Me gustan los platos cuadrados

En realidad, los prefiero cuadrados o redondos según lo que lleven, pero, al efecto de lo que quiero contar, puedo decir que me gustan.

Es más, me ponen muchísimo. Me ponen como símbolo de una renovación que hacía mucha falta en la restauración sevillana.

Porque, sí, Sevilla necesitaba platos cuadrados, y camareros de negro, y gastrobares, y minúsculas raciones servidas sobre pizarra negra, incluso las inevitables hamburguesitas y los recurrentes tatakis de atún.

La restauración sevillana necesitaba todo eso, y sobre todo necesitaba diseño de interiores, ambientes confortables en los que apetezca estar y mirar, y llevarte a tu pareja, o a una amiga, con intenciones aviesas.

Sí, ya sé que en la muy rancia ciudad de Sevilla, lo que mola, y lo que tiene buena crítica, es decir lo que contrario, y alabar la pringue de la barra, y el serrín del suelo, y los aseos en los que hay que entrar de lado, y los camareros antipáticos, y la cocina de toda la vida, y la ración en plato redondo y por supuesto grande.

Grande siempre, ande o no ande.

>Dice el rancio sevillano que esta renovación estética y gastronómica se está cargando la singularidad de nuestra restauración, y que no hay derecho, vamos.

Y que ya hay que ser tonto-culo para ir a comer de mentira a uno de estos gastrobares.

Como si se comiera con la vista…

Y yo digo que por supuesto que sí, que se come con la vista, claro que se come con la vista.

Se come, se compra y hasta se hace el amor con la vista, faltaría más.

Uno va a un restaurante y come con la vista, y con el olfato, y el oído, y el tacto.

Y finalmente también con el gusto.

Pero no sólo con el gusto.

De modo que a Sevilla le hacía muchísima falta la renovación de aires –no sólo gastronómicos, sino de concepción de los espacios y del modelo de negocio y del modo de atención al cliente- que han traído sitios como La AzoteaDMercaoBarajas 20MechelaConTenedorTradevo o La Brunilda, en los que, entre otras cosas, te gusta entrar bien acompañado, que ya es mucho.

A mí me apetece entrar en estos nuevos locales, como me sigue encantando parar en la barra del Becerra y en la del Casablanca y en Bodeguita Romero, y sobre todo en la barra del Rinconcillo, pero, cada lugar tiene su momento y su punto, y su tipo de compañía.

Por lo visto, lo que pienso yo es lo que piensa mucha gente. Equivocada toda ella, naturalmente.

Me alegra, en suma, que por fin en Sevilla la cosa haya empezado a moverse en restauración.

Y aún creo que hace falta una renovación mayor.

Y desde luego una comunicación mayor de esos nuevos locales y espacios que se abren en Sevilla.

Porque es una pena que nuestra ciudad prácticamente no exista en los medios sobre life style que prescriben los nuevos sitios que descubrir en las ciudades españolas.

Barcelona, por ejemplo, está en boca de todos (y no sólo gastronómicamente).

Sevilla, en cambio, está fundamentalmente en boca de los sevillanos.

Y eso es así.


Las redes sociales no son el nuevo periodismo (ni de broma)


La velocidad de transmisión de la noticia de la abdicación del Rey a través de twitter ha hecho que estos días escuchemos recurrentemente (aún más recurrentemente) eso de que el nuevo periodismoestá en las redes sociales. Mi opinión es la siguiente:

-Es cierto que el periodismo no puede (no debería) vivir de espaldas a las redes sociales, pero también es cierto que las redes sociales son mucho menos sin el periodismo. La noticia de la abdicación corre como la pólvora en twitter, antes de que compareciera Rajoy, pero a raíz de que un periodista la anticipara en un medio de comunicación digital. Los contenidos periodísticos que circulan en las redes siguen procediendo principalmente de los medios de comunicación y de sus periodistas, y en las redes se amplifican y alcanzan mayor difusión. Y en general, ¿de qué conversamos en las redes?. De los temas que difunden los medios de comunicación.

-No confundamos periodismo con el tipo de medio en que se ejerce.- Si nunca hemos identificado el periodismo con un medio concreto, ¿por qué esa obsesión por identificarlo ahora con las redes sociales? Se puede hacer periodismo en las redes sociales como se puede hacer periodismo en televisión, pero ni todo lo que sale en la televisión es periodismo ni todo lo que sale en las redes sociales es periodismo. Y desde luego, en las redes, hay más contenidos que no son periodismo que contenidos que sí lo son.

-El (falso) debate de lo digital y el papel.- Algunos le tienen unas ganas al papel que no acabo de entenderlas muy bien. El periodismo se hará donde tenga que hacerse, seguramente en soportes digitales sobre todo… pero ¿a qué vienen esas prisas por cargarse a la fuerza el periódico impreso? Personalmente, dudo que no vaya a haber mercado para ningún periódico de papel. También decían que en los soportes digitales los contenidos tenían que ser breves y livianos y llegó Jot Down y le pegó un revolcón a todo. Que habrá menos cabeceras que  se editen en papel, seguramente; que se enfocarán al fin de semana, quizás; que habrá que hacer un producto más diferenciado, lo suscribo. Pero ni el periodismo morirá con el auge de lo digital, como dicen unos en un extremo, ni tampoco necesitará de la desaparición del papel para poder sobrevivir, como quieren hacer ver otros.

-Los principales medios digitales son los tradicionales.- Algunos han querido aprovechar que la noticia del Rey la anticipara un medio digital (sin edición en papel) para avisar de un cambio de estatus entre los medios, de modo que los avanzados son los digitales que dan exclusivas y los atrasados son los tradicionales que sacan ediciones vespertinas en papel cuando está to el pescao vendío. La realidad es, sin embargo, que las cabeceras más seguidas en Internet son las que tienen periódicos de papel. ¿O no es así?

-Las redes sociales tienen mucho más de barra de bar que de medio de comunicación.- En la barra de un bar se comentan las noticias que hay en el periódico de papel a disposición de la clientela, y las que se han visto en la televisión. En las redes sociales se comentan las mismas noticias de las que se habla en la barra del bar y por ella se asoman los medios y los periodistas para dar sus informaciones. Desde luego, la capacidad y velocidad de propagación de la información no tiene nada que ver en el bar y en la red social, pero una vez más es preciso distinguir contenido y medio. Que las redes sociales sean medios de difusión de contenidos periodísticos dependerá de que haya en ellas contenidos periodísticos. No es el hábito lo que hace el monje. Es el contenido.

-Cualquiera no es periodista.- Hay una cosa que me fastidia especialmente de todo este run-runsobre las redes sociales. Y es la propagación de la especie de que hay ciudadanos haciendo en las redes mejor periodismo que el que hacen los periodistas que trabajan en los medios. Que para enterarse de verdad de lo que pasa en la calle lo mejor es acudir a las redes y no a los medios.  Y que en suma, y como ya comenté una vez, los mejores ingenieros no son los que trabajan para las ingenierías y las constructoras, sino los tíos sin experiencia y titulación que se dedican a diseñar autovías en su tiempo libre. Manda huevos.

-Las exclusivas no estarán (primero) en las redes.- Francamente, no lo veo. Se darán al minuto siguiente de que  se pongan en los medios, o se utilizarán para crear expectación, pero el que se quiera enterar de verdad de la noticia en exclusiva tendrá que ir al medio de comunicación y buscarla. De modo que sólo de manera muy relativa podrá decirse eso de que te enterarás mucho antes en las redes. El aviso probablemente nos llegará por esa vía, pero la exclusiva estará en un medio.

-Y los buenos análisis tampoco.- Los periodistas y analistas estarán todos probablemente en las redes, pero utilizarán estas como mecanismos amplificadores de sus contenidos, que estarán alojados en los medios.

-Ah, ¿pero es que hay un nuevo periodismo?- A mí, lo de nuevo periodismo siempre me ha sonado un poco excesivo, incluso para denominar esa renovación de estilo que trajo gente como Truman Capote, Gay Talese o Tom Wolfe, con cuyos nombres uno se pone de pie. Los géneros y los estilos cambian, cambian con los tiempos y cambian con los medios, y lógicamente el estilo periodístico en las redes (si es que existe algo que se pueda denominar así) no es el estilo de los periódicos, como tampoco los géneros de los periódicos son los de la televisión. Pero de ahí a que las redes sociales sean una forma de nuevo periodismo, me parece que va un abismo.

En suma, y como digo en el título, creo que las redes sociales no son el nuevo periodismo (ni de broma), lo que no quiere decir que no deban ser aprovechadas por los periodistas y los medios dentro de su estrategia de difusión, e incluso como una parte central de esa estrategia.


Reivindicación del turista (y del periodista)

Yo soy turista, no soy viajero, lo digo sin complejos aunque con un poco de envidia y desde luego con admiración por quienes sí lo son, como la periodista Rosa María Calaf, que contaba aquí, en esta entrevista de Traveler, que el último verano se hizo en coche todo Siberia. Olé ella.

Yo no sería capaz, debo confesarlo, y el coche no me parece la mejor forma de viajar, sino la peor y la más estresante, seguramente porque como decía al principio, no soy viajero, soy turista, qué le voy a hacer, debe de ser eso del perímetro de confort, que lo tengo más estrecho de la cuenta.

