web para rellenar no sé qué formulario, y piensas para ti, con retranca: “va a ser lo primero que haga en cuanto llegue a casa”. Ves a una pareja cenando sin hablarse mientras chatean compulsivamente por sus móviles, y rumias: “pobrecillos”. Te proponen jugar a la consola, y piensas: “cuándo crecerán”. Oyes hablar de gamificación, y te entra una pereza que casi te pones a bostezar.

"Ocurre que llega un momento en que solo te apetece lo lento, porque lo trepidante te resulta insufrible, y nada te produce más impaciencia que la excitación continua"

Leer es aburrido, pero te digo una cosa: menos mal. Porque cuando ya todo sea magia, cuando todos los profesores sean prestidigitadores o equilibristas, cuando la clave del aprendizaje sea que el profesor haga el pino puente para que el alumno esté distraído, cuando las noticias de los telediarios se parezcan a los contenidos de un “late show”, cuando toda la información sea entretenimiento y el pasatiempo sea elevado a la altura de conocimiento, cuando todo eso ocurra e incluso estés a punto de esferificarte a ti mismo por puro recreo, cuando estemos próximos al cumplimiento de la profecía de Neil Postman, divirtiéndonos hasta morir, entonces, quizás entonces, alguien recuerde que la alternativa a todo eso es leer.

Leer, decía Séneca, es conversar con los sabios que ya no están con nosotros. Y es diálogo con uno mismo. Es pensar. Es aspiración a la libertad, que es sobre todo libertad de pensamiento. Leer es progreso. Es civilización y hegemonía de la razón. Y es también emoción. Leer es humanismo, que viene de humano, porque no hay nada más humano (ni humanístico) que leer. Es meditación y silencio. A cualquier hora, leer es siempre el mejor momento del día. Es filosofía, ciencia, literatura y también música y arte y cine y deporte. Leer es lento, como un café muy caliente que no puede beberse deprisa, como una onza de chocolate negro que no quieres que acabe de derretirse nunca. Leer es aburrido, pero hay pocas cosas mejores que leer, y las pocas que hay mejoran con la lectura.


Los nuevos "sabios"

Artículo publicado en ABC de Sevilla el 1 de febrero de 2018

La decisión del Gobierno de Andalucía de dejar fuera del Consejo Consultivo a los dos miembros propuestos por el PP, para conformar así un órgano menos incómodo, revela la degradación que sufre el concepto de autoridad intelectual, completamente arrastrado por el barro de la llamada “influencia pública”. En el Derecho romano, la “auctoritas” era una legitimación socialmente reconocida que procedía no sólo de un saber contrastado, sino de una cierta altura moral e independencia de juicio. La “auctoritas” era concedida a aquellos ciudadanos que ostentaban estas tres cualidades, que se consideraban fundamentales para ejercer la tutoría.

Desprendida de cualquier consideración moral y ceñida estrictamente a su vertiente erudita, la “auctoritas” ejerce sin embargo hoy una función que no puede estar más en las antípodas de esa consideración intelectual. Un mero papel legitimador, mucho más cercano a la mercadotecnia y a la propaganda que al conocimiento. Dicho de otra forma, lo que se busca de las personas (supuestamente) revestidas de “auctoritas” no es el conocimiento y la sabiduría. No es la guía o el consejo para quien, sin estar exento de voluntad y determinación propia, está dispuesto a dejarse aconsejar. Lo que se busca del (nuevo) “sabio” es la influencia pública, la capacidad de legitimación, el refuerzo de la opinión propia ante los demás.

No sé, si como ha dicho el PP, la renovación del Consejo Consultivo realizada por Susana Díaz es el “mayor acto de despotismo en la historia de la autonomía”. De un Gobierno que lleva más de dos décadas en el poder, lo menos que puede esperarse es cierto ensimismamiento. Como ya advirtió Tocqueville, incluso en democracia, todo poder tiende a ser despótico cuando tiene poco contrapesos; y en Andalucía, el poder socialista apenas los ha tenido. Mucho más me interesa (y me preocupa), como digo, el uso espurio del concepto de autoridad intelectual que está detrás de una decisión de este tipo.

"Lo que se busca del (nuevo) “sabio” es la influencia pública, la capacidad de legitimación, el refuerzo de la opinión propia ante los demás"

Si al Gobierno andaluz le interesara de verdad el conocimiento de expertos capaces de estudiar y asegurar la legalidad de sus decisiones antes de su remisión al Parlamento (tal es la función declarada del Consejo Consultivo) valoraría positivamente la pluralidad de su composición, o al menos le resultaría indiferente. Si excluye a los candidatos propuestos por otros partidos, para dar entrada a ex consejeros, parece necesario concluir que el tipo de ropaje que busca no es intelectual, sino meramente discursivo, o de refrendo del relato, como se dice ahora.

La degradación de la autoridad intelectual, y su subordinación al objetivo de la influencia pública, no es en cualquier caso una práctica exclusiva del Gobierno andaluz, ni siquiera se trata de un fenómeno aislado de la política, sino que resulta una verdadera tendencia social que alcanza derivas muy llamativas. Así, periódicamente, recibo de amigos y conocidos mensajes indignados sobre las manifestaciones disparatadas que personajes famosos realizan sobre la vida pública y que adquieren cierta “viralidad” (la mayoría de las veces intencionada).

Por ejemplo, hace poco me reenviaron las declaraciones de un antiguo futbolista de la selección española que hoy juega en Catar. En ellas, este deportista, Xavi Hernández, expresaba su estupor y malestar por “la existencia de presos políticos en España” (refiriéndose a los políticos separatistas catalanes que vulneraron conscientemente la Constitución y las leyes españolas y catalanas), a la vez que se mostraba muy obsequioso con el sistema político del país que lo acoge laboralmente, del que decía que “no es democrático, pero la gente es feliz y está encantada con la familia real”.

"Hemos sustituido al experto por el famoso, al que sabe por el que tiene más seguidores, al que puede aportar contenido por el que puede aportar público"

Sin entrar en la asombrosa empanada mental de estas afirmaciones (si son ciertas), lo que debería movernos a la indignación no es la inconsistencia intelectual de un futbolista, sino que la sociedad (empezando por los medios) se interese por las opiniones políticas de una persona sin ningún tipo de erudición ni experiencia interesante para la vida pública. La verdadera degradación de la autoridad intelectual se refleja aquí, en la propia emergencia del concepto de influencer, en que hemos sustituido al experto por el famoso, al que sabe por el que tiene más seguidores, al que puede aportar contenido por el que puede aportar público.

Así las cosas, quizás debamos agradecer, después de todo, que en el Consejo Consultivo todos los miembros sean al menos licenciados en Derecho. Podría ser peor y, desde luego, no me cabe duda de que lo sería, si la función declarada de este órgano no fuese marcadamente jurídica. No tardará el día en que veamos órganos consultivos institucionales repletos de “influencers”. Porque a los políticos no les interesa lo que piensan los expertos. Les interesa lo que (no) piensan los prescriptores más populares. Les interesa Guardiola mucho más que Albert Boadella. Más Xavi Hernández que Fernando Savater.

Pero tampoco podemos acusar solo a los políticos. Les pasa a las empresas en su comunicación corporativa (cada vez más orientada hacia la frivolidad digital de youtubers’, ‘instagramers’ y ‘tuitstars’), y nos pasa a todos, que leemos y compartimos excitados la afirmación intelectualmente anémica de un rostro famoso, mientras pasamos por alto la página de opinión rigurosa y documentada de quien solo tiene el mérito de saber mucho. El “influencer” es el nuevo “sabio” y toda la sociedad es “responsable” de esta mutación. Iba a decir “culpable”, pero en realidad ya nadie siente culpa de nada.


Empoderamiento, vade retro

Uno de los novedismos (Sartori) que los profesionales de las RRPP han acogido en los últimos tiempos de manera más entusiasta ha sido el empoderamiento. Ni que decir tiene que es también uno de los más nocivos, sólo superado quizás por el storytelling, el novedismo culpable de la deriva emocional de las RR.PP., a la que ya he hecho referencia en alguna otra ocasión y sobre la que seguro que más explayaré con más detenimiento (y me temo que con más saña) en futuros posts.