Dicho lo cual, y como turista confeso, también tengo que decir que nunca me he alojado en un hotel de pulserita, ni tengo intención de hacerlo, como tampoco he contratado nunca un viaje cocinado y empaquetado por una agencia de viaje, cosa que declaro sin menosprecio alguno por la gente que lo hace, que me parece perfectamente respetable, sino más bien por dejar claro que no todos los turistas que somos turistas, y no viajeros, vamos a resorts a ponernos hasta arriba de emparedados, cócteles y pinchos de frutas exóticas.

No, a mí, lo que me gusta es planificar los viajes, buscar por Internet, verlo todo y leérmelo todo, y cuando digo todo, digo los hoteles, los restaurantes y los bares, las calles y las plazas, la historia, los mercados de abasto, las vinerías, ¿algún sitio donde comprar queso?, los cafés y las confiterías, las panaderías, of course, los museos y los teatros y las librerías,  las salas de concierto, todo lo que me gusta en definitiva, que, por ir al grano, se resume en tres infinitivos fundamentales: comer, beber y dormir (bueno, me falta uno más pero tampoco es cuestión de entrar en detalles).

Todo esa labor de documentación previa la realizo básicamente por placer, porque me lo paso pipa, me lo paso de muerte leyendo guías, y leyendo revistas, y mirando páginas web, y buscando en las redes sociales,  y en los foros, hasta acabar encontrando los sitios que estoy buscando o los que no estoy buscando, pero ellos me encuentran a mí.

Y todo lo que leo me influye en las elecciones finales: me influyen (bastante) las opiniones de los seguidores en las redes y los comentarios de los usuarios en los foros; me influye (mucho) lo que leo y veo en las webs corporativas; y sobre todo me influyen (muchísimo) los reportajes y artículos de periodistas que escriben en portales, revistas y secciones de viajes, life style, ocio, gastronomía…

Si me paro por ejemplo a pensar en los hoteles en los que me he alojado en los últimos años, raro es el caso en que esa elección no haya estado muy influida por un texto periodístico. Y lo mismo puedo decir de los restaurantes y bares, y lugares de copas, y tiendas, y galerías, y todo en general.

Quiero acreditar con todo ello el valor de prescripción excepcional que tienen los contenidos informativos de calidad. Nada influye más sobre una decisión de consumo que la prescripción independiente de un periodista que escribe lo que opina realmente en un medio con contenidos de calidad. Ni estar en el número 1 de un foro, ni tener un grupo de amigos en las redes alabando constantemente nuestras cualidades, ni colocar un publireportaje a doble página en el diario de mayor audiencia.

Así lo creo y así quiero decirlo en un contexto en el que parece que los contenidos periodísticos de calidad han dejado de tener valor, en el que algunos los gurús de nuevo cuño que han surgido al calor de las redes sociales, se permiten el lujo de decir cosas como que para qué esa obsesióncon influir en medios de comunicación tradicionales que nadie lee, cuando los verdaderos estados de opinión se crean al margen de ellos (por ejemplo, en las redes sociales).

Mi opinión es muy diferente y coincide con la del presidente de Condé Nast y de la Asociación de Revistas de Información (ARI), Javier Pascual, que en el Foro de la Nueva Comunicación dijo, hace poco, tres cosas muy interesantes: la primera, que si los contenidos no son bien remunerados, no pueden ser de calidad; la segunda, que se equivocan las marcas que en sus procesos de planificación publicitaria se guían sólo por las cifras de audiencia y no tienen en cuenta el valor de prescripción que tienen las publicaciones especializadas que ofrecen contenidos de calidad; y la tercera, que los medios especializados deberían concentrar sus esfuerzos en la venta de publicidad, y no orientarse a la venta de contenidos.

No puedo estar más de acuerdo con todo ello, y lo estoy no como periodista, sino como consumidor. Porque a este consumidor que firma, no hay nada que le influya más en sus decisiones que un contenido de calidad en un medio de prestigio donde los contenidos no están en venta.

Por eso, este texto en reivindicación del turista es en realidad y sobre todo un texto en reivindicación de los periodistas que escriben contenidos de calidad.

A día de hoy, esos contenidos se encuentran mayoritariamente en medios tradicionales y en portales y revistas especializadas.

Son esos contenidos, y no otros, los que tienen mayor capacidad de influir.

Y son esos contenidos, por cierto, los que, en gran medida, se replican y expanden a través de las redes sociales.


Lo que NO es un asesor de comunicación

Dicho sea todo lo que sigue, sin ánimo de molestar (naturalmente):

No es un guardaespaldas. No, no lo es, aunque hay muchos que lo parecen, sobre todo en el ámbito institucional, donde es tan frecuente ver a cargos públicos con escolta. Convertirnos en la sombra del CEO, yendo a todos los actos a los que él va, no le hace ningún favor al CEO, ni a la marca ni a nosotros mismos. Así que recordémoslo, nuestro trabajo es aportar valor a las marcas, no acompañar a todos lados a sus directivos.

No es un soldado. Ni un mero ejecutor, ni alguien que se tire por un puente si el que le paga se lo pide. Reconozco que por algunos de mis clientes siento tal empatía y afecto que sería capaz de pintarme la cara con su logo a lo Braveheart, pero eso es una cosa y otra muy distinta embarcarme en una guerra en la que no creo. Un asesor ejecuta, pero después de pensar, definir y recomendar, o sea, después de asesorar.  Si el cliente es el que lleva la iniciativa y el que dice lo que hay que hacer, entonces es que el asesor de comunicación no está haciendo su trabajo (o la parte más importante de él).

No practica el sí, por supuesto, por sistema. Directamente vinculado con lo anterior. El asesor no es siempre alguien que siempre dice sí al cliente, ni que comparte necesariamente su punto de vista, es alguien con criterio propio, que enriquece, con ese criterio, la perspectiva y el planteamiento de su interlocutor, transformándolo a veces, otras matizándolo y reorientándolo, y a veces también dejándolo como estaba,  pero después de haber sido sometido a un contraste necesario.

No es un muro.  Y me refiero aquí a su papel en las relaciones con los medios. El asesor de comunicación no es un muro que impide el acceso a la fuente. No es el tío pesado que se pone en medio para ralentizar o torpedear el acceso a la información del periodista. ¿Cuál es el problema de que algún periodista tenga el teléfono directo del CEO? Desde mi punto de vista, ninguno. ¿Tan poco valor aportamos que pensamos que si el periodista puede contactar con nuestro cliente ya sobramos? Estoy radicalmente en contra de esa forma de entender la consultoría de comunicación. Y personalmente ni siquiera me gusta entrar en las entrevistas que los periodistas hacen a mis clientes. Comprendo que sobre esto pueda haber otros puntos de vista, pero creo que nuestro trabajo es previo y que los periodistas, además, prefieren hacer su trabajo sin nuestra compañía.  Y además, a ti que eres asesor, ¿te gustaría que el periodista estuviera delante cuando preparas con tu cliente la entrevista? Pues lo mismo.

No es un fantasma, ni un tío que venda humo, ni alguien que prometa lo imposible. El asesor de comunicación es alguien que sitúa las expectativas a la altura  de la realidad y que baja la pelota al suelo. Y desde luego no es un profesional que viva únicamente de sus contactos y de que lo conozcan. Hay veces en que es mejor que no te conozcan a que te conozcan de aquella manera. Entre otras cosas, porque la mayor parte de las  cosas se consiguen con gestiones profesionales, no pidiendo favores.

No es Mr. Catering. Relacionado con lo anterior. El asesor de comunicación no es un tío que se pase todo el día en foros y eventos (ni tampoco en las redes sociales, esa otra forma de exhibicionismo social). Porque si se pasa todo el día alternando, ¿entonces cuándo trabaja?

No es barato.- Ni caro tampoco, pero desde luego no puede cobrar menos que la empresa o personal que tienes contratado para la limpieza de tu vivienda. Si un empresario o directivo está pensando en pagar 600 euros/mes, entonces es que no está pensando en contratar un asesor de comunicación, sino otra cosa.

No es un periodista de un medio.- Colaborar esporádicamente con un medio no convierte en periodista a un asesor de comunicación. Mandar notas de prensa esporádicamente para una empresa que te paga no hace a un periodista asesor de comunicación. Las empresas que cogen a un periodista de un medio y le pagan por difundir sus noticias entre los colegas de su provincia, equivocan completamente el tiro.

No es un becario.- Huelga decirlo, pero quizá no tanto. Tener en prácticas a un licenciado en Ciencias de la Comunicación y creer que así tu empresa hará comunicación es como estar convencido de que hoy mismo te vas a encontrar en el suelo un billete premiado de la lotería.

No es un profesional al que haya que medir sólo por su tiempo.- Llevo 18 años en esto. Habré trabajando en proyectos para más de 500 clientes diferentes. Lo mucho o lo poco que sé es gracias a haber trabajado para tantos clientes distintos. Cuando un asesor está trabajando para un cliente que no eres tú, está aprendiendo para ti, acumulando una experiencia que es lo que hará que te pueda aportar más valor cuando te dedique su tiempo. Así que, cuando lo contrates, no le pongas un cronómetro. Es miopía. Mídelo más por el valor que te aporta que por los minutos que pasa contigo.