Como en un juego de cambio roles de esos que tanto gustan a los coaches (profesionales que hemos hermanado a los comunicadores y que sin embargo deberíamos tener tan lejos como nos fuera posible), de un tiempo a esta parte vengo escuchando lo que sin duda resulta un novedismo de manual y además literal. Me refiero a esa especie de transmutación a través de la cual los dircom y asesores de comunicación han (o hemos, por no eludir la autocrítica) decidido que los proveedores sean los nuevos empleados; los empleados, los nuevos clientes; los clientes, los nuevos accionistas; y ya en pleno colocón, en ese momento final de exaltación de la amistad, los accionistas en nuevos empleados. Todo sea por reinventar la rueda.

La palanca de toda esa transformación ha sido el aludido empoderamiento. Como si nuestro reconocimiento profesional dependiera del empoderamiento de nuestros públicos, llevamos a los Consejos de Dirección la idea de que los roles de los stakeholders habían cambiado. Y no sólo eso, sino que todos se habían vuelto mucho más importantes de lo que ya eran, y así había que comunicarlo a los propios interesados.

De modo que le dijimos al accionista que era el nuevo empleado, no para degradarlo lógicamente, sino lo contrario, para hacerle sentir uno más de dentro. Igualmente, cuando explicamos al proveedor que era el nuevo empleado, lo hicimos con un ánimo completamente adulador, aunque ello no se notara en la puntualidad de los pagos. Cuando convencimos al empleado de ser el nuevo cliente, la intención fue idéntica: la de transmitirle que daríamos la vida por fidelizarlo. Finalmente, cuando, por obra y gracia del empoderamiento, convertimos a nuestro comprador en nuevo accionista dimos el triple salto moral (lo de “moral” era una errata, pero me he dado cuenta de que mejora a “mortal”) de hacerle creer que las empresas ya no son gobernadas por sus consejos de administración, sino por sus clientes.

En parte por esnobismo, en parte porque no nos tomaron en serio, y en parte porque nadie pensó en las consecuencias, a los comunicadores nos dejaron hacer, o sea, empoderar. Y empoderando, asumimos que debíamos hacer una comunicación adaptada no a lo que cada público es en efecto (empleado, cliente, accionista…), sino a lo que nosotros como comunicadores decidimos que iban a empezar a ser y de hecho les dijimos que eran ahora (nuevo cliente, nuevo accionista, nuevo empleado). Nos empachamos de empoderar, y nuestros públicos respondieron como cabía esperar: tomando el poder que se les brindaba. Y así, hartos de oír que eran los nuevos accionistas, muchos clientes se lo creyeron, y se pensaron que a ellos correspondían no ya sus decisiones de compra y recomendación, sino las propias decisiones de gobierno de las marcas.

El resultado de esta estrategia de comunicación, desbordante de empoderamiento, está empezando a poner a muchas marcas al borde de contradicciones insoportables, sobre todo en organizaciones que no están dispuestas a delegar en los clientes las decisiones de gobierno, que ni que decir tiene son todas, porque el gobierno absoluto de la opinión no sé da ni siquiera en la esfera pública de las sociedades democráticas. Aunque algunos querrían sacar todos los días urnas a la calle, la realidad es que en las democracias representativas los votantes no toman las decisiones, sólo eligen a quienes las toman. Los partidos políticos y las instituciones públicas emplean métodos de auscultación de la opinión (los sondeos, el propio análisis electoral, la opinión publicada…) que lógicamente influyen en sus políticas, pero no resultan vinculantes para sus decisiones. Siendo eso así en la esfera pública, cómo vamos a pretender que en la esfera privada los equipos directivos y/o propietarios de las empresas renuncien a sus funciones (y/o a su soberanía) para dejar el poder de las decisiones sobre esos clientes empoderados como nuevos accionistas.