No es alguien que se asuste con la primera vez.- Siempre hay una primera vez para todo. La primera vez que escribes de ingeniería aeroespacial, la primera vez que haces un contrato sólo para hacer publicity en medios internacionales, la primera vez  que haces  una auditoría de comunicación interna, la primera vez que te ocupas de la señalización de un parque tecnológico…  La primera vez es fundamental para la segunda y además tiene cosas buenas per se: frescura, ilusión, esfuerzo…

No es un alguien que espera a que el cliente le mande toda la documentación. Me pone nervioso ese tipo de gente, lo confieso, la que le preguntas, ¿has hecho esto?, y dice, no, es que el cliente no me ha enviado toda la documentación, y a lo mejor lo que falta es un dato muy concreto. Un asesor de comunicación es un profesional que le crea el discurso al cliente, que le elabora una literatura corporativa y desde luego que se busca la vida con la información.

Claro que tampoco es un adivino. Autónomo y con iniciativa, pero no adivino. Si nadie de tu organización le avisó que el martes de la semana pasada se firmó un importante acuerdo comercial, no esperes que tu asesor lo comunique a los cuatro vientos.

Y desde luego no es un mamporrero. Aunque trabaje para una empresa del Ibex 35 con una inversión publicitaria multimillonaria, aunque su jefe sea el mismísimo presidente del Gobierno, el dircom, asesor de comunicación, jefe de gabinete o similar nunca es un alguien que abronca, habla a voces o trata a sus interlocutores (y especialmente a los periodistas) como si les estuviera perdonando la vida.

En otra ocasión escribiré sobre lo que SÍ es un asesor de comunicación.


Cosas que (creo) van a pasar con el periodismo (y los periodistas)

Desde pequeño quise ser periodista (de periódico). Y, así es la vida, no lo soy, o al menos no ejerzo como tal, pues para mí un periodista es, por definición, una persona que no trabaja para las fuentes de información. Y yo trabajo para muchas.

Nunca, sin embargo, he dejado de amar el periodismo y de admirar a los periodistas (y quizás, en el fondo, de querer ser uno de ellos).

Como seguidor (por obligación y devoción) del periodismo y de los periodistas, estas son algunas cosas que creo que van a pasar en esta (admirable) profesión y con quienes la practican (admirablemente).

Sí hay futuro, claro que sí, y ese futuro es la calidad.- Me llega, como a todos, el pesimismo generalizado que hay en la profesión. Con argumentos, desde luego. Años de recortes en los periódicos, despidos y bajadas de sueldo y pérdida de independencia frente a los departamentos comerciales. Además del extendido intrusismo profesional y todo ese revoltijo de información digital localizada en portales replicadores de contenidos, blogs y redes sociales, a veces reciclada sin escrúpulos y muchas otras elaborada por aficionados que llevan un periodista dentro. Todo eso es tan indudable como el que sol sale por el este y se pone como el oeste. Pero también es indudable que cualquier lector con un mínimo de criterio distingue fácilmente entre el estiércol digital y los contenidos firmados por periodistas de verdad, entre el periodismo auténtico y la publicidad comercial encubierta, entre la información y la propaganda oficial, entre el periodista que lo es y el que se lo hace. De modo que sí hay futuro, claro que sí, lo único que ocurre es que ese futuro pasa por diferenciar al auténtico periodismo, en suma por aportar calidad a los lectores. El periodismo no sólo sigue siendo necesario, sino que es más necesario que nunca. Porque cuanta más basura circule por ahí, más desesperadamente necesitaremos todos poder identificar firmas y cabeceras que nos infundan confianza para informarnos y para no perder ni el tiempo ni el paladar. 

El periodismo con nombre propio. Hay futuro y, creo, sobre todo que hay futuro para el periodismo con nombre propio. Quiero decir con ello que los que apreciamos la información y el periodismo con mayúsculas, lo que vamos a buscar son cabeceras de confianza y, más que cabeceras, firmas de periodistas de confianza. Dicho de otra forma, vamos a buscar las cabeceras que reúnan las mejores firmas. O vamos a buscar las mejores firmas en distintas cabeceras.

Firmas de opinión… y de información.- Habitualmente, el concepto de firma en el periodismo se asocia a opinión. Estimo que esto dejará de ser así. Los lectores buscaremos la firma también en la información, porque buscaremos información de calidad, contrastada, independiente, no adscrita políticamente ni sesgada de antemano. Buscaremos la información de un periodista con firma que nos merezca confianza por todo ello y por saber aportarnos algo más que la mera descripción del hecho. Un periodista que sepa situarnos la noticia en su contexto e interpretarla con honestidad, y que nos haga disfrutar con su estilo personal de contar las cosas. Porque también las noticias serán contadas con un estilo propio. 

Los periodistas tendrán que trabajarse su marca personal.- Como consecuencia del valor que los lectores concederemos a la firma de la información y de la opinión, los periodistas tendrán que trabajarse (y mucho) eso de la marca personal. En realidad, lo están haciendo ya, y hay periodistas que acumulan miles de seguidores en las redes sociales. Y no me refiero a los periodistas (más bien, opinadores) del star system, los tertulianos que tenemos hasta en la sopa. Me refiero a los periodistas que buscamos con avidez cada vez que abrimos un periódico o nos metemos en un portal. A los que les tenemos incluso puestas alertas en Google para ser los primeros en enterarnos de lo que escriben.

Géneros, qué géneros.- Estilo propio significa estilo diferenciado, y el estilo diferenciado no cabe ni en las normas ni en los géneros, que los periodistas se saltarán libremente y sabiamente, porque, desde el conocimiento y el respeto a las 5W, la pirámide invertida y demás argumentos clásicos del periodismo, buscarán la singularidad y la sorpresa, y tratarán de ser creativos, un patrimonio que dejará de ser de los publicistas, para ser también de los informadores, reporteros, cronistas y columnistas.

Calidad, igual a especialización.- Los lectores buscaremos calidad, y calidad es igual a estilo y es igual también a especialización. O sea, que los periodistas (las firmas que los lectores buscaremos) se especializarán. No sólo sabrán de lo que escriben, sino que sabrán mucho de lo que escriben. Cuando uno no sabe de lo que escribe, es muy complicado escribir algo bueno: es imposible cuestionar la información que ofrecen las fuentes, es imposible aportar antecedentes históricos ni prever consecuencias, es imposible extraer conclusiones, es imposible diferenciarse de lo que escribe la competencia y es imposible, en suma, aportar valor al lector. Cuando uno no sabe de lo que escribe, uno hace una cosa que se parece mucho a la información oficial y al pseudoperiodismo que circula por el estercolero digital. Y como no se puede saber de todo, los periodistas (las firmas por las que compraremos los periódicos o entraremos en los portales digitales) se especializarán, y lo harán de una forma mucho más profunda que ahora. Hablo de la microespecialización del periodista que escribe (y sabe) de economía, y de industria, y del sector aerospacial, y de los organismos públicos aeroespaciales, y de los clusteres y de sus empresas.  O del que escribe (y sabe) de sociedad, y de sanidad, y de farmacia, y de industria farmacéutica, y de colegios farmacéuticos, y de cooperativas farmacéuticas, etcétera. O del que escribe (y sabe) de estilos de vida, y de ocio, y de restaurantes, y de hoteles, y de comercios, y de nuevo etcétera.

Los periodistas (con firma) serán autónomos y trabajarán para varios medios.- Creo que los periodistas con firma estarán bien pagados, porque la calidad hay que pagarla, pero no estarán pagados por un solo medio, sino por varios medios, que seguramente no serán competencia entre sí (o quizás sí, depende). De modo que veremos a los mismos periodistas firmar en distintos medios de prensa, radio, televisión y digitales, compatibilizando, gracias a su especialización, el trabajo en medios generalistas y sectoriales (o microsectoriales). A los periodistas les irá bien así, porque serán más libres y ganarán más. Y a los medios también les irá bien así, porque tendrán menos costes fijos.

Las redacciones de los periódicos se harán más verticales y menos horizontales.-  O sea, que, según se mire, ampliarán o adelgazarán su nómina de profesionales. Ampliarán la nómina de colaboradores externos y reducirán, aún más de lo que lo han hecho ya, su plantilla fija. En ésta última quedarán periodistas muy cualificados con capacidad para marcar la línea editorial y coordinar los contenidos y algunos periodistas jóvenes que realizarán básicamente funciones de edición. Los periodistas que hacen un poco de todo desaparecerán, porque la mayoría de los contenidos serán elaborados por colaboradores externos (los periodistas con firma).

La publicidad buscará lo que los lectores.- La publicidad buscará lo que los lectores, o sea, calidad. Porque la calidad de los contenidos será la calidad de los lectores y de los prescriptores, y por tanto la calidad de la inversión. Estimo que la publicidad buscará, en suma, medios cualificados con lectores cualificados que les aporten (los medios, los periodistas y los lectores), además de retorno comercial, prestigio y notoriedad de marca.