Ojo que lo que trato de decir en estas líneas no es que las marcas no tengan que escuchar a sus públicos (y en particular a sus clientes). Dicho de forma que algunos de mis colegas puedan entenderlo mejor, creo que practicar el listenning sí es importante. Y de hecho, la mayoría de las marcas ya lo hacen y lo han hecho toda su vida, incluso antes de existir las redes sociales, a través de las mencionadas encuestas y de otras muchas técnicas de investigación y a través de herramientas que hoy nos parecen tan pretéritas como las líneas de atención al cliente o los buzones de sugerencia. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es esa otra clase de empoderamiento (promovido desde la Comunicación) que está llevando a pensar al cliente que tiene el mando. Que tiene derecho a gobernar. Y, finalmente, y ahí quería llegar, que a él le corresponde también la creación del relato de las marcas. De modo que la marca es lo que él quiere escuchar que sea y lo que él estaría dispuesto a contar.

Un cliente ya es poderoso siendo cliente. Con sus decisiones de compra y sus recomendaciones (ahora amplificadas por las redes sociales), tiene un cierto poder (y un poder cierto) de influencia sobre las marcas.  Pero esa clase de empoderamiento que le atribuye la capacidad de gobernar y cocrear el relato de las organizaciones no sólo es una quimera, sino también una fanfarronería que, como decía antes, crea muchas tensiones y pone a las organizaciones ante un enorme dilema: ser coherentes con lo que quieren ser y hacer, o dejar la narrativa en manos de sus públicos y darles exactamente lo que estos quieren oír. Y no, no es una disquisición meramente teórica y filosófica. En absoluto lo es.

Es algo con enormes consecuencias prácticas. La comunicación comercial, la atención al cliente, la respuesta a las quejas y reclamaciones, la correspondencia electrónica, la comunicación en redes sociales… El delirante empoderamiento del cliente (especialmente del cliente) provocado por el estilo de comunicación de los últimos tiempos condiciona la forma y contenidos de la información en todos estos soportes, donde de forma cada vez más recurrente nos encontramos en la tesitura de marcar los límites o seguir empoderando, de optar por la vía fácil de adular o por la más complicada de ponernos en nuestro sitio.

La Economía de la Reputación es algo positivo. Supone llevar al territorio del mercado esa vieja convicción democrática de que las decisiones de los poderes deben estar sometidas a la publicidad: al tribunal del ojo y el oído público. Pero no confundamos a los consumidores, no les hagamos creer que tienen el derecho y la potestad de marcar el gobierno y relato de las empresas, no tensionemos la credibilidad de las organizaciones para las que trabajamos llevando su discurso al paroxismo de la corrección política. Y, sobre todo, no nos olvidemos tampoco de ese grupo de clientes que ni se siente empoderado, ni quiere serlo nunca, pues precisamente lo que quiere es trabajar con empresas dirigidas por consejeros, directivos y profesionales cualificados y no por nuevos accionistas ebrios de empoderamiento.

Empoderamiento, vade retro.


La Educación lo es todo

Artículo publicado el 29 de diciembre de 2017 en ABC de Sevilla

Educación es dar las gracias. Al empleador que te paga la nómina y al empleado que te entrega un proyecto. Al cliente que te contrata y al proveedor que te suministra. Educación es decir siempre por favor y quitarle importancia a los favores que haces. Es pedir disculpas y aceptarlas de buen grado. Es alquilar un piso y devolverlo mejor que te lo dieron, abandonar un hotel y dejar tu habitación impecable. Educación es no salir de casa sin hacer la cama, y mantenerla limpia y ordenada aunque no tengas ayuda. Educación es cuidar la plaza pública como el salón de tu casa, usar las papeleras, agacharte a recoger un papel cuando lo ves tirado en la calle, y no arrojar pipas ni colillas al suelo. Educación es mantenerte de pie cuando pasan las cofradías, es no sentarte nunca en el suelo, en ninguna circunstancia, por muy cansado que estés.

Educación es ceder el asiento en el transporte público, dejar pasar primero, dar los buenos días y las buenas noches, despedirse antes de salir y saludar después de llegar. Es no hablar mal a nadie, no ser zafio ni grosero, estar atento al profesor o el conferenciante aunque resulte aburrido y no mirar jamás el móvil mientras alguien te habla. Educación es apagar el móvil y la televisión mientras se cena. Educación es escuchar. Es conversar sin interrumpir y hablar lo justo de ti. Es respetar el turno de palabra, el límite de la sinceridad, callarse antes de molestar, dispensar a los demás el trato que te gustaría recibir a ti. Educación es no señalar, morderte la lengua antes que criticar. Educación es no adular y no herir. Educación es respeto.