Los medios que comercialicen la información se equivocarán.- Directamente relacionado con lo anterior. Contenidos comprados, igual a contenidos sin valor para el lector, y por tanto igual a publicidad que huirá espantada. Pienso que los medios, en suma, volverán a diferenciar la publicidad y la información y a levantar los muros de acero que nunca debieron ser franqueados, y lo harán porque no sólo se lo pedirán sus lectores, sino porque se lo pedirán los propios anunciantes, que querrán que los anuncios publicitarios tengan valor en sí mismos, porque el medio en que aparecen se lo aporta, y que las apariciones informativas de sus marcas sean auténticas y no estén marcadas por la sospecha de un apaño de índole comercial. En resumen, creo que los medios que comercialicen la información errarán el tiro, y se equivocarán también las marcas que jueguen a pensar que un reportaje siempre es mejor que un anuncio, incluso si el medio es de tercera división.

Los periodistas pondrán a los asesores de comunicación en su sitio.- Y cuando hablo de los asesores, no pienso en los que trabajamos en agencias, que a nosotros es muy fácil ponernos en nuestro sitio, me refiero a los dircom que trabajan en las instituciones y en las grandes corporaciones, y concretamente a los que se permiten llamar a gritos a los periodistas, y abroncarlos, como si tuvieran la más mínima autoridad (moral) para ello, como si ellos decidieran sobre los contenidos de los periódicos, cuando su único y legítimo papel puede y debe ser el de tratar de influir, y pegar botes de alegría cuando lo consiguen, y fastidiarse cuando no, porque los periodistas son, o deben ser, libres para publicar lo que les salga del níspero, desde el respeto a la verdad, las leyes y su propia conciencia. Hay magníficos jefes de gabinete, asesores y dircom que además prestan un servicio de gran utilidad al periodismo. Pero también hay otros con maneras de matones a sueldo, y esos sobrarán todos.

Recuperan el prestigio perdido.- Creo que todo esto ocurrirá, y creo que, si todo eso sucede en efecto, el periodismo recuperará el prestigio perdido en las encuestas, y abandonará ese funesto lugar en la percepción pública que les sitúa tan cerca de los políticos. Los lectores iremos a donde tengamos que ir (al quiosco o adonde sea) a adquirir los buenos contenidos periodísticos, y nos lo vamos a pasar mejor aún de lo que ya nos lo pasamos cuando llega la hora del desayuno, un domingo por la mañana, y nos ponemos a buscar las firmas que más nos gustan


Los (23) pecados capitales de la CI

Estos son los pecados capitales que convierten la Comunicación Interna (CI) en un gasto y nada más que en un gasto. Y lo siento, pero no me salen siete, sino 23.

1. No tener un para qué. Si no hay un sentido y una intención, entonces es que no hay CI. Un equipo tiene que jugar a algo, a lo que sea, y si no sabe a qué juega, mejor que se quede en el vestuario. Aquí habría que decir lo del vigilante de Cruz y Raya, que ir pa ná es tontería. Pues lo mismo, comunicar sin objeto y dirección es absurdo. Para que no lo sea, es preciso fijar unos objetivos y, más que unos objetivos, una idea general sobre lo que queremos lograr con la CI. Este conocido video de Simon Sinek explica muy bien la importancia del para qué en el liderazgo y el posicionamiento empresarial. Por desgracia, en su comunicación (y también en la interna), muchas organizaciones se centran en lo que venden, olvidándose del sentido de su actividad. Lo cual, aparte de una ordinariez, es una torpeza que hace que vendan mucho menos. Sobre todo, si de lo que se trata es de venderse ante sus empleados.

2. Copiar tu finalidad de un manual de CI. No, no vale, es trampa y además no sirve para nada. Decir que usas la CI para motivar a tus empleados o crear cultura de equipo es solo una obviedad. Y tampoco vale copiar lo que hace tu competencia, lo que has leído en Internet o has escuchado en una ponencia. Bueno, en realidad, todo eso vale, vale un poquito, pero sólo para ayudarte a hacer introspección hasta encontrar tu motivo, el tuyo de verdad, el que te diferencia del resto.

3. Carecer de línea editorial. Directamente relacionado con lo anterior. Si cualquier periódico tiene una línea editorial, cómo el periódico (o el medio de comunicación que sea) de tu empresa no va a tener una línea editorial. Marca tus líneas rojas y verdes, los temas que te interesan y los que no, los protagonistas y las fuentes, y sobre todo los valores que quieres defender.  Tus contenidos nunca deben ser neutros y si lo son, es cuestión de hacérselo mirar. Si los contenidos, y su elección, responden a decisiones azarosas o gratuitas, entonces es que no hay un para qué, ni una línea editorial. O sea, que no tienes CI.

4. Olvidar que comunicar es un verbo transitivo. Hay quien quiere comunicar pero solo en abstracto, y siente verdadero pánico ante lo concreto. Sin embargo, comunicar es comunicar cosas, o sea, contenidos, y si no tienes contenidos, no tienes comunicación. Necesitas contenidos, necesitas renovarlos, y necesitas frecuencia y regularidad en la renovación, y si no tienes todo eso, no puedes tener un público expectante.

5. Equiparar contenido con acontecimiento. El contenido de la comunicación interna no tiene por qué estar referido a un acontecimiento: algo que sucede materialmente en el seno de la empresa. Ni siquiera tiene por qué ser noticia, y con eso no quiero decir únicamente que caben opiniones. Caben opiniones, y análisis y textos referidos a hechos que no son ni actuales ni novedosos. La única regla de oro es que el contenido debe ser interesante.

6. Sin estilo. Contenido y por supuesto continente. Si la presentación es aburrida, si no hay un envoltorio atractivo, si lo que se cuenta no está bien contado, el mensaje no llegará. Este video es antiguo, pero muestra de forma muy reveladora hasta qué punto la forma en la que se cuenta el mensaje incide sobre su impacto en las personas.

7. Cualquiera puede hacerla. Oye, pues no, mira. Esto del periodismo ciudadano y de la democratización del diseño es una milonga. Lo es, por supuesto,  cuando hablamos de periodismo y de Comunicación Externa. Y con idéntico motivo, cuando hablamos de Comunicación Interna.  ¿Es democratizable la ingeniería? ¿Te meterías en un hospital donde se practica la cirugía ciudadana?

8. Convertir en noticia que el CEO vaya al baño. Que es lo que suele suceder cuando el que lleva la CI está ahí porque no sabía hacer otra cosa, o porque es un pelota, o simplemente porque no tiene criterio, ni sabe de qué va la cosa. Al CEO hay que reservarlo en la CI, y mucho, para que cuando hable, hable de verdad. Si el diario de tu empresa, es el diario de su presidente, el presidente y la empresa tienen un problema.

9. No repartir el protagonismo de la información.- La CI nunca debe ser un instrumento de desequilibrio de la organización, y ojo que muchas veces lo es, incluso involuntariamente. Ocurre cuando los contenidos de la CI son recurrentemente los contenidos de los mismos departamentos o de los mismos niveles jerárquicos o incluso, horror absoluto, de las mismas personas. Crear un clima de confianza que propicia la participación cuesta trabajo y tiempo…, pero menos de lo que la gente se piensa, y llega un momento en el que (casi) todos quieren salir.

10. Obsesionarse con el feedback.- Sí, ya lo sé. Todos hemos leído un montón de manuales que dicen que, sin respuesta, la CI no es CI, sino dos veces I, o sea, Información Interna  Y que la Información no mola. Pero, bueno, dando por sentado que estos teóricos han estado alguna vez en las trincheras, y aceptando que la información tiene que circular en todas las direcciones, de arriba abajo y de izquierda a derecha, hay que tener muy claro que el objetivo de la comunicación empresarial nunca va a ser convertir la empresa en un entorno asambleario, y que además si los empleados se pasan todo el tiempo comentando y votando las noticias del portal, o dando opiniones en la red interna, a lo peor es que no tienen demasiado trabajo. La verdadera participación es que todos sean noticia y protagonistas de la  información (ver punto anterior), que haya conversación, sí, pero en su justa medida y orientada hacia los proyectos y objetivos empresariales, y que todos los departamentos y niveles jerárquicos accedan a la información de forma voluntaria. Y hay formas mucho más efectivas y razonables de medir esta participación que por el número de comentarios, me gusta, puntuaciones o sugerencias enviadas al buzón.

11. Confundir CI con Gestión del Conocimiento.- Otro pedazo de bulo que corrió como la pólvora en su momento, cuando había que convertir (a toda costa) los portales de comunicación interna en presuntos (solo presuntos) portales de gestión del conocimiento, y llegaba el gurú de turno, normalmente uno que hacía formación, diciendo que todo eso de la reputación de marca y el orgullo corporativo era una gran mentira, y que el único objetivo útil de la CI podía y debía ser compartir y gestionar el conocimiento, y ya saben aquella famosa frase del ex presidente de HP asegurando que si los de HP supieran lo que sabe HP, ésta sería tres veces más rentable. Aquellos presuntos (y presuntuosos) portales de gestión del conocimiento murieron por inanición y por falta de uso, y, aunque hay reincidentes, la mayoría ya reconoce que comunicar no es (solo) compartir conocimiento.