"Educación es votar de manera informada y cumplir la ley aunque no estés de acuerdo con ella. Y es pagar impuestos. Educación es convivir y pensar en las consecuencias de tus actos sobre los demás. Es intentar ponerse de acuerdo".

Educación es vestir de forma adecuada al espacio que se visita y al público que lo frecuenta. Es adaptarse y ser el “uno mismo” que más le gusta al interlocutor que se tiene enfrente. Educación es diferenciar, y saber que no le puedes hablar igual a un amigo que a un padre, a un cliente que a un compañero, a un joven que a una persona mayor. Educación es cambiar el registro y distinguir entre un correo electrónico, una publicación en tu muro y una conversación por mensajería instantánea. Es saber escribir correctamente una carta y contestar adecuadamente una llamada. Es leer la prensa a diario e interesarse por los asuntos que ocupan a todos. Es esforzarte por conocer lo que pasa en tu ciudad, en tu país y en el mundo. Es votar de manera informada y cumplir la ley aunque no estés de acuerdo con ella. Y es pagar impuestos. Educación es convivir y pensar en las consecuencias de tus actos sobre los demás. Es intentar ponerse de acuerdo.

Educación es tolerancia, lo contrario al dogmatismo. Es apertura a lo nuevo desde el conocimiento de la historia y el respeto a la tradición. Es innovación, que no novelería ni esnobismo. Es aceptar la posibilidad de persuadir y ser persuadido, admitir que en gran medida tus ideas son las de tu entorno y revisarlas críticamente. Es cambiar las ideas propias cuando piensas que la razón ya no las asiste. Es aprender a vivir con las contradicciones internas, y aceptar que la duda es el reverso de la inteligencia. Educación es el gobierno de la palabra, autoridad debatida, democracia basada en el logos y en la confrontación intelectual de ideas. Es aceptar la razón como árbitro, desechando el gobierno de las emociones, los gritos y la gestualidad exagerada.  Educación es discreción y silencio. Es ser adulto cuando se es adulto y niño cuando se es niño. Obedecer a los padres y reverenciar a los abuelos. Es compasión con el que sufre y empatía con el que celebra.

Educación es salir de casa llorado, no quejarse ni hacerse la víctima. Evitar la exhibición del dolor tanto como la ostentación de las posesiones. Es tener sentido del deber e intentar hacer bien el trabajo. Educación es ocuparte de lo tuyo, incluso si los demás no se ocupan de lo suyo, y no esconderse nunca en el equipo para esquivar las  obligaciones propias. Educación es asumir la responsabilidad de los errores y pagar por ellos. Es fracasar con dignidad y triunfar con la misma dignidad. Educación es ahorrar y no contraer deudas que sospechas que no podrás pagar. Es citar y es reconocer las deudas de gratitud, como yo debo hacer, en este artículo, con el amigo que me envió un video de Antonio Escohotado cuyas declaraciones son la inspiración y el punto de partida de este artículo.

"Educación es codicia de lecturas, ambición de  estudios, satisfacción íntima de haber leído. Es divertirte con lo aburrido y aburrirte con lo divertido, deseo de seguir aprendiendo, desenvolvimiento en la complejidad y aceptación de la dificultad como reto"

Educación, como decía este filósofo, es conocimiento, y lo que hace verdaderamente rico a un pueblo (y a una persona). Educación es imitar a quien admiras y admirar solo a gente admirable, es decir, a gente educada. Educación es codicia de lecturas, ambición de  estudios, satisfacción íntima de haber leído. Es divertirte con lo aburrido y aburrirte con lo divertido, deseo de seguir aprendiendo, desenvolvimiento en la complejidad, aceptación de la dificultad como reto y auto-superación intelectual. Educación es perseverar hasta la excelencia, reiteración y memoria en las dosis necesarias para una creatividad inteligente. Es aprender a pensar cosas y a hacerlas después de pensarlas. Es proteger a los profesores e invertir en ciencia.

Educación es la mejor inversión que existe, y, aunque no lo fuera, seguiría sin haber nada más importante. La Educación lo es todo. O todo lo que de verdad importa. Todo lo que un padre (educado) quiere para sus hijos, el único legado que sobrevive a la crisis, incluso a la muerte, porque se traspasa sin pagar impuestos. Educación es todo lo que pido para el mundo por año nuevo y por todos los años nuevos que estén por llegar.

 


Los “biendolientes” catalanes

Artículo publicado el domingo 17 de diciembre de 2017 en ABC de Sevilla

En un deslumbrante ensayo titulado “La tentación de la inocencia”, el filósofo Pascal Bruckner describió con afilada lucidez las dos patologías más graves de la sociedad actual: el infantilismo y la victimización. El infantilismo, entendido como la pretensión de los adultos de disfrutar de todos los beneficios de los menores, sin obligaciones ni deberes, autorizados para desearlo todo y para además tenerlo todo al momento. La victimización, como el resultado irreversible de esa cultura del deseo como derecho, estimulada por el consumismo y una forma de vida orientada a la diversión continuada. El adulto-niño quiere (exige) ser feliz en el acto, y, si no logra, se cree en el “derecho a una compensación por su sueño mutilado”.

Pero la aportación más brillante de Bruckner es, a mi juicio, descubrir la rentabilidad de esa queja. “Si los falsos crucificados proliferan en nuestros días se debe también a que pueden rentabilizar sus sinsabores”, escribe con perspicacia, para añadir a continuación que la victimización es la forma de sacar partido al hastío en que se haya instalado el hombre-niño, una “nueva manera de vivir” de la que puede obtener suculentos réditos, sólo entendible en una sociedad que combina una avidez sin límites con una falta de compromiso absoluta, que espera recibirlo todo sin renunciar a nada, donde los “bienpesantes” han sido sustituidos por los “biendolientes”.

En ese “reino del lloriqueo obligatorio”, la victimización no sólo ha adquirido prestigio social, sino que ha acabado convirtiéndose en “la versión fraudulenta del privilegio”, el subterfugio a través del cual las víctimas más hábiles sugieren que la ley tiene que aplicarse a todos salvo a ellos y esbozan “una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna”. “Para que una causa llegue a la Opinión Pública hay que aparecer como una víctima de la tiranía, hay que imponer una visión miserable de uno mismo, la única capaz de concitar las simpatías: en este sentido, ninguna fórmula resulta excesiva, la ascensión verbal a los extremos está aconsejada, la menor tribulación debe ser elevada a la altura de ultraje supremo”, explica el autor francés.

En ese “reino del lloriqueo obligatorio”, la victimización no sólo ha adquirido prestigio social, sino que ha acabado convirtiéndose en el subterfugio a través del cual las supuestas víctimas sugieren que la ley tiene que aplicarse a todos salvo a ellos y esbozan “una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna”.

Y así es como ocurre esa terrible paradoja de que ciudadanos de países democráticos, con un reconocimiento de su libertad y sus derechos sin parangón en la historia de la Humanidad, se convencen de ser presos de Estados tiránicos, equiparables a aquellos donde efectivamente la libertad se impide y los derechos se prohíben, donde se practican los asesinatos y las torturas, donde no se respeta el habeas corpus, donde no se consienten las elecciones libres, donde la justicia no la imparten jueces independientes, donde toda la información de los medios es falaz, donde la libertad de expresión, opinión y manifestación está perseguida y reprimida, donde la mayoría de la población pasa hambre y penalidades por no tener sus condiciones de vida mínimamente satisfechas.

Para estos “biendolientes” profesionales, “que adoptan la pose del resistente sin correr ningún riesgo”, sus propios incumplimientos no tienen importancia, porque ellos no tienen más obligación que satisfacer su propia voluntad, ser “fieles a sí mismos” hasta el final. En cambio, si sus pretensiones no son satisfechas por “el Estado providente”, proveedor de derechos y bienestar, entonces éste adquiere automáticamente la categoría de fascista u otra aún peor, pues, como explica Bruckner, para alcanzar imaginariamente “el estatuto del oprimido”, el victimista se autoriza todos los excesos léxicos y es capaz de elevar su conflicto “al nivel de una reedición de la lucha contra el nazismo”.