12. Atribuir a la CI finalidades solo operativas. Si en tu empresa el Departamento de Logística y el Comercial no comparten información y toman decisiones que colisionan, es probable que tengas un problema de CI, pero lo que tienes seguro es un problema de organización interna, que no es lo mismo. La Comunicación Interna asume funciones de información operativa, pero no son las únicas ni las más importantes.

13. No asignar responsabilidades a departamentos o equipos concretos. Está muy de moda eso de decir que la CI no puede quedar confinada a un Departamento y que es función de todos alimentarla. Y bien, eso es así, o debería ser así, pero mucho cuidado con confundir participación y responsabilidad. La responsabilidad sí debe quedar asignada a un departamento o un equipo de trabajo porque, si no hay responsabilidades y funciones asignadas, a buen seguro que no habrá CI. Y porque además la CI tiene que estar hecha por profesionales o será algo parecido a una ingeniería democrática o a una cirugía ciudadana.

14 .¿Recursos Humanos o Comunicación? El riesgo de detenerse en un falso debate. Mirad, yo soy periodista, así que debería estar interesado en decir que esto es una función del dircom y punto pelota. Pero la realidad que he vivido es otra, y si he trabajado a gusto con muchos directores de Comunicación, también lo he hecho (y lo hago) con directores de Recursos Humanos, y, si me dan a elegir, lo tengo claro: me quedo con el que esté más alto en el organigrama y el que más influencia tenga en el seno de la organización.

15. Decantarse solo por la información o solo por el marketing. Aquí otro falso debate. El eterno duelo entre los de comunicación y marketing (batalla que hoy se libra de forma cruenta en las redes sociales). Quizá por el afán de mear el territorio, los de Comunicación dijeron en su momento que, campañas gráficas fuera, porque lo que tenía y tiene credibilidad es la información. Pero, claro, eso no se sostiene en CI ni con alfileres, donde medio de comunicación y fuente informativa  son la misma cosa. El informador es también el anunciante, por lo que la misma credibilidad tienen información y anuncio. De modo que de lo que estamos hablando es de lenguajes distintos. ¿Y por qué no usar los dos, cuando una noticia puede ser mucho más eficaz para una cosa, y una campaña de imagen para otra?

16.El pret a porter. Así lo dicen los cursis. Que el pret a porter no vale. Que hay que hacer trajes a medida porque las soluciones que sirven para uno pueden no servir para otros. Bueno, no se trata de ir a Londres, a Savile Row, a encargar el traje. Buenos sastres hay en todos sitios, y con precios mucho más asequibles. En todo caso, para cada empresa, su propia CI.

17. Todo digital. Sí o no. Las herramientas digitales han supuesto una ayuda inconmensurable para la CI, pero ni lo son todo, ni pueden ser el vehículo fundamental de comunicación en ciertas organizaciones.

18. El 2.0. como maná salvador. Las herramientas 2.0. y de forma singular las redes sociales han abierto grandes posibilidades a la CI, favoreciendo la conversación. Pero una empresa que no informa antes, difícilmente conversará con sus empleados de nada, y una empresa que no conversa en lo presencial, difícilmente lo hará en lo virtual. De modo que si el hábito no hace al monje, un grupo en facebook tampoco convierte a una organización a la cultura de la CI.

19. No ser multimedia. En el mundo en el que cualquiera hace un video con su móvil, hay organizaciones que siguen ancladas en texto y fotografía (y esta con reparos). ¿No hay ya un estudio que diga que los videos suben las visitas y el interés? Bueno, pues lo digo yo. Más que comprobado. Evita, eso sí, la calidad casera, salvo que esa sea la calidad que quieres que tenga la imagen de tu empresa.

20. Segmentar la cultura, los valores y el compromiso. No me voy a poner exquisito diciendo que cualquier segmentación es discriminación y falta de democracia interna. No, no lo es, y además la segmentación es a veces no solo recomendable sino estrictamente necesaria. Es más, voy a decir que la transparencia absoluta es la falacia absoluta y que en cualquier organización  siempre hay, y tiene que haber, información que circula de forma restringida. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es esa obsesión desmedida por la segmentación que nos parece haber entrado a todos. Llevada a su extremo, segmentar la CI es segmentar la cultura, los valores y el compromiso, y lógicamente no se trata de eso.

21. Entrar en el panel de administración cada hora a vigilar las visitas. Medir está bien, y es necesario, es más, es imprescindible hacerlo, pero hay que compensar los recursos y debemos saber que, habitualmente, cuanto más tiempo dediquemos a medir, menos vamos a dedicárselo a hacer, así que, ni hacer sin evaluar nunca, como se estilaba antaño, ni evaluar tanto que no tengamos ni tiempo para realizar. Además, cualquier evaluación necesita tiempo, y todas las cosas se miden mejor con distancia y sobre todo con criterios de evaluación bien definidos: visitas y mucho más.

22. Para toda la vida. Ya no hay (casi) nada para toda la vida. Es posible que las herramientas y recursos que sirvan hoy a tu empresa no le sirvan dentro de unos años. Hay que estar abiertos al cambio, y además la revisión es consustancial a la evaluación. Y más en algo vivo como la Comunicación, que se hace entre todos, entre los que escriben y los que leen, los que aportan y los que reciben. De modo que no te ates a compromisos o programas para toda la vida. Hay que tener capacidad de escucha y darle protagonismo a la audiencia y concederte la suficiente flexibilidad para cambiar con ella.

23. Pueden cambiar las herramientas, pero nosotros no. La apertura al cambio tiene que incluir la propia definición de lo que somos, que nunca puede (o debe) ser un somos estático. Las organizaciones cambian y si hay un motor sobre el cambio de las organizaciones, ese motor es la Comunicación Interna. Es misión de la Dirección liderar y marcar el sentido de ese cambio, pero la orientación final de ese cambio se decide entre todos, y eso es algo que también hay que tener en cuenta.


Un libro no es solo un libro

A mis hijos Jesús y Miguel, que son lo que más quiero en el mundo.

Un libro es la tierra prometida. Es el verano y la playa, una toalla y una puesta de sol. Un libro es una conversación inteligente y ese lugar al que siempre regresas con tu mejor amigo. Es cada noche después del trabajo y tu compañera desnuda en la cama, que también lee un libro. Un libro son las mejores vacaciones que nunca pasaste en tu vida, la biblioteca que te legó tu padre, y una estantería repleta de volúmenes en permanente desorden. Un libro es una colección huérfana de libros que perdiste por dejarlos y por tonto, son tus lecturas, y tus ganas de crear, el papel que huele a libro, y el papel que te hace estornudar cuando es un libro viejo. Un libro son las vidas de otras personas y es también tu vida. Es lo que te gustaría escribir, lo que siempre pensaste y lo que nunca has pensado, un descubrimiento y una confirmación. Un libro es una lección de estilo y es ser muy hombre, un libro puede valer un polvo y a veces es mejor que un polvo. Es el primer sueño, y lo que te hace perder el sueño. Una trama con personajes o unos personajes sin trama, una acción que pasa dentro o fuera de los protagonistas que la viven, y que pasa siempre dentro de ti y a veces también fuera. Un libro es ritmo, siempre ritmo, tu-tatu-tu-tu-ta, y es tu mejor compañero de baile. Es el tango que te gustaría saber bailar para impresionar a una mujer, y el partido decisivo que te gustaría haber jugado con tu equipo, con el estadio hasta arriba y toda la afición coreando tu nombre. Un libro es una juerga de muy padre y señor mío, una borrachera de narices y una resaca de mil demonios. Es la razón por la que eres periodista, o por la que querías serlo, y quizás algún día sea también la única razón por la que seguir viviendo. Es la compañía y al mismo tiempo la soledad, son voces y silencios, y un beso en los labios, en cualquiera de ellos. Un libro es todo el erotismo, y es una mujer que se te ofrece, para que la poseas sin remilgos. Un libro son sus páginas dobladas por ti, o no, sus frases subrayadas por ti, o no, y tus anotaciones, o no. Un libro es lo que tú quieres que sea, y lo que tú quieras, bien estará. Un libro es el primer regalo cuando no sabes bien qué regalar, y el último cuando ya lo sabes todo sobre ella. Un libro es la razón y la demencia, es el estudio y la obligación, y es el pasar de todo por leer un libro. Un libro puede ser un tocho y puede ser un suspiro, y también puede ser ambas cosas cuando lo escribe Víctor Hugo. Un libro es Cervantes, y Oscar Wilde, y Stendhal, y Dashiell Hammett, y García Márquez, y Vargas Llosa, y Tom Wolfe, y Tomas Mann, y Sábato, y Sampedro, y Delibes, y Balzac, y Dumas, y Tolstoi, y Philip Roth y ese tío que firma como Benjamin Black y que no vas a mirar su nombre en Internet porque con cuarenta ya no tienes necesidad de aparentar lo que no sabes, y además te importa un bledo. Un libro es tu socio y amigo del alma Daniel Ruiz. Un libro son los autores que te hicieron felices en un verano en la playa, pero también en una primavera en el parque, tumbado sobre el vientre de tu amada. Un libro es calor y es fresco, es humedad y tibieza, y huele a mar, o a césped, y al perfume de ella. Un libro es una caricia en el pelo, y una voz que te susurra al oído cosas que no importan porque lo que importa o es el libro o es ella. Un libro es una hemorragia de palabras que solo cicatriza cuando lo lees, y que a veces no se cierra nunca, y es el tratamiento a la patología de leer, que es un tumor benigno y sin cura. Un libro es un paseo y son los paseos de libros que has leído, un patio con una fuente y un alcázar de ideas sin murallas. Un libro es prosa y es verso, para mí más prosa que verso, y mejor si es prosa dura y es rock & roll, una novela gamberra y desgreñada, con tías que calzan tacones, gastan vaqueros ajustados, y te ponen a cien cuando enseñan el comienzo de sus tetas.  Un libro es una hermandad, la hermandad de los que leen, que no es una hermandad de penitencia, sino de placer, el placer de leer para creer y también de leer para descreer. Un libro es una oportunidad de callarse, y de no meter la pata en el face, una vacuna contra la tentación de querer opinar de todo, y de saber de todo, y de exhibirlo todo, un antídoto contra el cotilleo, y el wassap y otras formas necias de perder el tiempo.