Escribe el filósofo francés: “¡Fascismo! Ya está, la palabra que no podía faltar. ¿Qué es el fascismo en la época del laxismo infantil? ¿Una forma de régimen totalitario basada en el reclutamiento y en el culto de la pureza racial? Se equivoca usted de medio a medio: el fascismo es todo lo que frena o contraría las preferencias de los individuos, todo lo que restringe sus caprichos”. Y así el “victimista” profesional transmuta la verdadera naturaleza del fascismo (o del franquismo) para inferirle esa cualidad al Estado democrático y de Derecho que no le concede autorización para hacer lo que quiere, que no le deja vía libre para “realizarse” y realizar su indignada voluntad. Tal magnitud alcanza la extorsión de los “biendolientes”, que el gran riesgo de nuestras democracias es precisamente la cesión ante ese chantaje, la cual despojaría al derecho de su condición de instrumento de protección de los débiles, para convertirlo en medio de promoción de una nueva casta de defensores de las causas más inverosímiles.

Tal magnitud alcanza la extorsión de los “biendolientes”, que el gran riesgo de nuestras democracias es precisamente la cesión ante ese chantaje, la cual despojaría al derecho de su condición de instrumento de protección de los débiles, para convertirlo en medio de promoción de una nueva casta de defensores de las causas más inverosímiles

Resulta difícil no relacionar estas ideas con la impostura victimista de los políticos independentistas catalanes (y sus amigos de Podemos), “maestros en el arte de colocar sobre sus rostros la máscara de la humillación” y portadores de un individualismo pueril incapaz de “renunciar a la renuncia”. Frente a estos dos virus contagiosos del infantilismo y la victimización que se propagan como una pandemia por las sociedades democráticas, tan evidenciados en los “biendolencia” catalana como en la verborrea delirante y desmedida de Pablos Iglesias y los suyos, que ven franquistas por todas partes, sólo cabe responder con la actitud contraria, responsable y adulta, de defensa y promoción de la legalidad, no como  “máquina de multiplicar los derechos de unos pocos sin fin y sin contrapartida”, sino como mecanismo de preservación de la libertad y la igualdad de derechos de todos.


La gran marea digital

Artículo publicado en ABC de Sevilla el domingo 3 de diciembre de 2017

La reciente aprobación por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento de Sevilla de la implantación de un servicio de wifi gratuito en toda la flota de autobuses públicos revela el grado de adoctrinamiento digital que sufre la sociedad actual. Nadie ha cuestionado (ni en el Consistorio ni en la calle) la prioridad y utilidad de la medida, que probablemente no tendrá otra consecuencia que la de acabar con los dos o tres pasajeros que todavía aprovechan los trayectos en transporte público para abrir un libro. A tanto llega la aceptación sumisa e incondicional del discurso de progreso asociado a la digitalización, que todo aquel que se atreva a cuestionarlo, aunque sea parcialmente, corre el riesgo de pasar por reaccionario. Arropada por un relato emocional construido con conmovedoras imágenes de abuelos que gracias a la tecnología pueden hablar con nietos que viven en el otro punto del planeta, la digitalización ha adquirido los rasgos de un dios civil que viene a traernos un mundo mejor.

El progreso digital se presenta hoy como una realidad inexorable e inobjetable, avalado por todo un “storytelling” global que no sólo ha logrado legitimar la invasión totalizadora de la tecnología en nuestras vidas, sino que ha sido capaz de transformar nuestras convicciones hasta un punto del que no somos conscientes, haciendo que pasemos por grandes “avances” y “conquistas” lo que probablemente sean retrocesos sociales. Así, lo que ninguna patronal ha conseguido, lo que ni el capitalismo más salvaje se ha atrevido a sugerir en los últimas décadas, la disolución de las fronteras entre el espacio y el tiempo de ocio y de trabajo, lo ha logrado de forma asombrosa la nueva narrativa publicitaria de las grandes marcas tecnológicas, presentando como un deslumbrante progreso la “ventaja” de poder trabajar desde casa a cualquier hora del día y de la noche o la no menor “fortuna” de poder llevar la oficina a cuestas en el móvil. Un adelanto (bautizado como “conciliación”) casi tan entrañable y humano como la posibilidad de ver a través de una pantalla al nieto que no se puede abrazar, exiliado por el nomadismo profesional de los padres.