Un libro es tu tiempo, y tus tiempos se miden por libros. Un libro es tu infancia, son Los cinco y Asterix, los Tres detectives y el Lazarillo de Tormes, las historietas de Agatha Chistie y Arthur Conan Doyle. Un libro son tus primeras erecciones y el descubrimiento de la palabra adulterio, y la primera introspección seria de tu adolescencia, y el protagonista de Rojo y Negro en el que tantas cosas tuyas viste, y que en realidad estaban -y están- en ti, porque son rasgos universales de la condición humana, aunque tú entonces no lo sabías. Un libro son tus dieciocho años y es una excusa tan buena como otra cualquiera para acercarte a la tía que te gusta y para tratar de metértela en el bote y en la cama. Un libro es un descapotable contigo dentro, un invento que te hace sentir James Bond y el rey del mambo, o un intelectual del copón, Humprey Bogart con gabardina y Paul Newman jugando al billar. Un libro es la pera y eres tú sintiéndote como tal. Un libro es tu madurez y las ganas de parar en casa, en noches de viernes tranquilas y redescubiertas, y tardes de domingo de no hacer nada salvo leer y leer. Un libro son tus hijos y las lecturas que hiciste con ellos cuando aprendieron a leer, y cuando se iban a la cama, y cuando no se iban pero tú querías que se fueran. Un libro eres tú ahora con tus hijos, por qué no dejas la tele y lees un pocopor qué no coges un libro y así te aburres menos, por qué no serás menos plasta con los libros, si tu padre fue igual de pesado y tú no te pusiste a leer hasta que no te dio la gana. Un libro es tu hoy, y esperas que sea tu mañana, cuando cada día se parezca más a un tiempo que se agota, a una vela a punto de apagarse, a un libro a punto de llegar a su fin. Un libro quizá sea entonces nostalgia más que esperanza, y tristeza más que alegría, y derrota más que victoria. Pero, si es una derrota, un libro es siempre una derrota con clase y con grandeza, un acontecimiento en tu vida que te hace más digno, y más justo, y más libre. Un libro es y será siempre la libertad de tu alma y un hombre con un libro es y será siempre un hombre libre. Un libro son miles de momentos de tu vida que quizás no te han hecho ni más sabio, ni más culto ni más poderoso (a lo peor ni te han hecho ligar más), pero que te han permitido conocerte mejor y ser mucho más como tú eres. Un libro no es lo que tus hermanos, o tus amigos, o tus colegas de trabajo piensan de ti. Un libro es lo que tú piensas de ti mismo. Un libro eres tú y si no has leído muchos libros es que nunca has pensado mucho sobre ti y quizá sobre nada. Un libro son solo palabras y mucho más que palabras. Un libro es tu palabra. Y bien sabido es que un hombre vale, lo que vale su palabra

A mis hijos Jesús y Miguel, que son lo que más quiero en el mundo.

Un libro es la tierra prometida. Es el verano y la playa, una toalla y una puesta de sol. Un libro es una conversación inteligente y ese lugar al que siempre regresas con tu mejor amigo. Es cada noche después del trabajo y tu compañera desnuda en la cama, que también lee un libro. Un libro son las mejores vacaciones que nunca pasaste en tu vida, la biblioteca que te legó tu padre, y una estantería repleta de volúmenes en permanente desorden. Un libro es una colección huérfana de libros que perdiste por dejarlos y por tonto, son tus lecturas, y tus ganas de crear, el papel que huele a libro, y el papel que te hace estornudar cuando es un libro viejo. Un libro son las vidas de otras personas y es también tu vida. Es lo que te gustaría escribir, lo que siempre pensaste y lo que nunca has pensado, un descubrimiento y una confirmación. Un libro es una lección de estilo y es ser muy hombre, un libro puede valer un polvo y a veces es mejor que un polvo. Es el primer sueño, y lo que te hace perder el sueño. Una trama con personajes o unos personajes sin trama, una acción que pasa dentro o fuera de los protagonistas que la viven, y que pasa siempre dentro de ti y a veces también fuera. Un libro es ritmo, siempre ritmo, tu-tatu-tu-tu-ta, y es tu mejor compañero de baile. Es el tango que te gustaría saber bailar para impresionar a una mujer, y el partido decisivo que te gustaría haber jugado con tu equipo, con el estadio hasta arriba y toda la afición coreando tu nombre. Un libro es una juerga de muy padre y señor mío, una borrachera de narices y una resaca de mil demonios. Es la razón por la que eres periodista, o por la que querías serlo, y quizás algún día sea también la única razón por la que seguir viviendo. Es la compañía y al mismo tiempo la soledad, son voces y silencios, y un beso en los labios, en cualquiera de ellos. Un libro es todo el erotismo, y es una mujer que se te ofrece, para que la poseas sin remilgos. Un libro son sus páginas dobladas por ti, o no, sus frases subrayadas por ti, o no, y tus anotaciones, o no. Un libro es lo que tú quieres que sea, y lo que tú quieras, bien estará. Un libro es el primer regalo cuando no sabes bien qué regalar, y el último cuando ya lo sabes todo sobre ella. Un libro es la razón y la demencia, es el estudio y la obligación, y es el pasar de todo por leer un libro. Un libro puede ser un tocho y puede ser un suspiro, y también puede ser ambas cosas cuando lo escribe Víctor Hugo. Un libro es Cervantes, y Oscar Wilde, y Stendhal, y Dashiell Hammett, y García Márquez, y Vargas Llosa, y Tom Wolfe, y Tomas Mann, y Sábato, y Sampedro, y Delibes, y Balzac, y Dumas, y Tolstoi, y Philip Roth y ese tío que firma como Benjamin Black y que no vas a mirar su nombre en Internet porque con cuarenta ya no tienes necesidad de aparentar lo que no sabes, y además te importa un bledo. Un libro es tu socio y amigo del alma Daniel Ruiz. Un libro son los autores que te hicieron felices en un verano en la playa, pero también en una primavera en el parque, tumbado sobre el vientre de tu amada. Un libro es calor y es fresco, es humedad y tibieza, y huele a mar, o a césped, y al perfume de ella. Un libro es una caricia en el pelo, y una voz que te susurra al oído cosas que no importan porque lo que importa o es el libro o es ella. Un libro es una hemorragia de palabras que solo cicatriza cuando lo lees, y que a veces no se cierra nunca, y es el tratamiento a la patología de leer, que es un tumor benigno y sin cura. Un libro es un paseo y son los paseos de libros que has leído, un patio con una fuente y un alcázar de ideas sin murallas. Un libro es prosa y es verso, para mí más prosa que verso, y mejor si es prosa dura y es rock & roll, una novela gamberra y desgreñada, con tías que calzan tacones, gastan vaqueros ajustados, y te ponen a cien cuando enseñan el comienzo de sus tetas.  Un libro es una hermandad, la hermandad de los que leen, que no es una hermandad de penitencia, sino de placer, el placer de leer para creer y también de leer para descreer. Un libro es una oportunidad de callarse, y de no meter la pata en el face, una vacuna contra la tentación de querer opinar de todo, y de saber de todo, y de exhibirlo todo, un antídoto contra el cotilleo, y el wassap y otras formas necias de perder el tiempo.