El progreso digital se presenta hoy como una realidad inexorable e inobjetable, avalado por todo un “storytelling” global que ha sido capaz de transformar nuestras convicciones hasta un punto del que no somos conscientes

Pero la invasión de la digitalización de nuestro espacio privado se produce no solo para el trabajo, sino también para el ocio. La industria de los videojuegos crece año tras año, y lo hace apoyada en un consumo creciente de los jóvenes, cada vez más niños, pero también de los propios adultos, cada vez más niños igualmente. La (in)cultura de la “gamificación” se propaga exponencialmente, rodeada de un aura de prestigio que la justifica y legitima socialmente. Todo lo que es aburrido, tedioso, exigente, pausado, merece ser desterrado, y la distracción, antaño perseguida por impedir la reflexión, la memoria, la ciencia, las artes y la cultura, se proyecta como la nueva forma de inteligencia.

Tal es el prestigio de este nuevo ecosistema digital orientado a la distracción y la interrupción continuas que no sólo le hemos entregado el tiempo libre de nuestros hijos: también le hemos abierto las puertas de la escuela. Sin evidencia empírica alguna que respalde la digitalización de la enseñanza, con el huero ropaje intelectual de argumentos como “todo está en Internet”, “las habilidades serán en el futuro más importantes que el conocimiento”, o “los trabajos que harán nuestros hijos aún no han sido inventados”, estamos bendiciendo la flagrante precarización intelectual de las nuevas generaciones, cada vez más incapacitadas para la lectura y para cualquier clase de actividad que exija más de cinco minutos de concentración.

Hace poco adquirió “viralidad” la foto de un político al que se le había caído el móvil en una paella, después de hacerse un “selfie” que con toda seguridad pensaba propagar a través de las redes sociales. A los internautas les pareció una imagen muy divertida. Pero no lo era. Más bien, era casi una imagen apocalíptica: la metáfora de una sociedad enferma, que muestra ya los síntomas del virus digital que la ha infectado. Un virus que, como mínimo, está perjudicando el debate público y mermándonos en nuestra condición de ciudadanos. Si la política está degenerando en un ejercicio de exhibicionismo público, vulgar y sin contenido, es porque responde a una sociedad cada vez más frívola, superficial, infantil e inculta, que dice que no lee porque no tiene tiempo, pero que en realidad pierde el tiempo a mansalva, entretenida por la digitalización hasta caer exhausta, ahora en Sevilla también en el transporte público.

La (in)cultura de la “gamificación” se propaga exponencialmente, rodeada de un aura de prestigio. Todo lo que es aburrido merece ser desterrado, y la distracción, antaño perseguida por impedir la reflexión, se proyecta como la nueva forma de inteligencia.

Tan atentos como estamos a expulsar de la escuela y de la vida pública cualquier creencia que vaya más allá de la razón, sobre todo si tiene que ver con la fe católica, parece mentira que nadie se esté cuestionando el adoctrinamiento que estamos recibiendo constantemente para entregarnos a esta nueva fe digital.  La tecnología no es neutra ni es inocua. No es el empleo que se hace de ella. La tecnología presupone  un uso: lleva el propósito en sus entrañas. La digitalización nos proporciona ventajas indudables, qué duda cabe, pero deberíamos cuestionarnos su carácter de mesías redentor para todos  nuestros problemas. La inundación por la gran marea tecnológica de nuestros espacios privados, y de los espacios públicos de educación y de convivencia, merecería una reflexión pausada. Esa que precisamente cada vez realizamos menos, al estar todo el día pendientes del mail, del whatsapp, de twitter, de facebook, y de atender todas las llamadas que recibimos por el móvil.