Un libro es tu tiempo, y tus tiempos se miden por libros. Un libro es tu infancia, son Los cinco y Asterix, los Tres detectives y el Lazarillo de Tormes, las historietas de Agatha Chistie y Arthur Conan Doyle. Un libro son tus primeras erecciones y el descubrimiento de la palabra adulterio, y la primera introspección seria de tu adolescencia, y el protagonista de Rojo y Negro en el que tantas cosas tuyas viste, y que en realidad estaban -y están- en ti, porque son rasgos universales de la condición humana, aunque tú entonces no lo sabías. Un libro son tus dieciocho años y es una excusa tan buena como otra cualquiera para acercarte a la tía que te gusta y para tratar de metértela en el bote y en la cama. Un libro es un descapotable contigo dentro, un invento que te hace sentir James Bond y el rey del mambo, o un intelectual del copón, Humprey Bogart con gabardina y Paul Newman jugando al billar. Un libro es la pera y eres tú sintiéndote como tal. Un libro es tu madurez y las ganas de parar en casa, en noches de viernes tranquilas y redescubiertas, y tardes de domingo de no hacer nada salvo leer y leer. Un libro son tus hijos y las lecturas que hiciste con ellos cuando aprendieron a leer, y cuando se iban a la cama, y cuando no se iban pero tú querías que se fueran. Un libro eres tú ahora con tus hijos, por qué no dejas la tele y lees un pocopor qué no coges un libro y así te aburres menos, por qué no serás menos plasta con los libros, si tu padre fue igual de pesado y tú no te pusiste a leer hasta que no te dio la gana. Un libro es tu hoy, y esperas que sea tu mañana, cuando cada día se parezca más a un tiempo que se agota, a una vela a punto de apagarse, a un libro a punto de llegar a su fin. Un libro quizá sea entonces nostalgia más que esperanza, y tristeza más que alegría, y derrota más que victoria. Pero, si es una derrota, un libro es siempre una derrota con clase y con grandeza, un acontecimiento en tu vida que te hace más digno, y más justo, y más libre. Un libro es y será siempre la libertad de tu alma y un hombre con un libro es y será siempre un hombre libre. Un libro son miles de momentos de tu vida que quizás no te han hecho ni más sabio, ni más culto ni más poderoso (a lo peor ni te han hecho ligar más), pero que te han permitido conocerte mejor y ser mucho más como tú eres. Un libro no es lo que tus hermanos, o tus amigos, o tus colegas de trabajo piensan de ti. Un libro es lo que tú piensas de ti mismo. Un libro eres tú y si no has leído muchos libros es que nunca has pensado mucho sobre ti y quizá sobre nada. Un libro son solo palabras y mucho más que palabras. Un libro es tu palabra. Y bien sabido es que un hombre vale, lo que vale su palabra


Hotel Daniel (Viena): Comunicación con carácter

No es el hotel que más me ha gustado de todos en los que me he alojado. Ni siquiera en el que he sido más feliz. Y ni mucho menos ha sido el hotel en que, ejem, mejor me lo he pasado. No es el hotel más cool que he conocido, ni el más sexy (sí, definitivamente los hoteles pueden ser sexys, e incluso sutilmente eróticos). Y tampoco ha sido el más lujoso.

>Sin embargo, el Hotel Daniel, de Viena, es con toda seguridad el hotel que más me ha impresionado, en el que me he sentido más empequeñecido, incluso, más acomplejado, más consciente de las limitaciones de lo que hago y al tiempo más lúcido de la orientación que debe tener mi trabajo.

Quiero decir en efecto que este hotel es uno de los sitios en los que mejor he visto, aunque visto no sea la palabra, de qué va esto de la comunicación y la gestión de la marca cuando alcanzan cotas de perfección muy elevadas, aunque perfección tampoco sea la palabra,porque la comunicación es por naturaleza imperfecta, y si es perfecta entonces es que es un molde, una repetición, y no vale nada.

Decía en la segunda entrada de este blog que cuando la comunicación es de verdad, es como el amor, y está en el aire, no es un atributo imputable a una cosa concreta, ni a la página web, ni a la publicidad, ni a la presencia en medios, ni al diseño, ni a la comunicación comercial, ni al uso de la marca. Cuando es de verdad, la comunicación es un todo homogéneo al tiempo sutil y perceptible, que ves sin tener que fijarte en nada concreto, que a veces se huele, se toca, se oye, incluso se respira, y, si no lo notas, es que tienes acorchados los sentidos y el entendimiento.

En el Hotel Daniel de Viena, que vuelvo a decir que no es exactamente el más afín a mis gustos ni a mi sensibilidad, ni a mi perfil de turista (porque sí, yo soy un turista, no un viajero, y tampoco me voy a avergonzar por ello), la comunicación es un todo homogéneo, y es la sangre que da vida al cerebro y a los brazos y al corazón y a las puntas de los dedos, es una savia que lo nutre todo, y lo define todo: el modo en que eres atendido, el interiorismo, el precio y las ofertas, los contenidos de su web y de su blog, la autodefinición del hotel, las fotos publicadas sobre él, el vestuario de los empleados, el checking, cada detalle del hotel y sobre todo cada pilar que sostiene la estructura conceptual de su marca.

Reformado a partir de un edificio de 1962 declarado de interés histórico artístico por ser el primer edificio de Austria construido en el entonces revolucionario estilo de muro cortina, el hotel se proyecta al mercado con los conceptos de “smart luxury“, “lujo inteligente”, “libertad”, “actualidad”, y “nuevos estilos de vida”, en franca oposición a la opulencia, sobreatención, y exceso de formalidad (incluso de servilismo) del lujo hotelero tradicionalmente entendido.

El Hotel Daniel es, por hablar en plata, como la casa en la que te gustaría quedarte en Viena si tuvieras unos amigos que vivieran allí y que te invitaran a alojarte en su hogar. Y alrededor de ese espíritu joven e informal, pero elegante y (co)medidamente alternativo, se construye la diferencia de un hotel en el que, por empezar a dar detalles concretos, nadie está uniformado, todos los trabajadores llevan ropa de calle, y la recepción como tal no existe, sino que está (casi) integrada dentro de un amplio espacio común para el disfrute y la convivencia.

Un hotel con una caravana aparcada en la puerta, que es caravana, habitación y seña de identidad, como el barco –sí, un barco- que asoma en lo alto del edificio, casi a punto de caerse (sí, eso es lo que parece).

Un hotel con unos precios más que contenidos y donde los empleados son más bien como tus anfitriones, unos amigos enrollados que intentan que estés cómodo, pero, sin pasarse, porque, oye, chico, después de todo has venido aquí porque has querido, y además hay confianza, así que tú mismo.

Definitivamente, alojarse aquí no es como alojarse en Downton Abbey, no cuentes con un mayordomo esperándote en la puerta por si se te han desabrochado los cordones del zapato.

Esto es un hotel del siglo XXI, o más bien de un siglo XXI muy avanzado, pensado para huéspedes que se sienten un poco incomodados por la sobreatención, y que valoran otras cosas.

Cosas como por ejemplo alojarse en un hotel que está en todo el meollo y fantásticamente comunicado, aunque sin toparte con la catedral al caer de la cama, y donde los espacios no sólo son confortables, sino que tienen algo más, diseño por supuesto, pero también alma.

Cosas como que en el salón haya un sofá -al que la han quitado las patas- colgado del techo por una cuerda para que puedas balancearte, o que tu habitación con vistas al Belvedere tenga una hamaca, o que el hotel tenga una panadería propia (¡una panadería propia!) para que desayunes como dios mientras el sol entra por el enorme ventanal de la planta baja, comiendo todo tipo de panes o de bollería recién hecha, que puedes rellenar con lo que tú quieras, por ejemplo con queso fresco y salmón ahumado, ay, qué barbaridad de salmón ahumado, y además fruta del día, y huevos, y hasta las tartas caseras de la vecina del hotel, de la que te enseñan su foto, y que es una señora adorable que sólo hace tartas para los invitados del hotel, que en cierta forma son los suyos.

Cuando me alojé allí en la navidad del año 2012, todo era coherente, todo respondía a un concepto, y todo tenía también detrás una historia, una historia siempre sugerente, cautivadora, contada con un gusto exquisito, como la historia de la vecina que traía cada día sus tartas.

Una historia incluso para cada objeto de merchandising, para cada artículo que tenían en venta, y puedo dar fe de lo mucho que me costó no llevarme una camisa blanca que, más que venderte, te la contaban, porque una camisa se puede contar, como se cuenta una historia, sobre todo cuando es una camisa con una historia. 

Las tres o cuatro noches que me alojé allí no pude encontrar ninguna disonancia en todo aquel discurso, ni en el contenido del mensaje ni en la forma, ni siquiera tampoco en la realidad que le servía de base.

Recuerdo por ejemplo que la tarde del día 1 de enero, el servicio de habitaciones se retrasó y cuando quisieron entrar a arreglar la nuestra (hasta en dos ocasiones) no pudieron hacerlo, porque nosotros estábamos descansando (o, en fin, entretenidos en otros menesteres, no recuerdo bien).

Al hacer el ckecking out, y sin que mediara reclamación alguna por nuestra parte, después incluso de expresar nuestra satisfacción por la estancia, nos pidieron disculpas por ese error y nos explicaron que, para compensarlo, nos habían descontando de la factura el desayuno.

Entonces comprendí definitivamente que aquel hotel era lo que contaba, y contaba lo que era, y que ese es en efecto el verdadero poder de la comunicación, que no es el poder de que todo parezca más de lo que es, sino el poder de que todo sea en efecto lo que queremos que parezca.

El poder de moldear la realidad para que sea como queremos contarla y de lograr que incluso los objetos cuenten cosas.

El poder de que detrás de cada balance y cada cuenta de resultados haya una historia vivida y compartida con pasión.

El poder de que una marca no sea un logotipo, sino  una cultura corporativa.

El poder, en resumen, de que las empresas tengan carácter. 


Lo que quiero

 

Prometí hablar de lo que quiero.

Y lo voy a hacer a mi modo. Como dije que había que hacerlo: cada uno a su manera.

Y mi modo es el caos. Mezclarlo todo: familia y viajes, trabajo y afectos.

Porque la vida es eso: amasijo y confusión.

Y así es también lo que quiero: un terrible alboroto de deseos.

Quiero muchas cosas, y por empezar por las más concretas, quiero ir a Praga por fin de año, y que me den las doce en un restaurante de la Isla de Kampa que tiene vistas al río Moldava.

Quiero conocer alguna vez la primavera de la Toscana, y de la Provenza, y alojarme en un hotel de Berlín en un diciembre nevado.

Quiero volver a Venecia, y volver a pasear de noche por el Cannaregio, sintiéndome insólitamente confortado por la oscuridad y el silencio.

Quiero llevarme a mis hijos a Londres, y subirlos a la noria, y llevarlos a los parques, y al zoo, y quiero verlos entenderse en inglés mucho mejor que yo.

Quiero darle una segunda oportunidad a Nueva York, o más bien que Nueva York me la dé a mí, y quiero desayunar ostras en el Balthazar, como me contó un amigo que fue, y no se comió las ostras, pero es como si se las hubiese comido.

Quiero que sea verano, e ir a pasear por la playa, y quiero pasar tardes enteras leyendo tumbado en la arena, con una toalla enrollada debajo de la cabeza para estar más cómodo, en silencio, sin palabras que no hacen falta, porque están en los libros que leo.

Quiero seguir leyendo ocho, diez, doce o catorce libros cada verano, y descubrir autores que no conozco, y que leo sin informarme antes de ellos, y que después a veces olvido, porque, para mí, la literatura es antes placer que cultura, y, si no es placer, es leer Amor y Pedagogía de Unamuno con catorce años, o sea, un castigo.

Quiero ganar nuevos clientes, y sobre todo quiero ganar nuevos clientes que sean importantes en mi vida, y que puedan crecer conmigo y yo con ellos.

Quiero desarrollar líneas de negocio que nos diferencien, y que respondan a necesidades bien valoradas (y pagadas) por las empresas.

Quiero que mis clientes me quieran, y sobre todo quiero que mis hijos me quieran, ahora y dentro de unos años, cuando se hagan adolescentes, y cuando se vayan de casa, y cuando se líen o se deslíen o hagan lo que tengan que hacer para ser felices. Y siempre, o sea.

Quiero verlos crecer en casa y quiero arreglar mi casa, que ya es hora, siete años viviendo ahí y todavía las bombillas en el techo.

Quiero invitar a los amigos que aún no he invitado y quiero volver a cenar con los que ya han venido, y llegar al momento de la exaltación de la amistad y no poder querernos más de lo que nos queremos, y acabar a las tantas, después de habernos bebido la última gota de la última botella que ni siquiera recordábamos que teníamos.

Quiero comprarme una caja de un vino de Cádiz que quita el sentío y también los prejuicios sobre los tintos andaluces, y quiero beber champán, para celebrar los éxitos y sobre todo los fracasos, y comer queso, para celebrar cualquier cosa, incluso cuando no haya nada que celebrar.

Quiero seguir yendo a comprar queso a Villa Real de San Antonio y merendar allí por la tarde, tomando una tostada de pan de masa de madre hecha muy lenta a la brasa.

Quiero volver a pasar otra noche desbordante (y desbordada) de deseo en Lisboa. Sí, uff, eso, lo quiero de verdad.

Y quiero ir a Madrid, al hotel que dirige Xavi Vega, y contarle que mi padre también fue director de hotel, y que por eso, para mí, los hoteles nunca son de paso (hay gente que pasa por los hoteles como el que coge un autobús, me dijo una vez).

Quiero preocuparme solo lo necesario, y relajarme, y disfrutar del invierno porque es invierno y del verano porque es verano, y del otoño y de la primavera, que en Sevilla son un mismo tiempo, el tiempo de ir al Rincón de Juan, y tomarse la mejor cerveza del mundo.

Quiero seguir perdiendo peso sin dejar de disfrutar de la comida y sin arrepentirme de uno solo de los kilos que gané.

Quiero seguir mirando al futuro sin lamentarme de nada por el pasado, sin pensar en él siquiera, y sin ponerme demasiado trascendente, con ese punto de inconsciencia tan necesario para ser feliz.

Quiero defender mi tesis, y ser doctor, y darle un abrazo a mi director, y decirle que él me vio cuando nadie me veía, y que gracias.

Quiero hablar inglés de verdad y sin miedo, y quiero dar las gracias, también de verdad y también sin miedo.

Quiero dar las gracias más veces y a más gente, y dárselas otra vez a todos -y todas- a los que ya se las he dado, a toda la gente importante en mi vida, y especialmente a Ella, que por algo la pongo en mayúsculas, es el centro y poco más tengo que decir.

Quiero escribir muchos correos electrónicos, y cartas, y artículos, y guiones de vídeos, y discursos, y planes, y propuestas comerciales y todo aquello que quizás mañana sea basura (o basura electrónica) pero que hoy es mi ocupación y mi pan.

Quiero escribir para mí mismo y para los demás, y quiero seguir escribiendo este blog, y estar motivado para ello.

Quiero también escribir una novela, quiero intentarlo al menos, y contar algo que me salga de dentro, porque de otra forma no sé.

Quiero que cada minuto de mi vida cuente, y que mis palabras sirvan para crear y emocionar, y no para hacer daño.

Quiero aprender más cosas y desaprender las que he hecho rutina, y quiero verlo todo bajo una luz nueva y optimista.

Quiero vivir.

Y sobre todo, en este momento, lo que más quiero, lo que quiero con toda mi alma, es que mi padre viva.

Que viva con buena calidad de vida. Y que viva mucho tiempo, si es posible hasta alcanzar los cien años, que es un número redondo, un número señor y centenario, un número muy de mi padre, con dos ceros como dos soles.

Eso, básicamente, es lo que quiero.


Los deseos que se cuentan, se cumplen


Los deseos, si se cuentan, no se cumplen. Es lo que nos decían de pequeños, ¿os acordáis?

Apagábamos las velas del cumpleaños, y alguien nos susurraba al oído: piensa un deseo, pero no lo digas, que, si no, no se te concederá.

O nos quitaban una pestaña de la mejilla, y el mismo rollo: rápido, un deseo, pero chiissst, no lo cuentes. 

A mí aquello me fastidiaba una barbaridad, porque eso era como saberte un tema, y luego que el profesor no te lo preguntara: una verdadera mala suerte.

Ahora todo ese secretismo no sólo lo veo como un fastidio, sino que me ha acabado pareciendo una de las peores patrañas que nos cuentan en la infancia.

>Como la del ratoncito Pérez: figuraos, un ratón trepando por nuestra cama y colándose debajo de la almohada...

Por supuesto que hay que contar los deseos, y no sólo contarlos, sino que hay que ponerlos por escrito, siempre que se pueda.

Y por varias razones.

La primera, porque si lo pones por escrito, no se te olvida y además no tienes la excusa de que se te ha olvidado.

La segunda, porque lo escrito, escrito queda, y te estimula, o te reta, o simplemente te toca el amor propio, y dices, ¡cómo!, esto tengo que lograrlo, o aquí el vecino se va a poner muy contento.

La tercera, porque, si después no lo logras, tampoco pasa nada, porque lo has intentado, y lo chusco y deprimente, y de cobardes, es no intentarlo.

La cuarta es que, si compartimos lo que queremos hacer, seguramente podremos comprometer a la gente para que nos ayude a lograrlo.

Y la quinta, y más importante, es que, por eso mismo, porque solos podemos muy poco y necesitamos de los demás, los deseos que se cuentan se cumplen más.

Pero hay una sexta razón, que también cuenta, y más en un blog como este, que se llama el placer es mío. Esta sexta y poderosa razón es que contar los planes resulta una gozada.

Cuando cuentas las cosas que quieres hacer, el placer es doble: el placer de planearlo y el placer de hacerlo.

A día de hoy, aún no sé con cuál de los dos es con el que disfruto más: si planificando un viaje, o viajando. Si pensando a qué restaurante voy a ir, o cenando en el que he elegido.

Y además si lo haces así, si cuentas lo que vas a hacer y luego lo haces, aún te queda entonces un tercer placer, que es el placer de contar que lo has hecho.

Y decir, como aquel del Equipo A: me encanta que los planes salgan bien.

Por eso, las empresas, como las personas, tienen que contar lo quieren hacer, y cómo quieren hacerlo.

Y a esto se le puede llamar visión, se le puede llamar misión, se le puede llamar plan estratégico o se le puede llamar como nos salga de la punta de la pluma.

El nombre es lo de menos, lo importante es compartir lo que queremos hacer, y si es posible contándolo de una manera inspiradora, diferente, poco protocolizada y menos transferible.

Nuestra visión, nuestro discurso, o como lo llamemos, tiene que ser principalmente eso: nuestro.

>Si vale para el vecino de enfrente igual que para ti, entonces es que es una birria.

Así que mejor tirar de las tripas que del manual de una escuela de negocio.

Más serio o más gamberro, más provocativo o más comedido, más prudente o más arriesgado. Pero hazlo y que sea tuyo.

Tu palabra y tu declaración de intenciones. Nada más y nada menos.

En la próxima entrada del blog, la mía. Lo que me propongo hacer. Lo que yo quiero.