La comunicación es como el amor

La comunicación no está en las notas de prensa, ni en los manuales de estilo comercial, ni en el diseño, ni en las marcas, ni en las redes sociales, ni en los portales del empleado, la comunicación no está en ninguna de esas cosas y está en todas ellas, la comunicación está en la coherencia, y está en el modo de llevar las finanzas, y los asuntos jurídicos, y los recursos humanos, y las relaciones con los clientes, y el acceso a las administraciones, y hasta en la corbata del director general, claro que sí, la comunicación está en los detalles, por supuesto, pero sobre todo está en el fondo, en cómo quieres contar tu empresa y en cómo quieres que tu empresa sea.

La comunicación no se puede hacer a medias, como no se puede amar a medias, sin fajarse y sudar, y si lo haces allá tú. La comunicación no es de centro, no es descafeinado con leche, no es tinto con casera ni queso de mezcla, la comunicación es una opción, pero es una opción radical, que exige compromiso y paciencia, pero que te devuelve con creces lo que entregas, aunque es verdad que entregas mucho y a veces te gustaría mandarla a tomar viento. La comunicación es café solo, y es un tinto que la primera vez que lo tomas ya no lo olvidas nunca, y es un parmesano, y un chocolate negro con un punto de sal. La comunicación se hace de verdad o no se hace, la comunicación tiene que dejar huella, y si no la deja, solo mancha, y es una mierda.

Por eso, hacer comunicación es una forma de hacer empresa, y si haces comunicación, no por hacerla, sino porque crees de verdad en ella, no puedes pasar el carrito del desayuno por las mañanas para que los trabajadores continúen en su puesto de trabajo sin levantar la vista del ordenador, ni puedes instaurar en la oficina medidas de régimen carcelario, ni puedes tratar a tus clientes como si fueran ganado, ni saltarte premeditadamente la ley, ni machacar a tus proveedores, ni informar sin responder, ni responder sin estar dispuesto a escuchar de verdad, y a dejarte influir, incluso a dejarte cambiar por quienes forman parte de tu entorno. Si practicas la comunicación no puedes tomar decisiones sin antes plantearte cómo afectarán a la marca y a la reputación de tu empresa, además de a su rentabilidad y volumen de negocio.

Cuando es de verdad, la comunicación lo abarca todo, y lo transforma todo si es preciso. La comunicación previene fuegos, más que los apaga, porque los fuegos dejan hectáreas calcinadas, y las crisis de reputación, marcas arrasadas, y la mayoría de las veces esos fuegos (de los bosques y de las marcas) se producen porque se fue imprudente, porque nunca se pensó en las consecuencias, porque nuestro ecosistema nos importó un carajo cuando hicimos lo que hicimos, y nadie pensó más allá, nadie pensó en el medio ambiente, nadie pensó en la reputación, ni en los medios, ni en los consumidores, ni en los grupos de interés, y, si alguien lo hizo, lo pensó, lo previó incluso y se la trajo floja, no merece estar en esa empresa, ni en ninguna.

>La comunicación no puede estar confinada en una habitación, ni en un departamento, la comunicación en una organización tiene que estar en todas partes, y sobre todo en el aire,pero no es humo, porque el humo a veces es tóxico, y ensucia el ambiente, y enturbia los ojos, y contamina los pulmones, y mata, y cuando es inocuo, entonces es que es una tontería, que viene de tonto, es solo efectista, y no tiene efecto, y la comunicación es lo contrario, su efecto y su presencia es tan imponente que se aprecia sin verla, se percibe sin tocarla, aunque muchas veces se ve, y se toca, y se huele, y se oye, y hasta se cata, porque la comunicación está en la razón, pero también está en los sentidos, y en las emociones, y es por eso que llegas a un sitio, y sabes de inmediato si ahí se cree en la comunicación, entras en su hogar digital, y lo detectas de un vistazo, no es que haya un sello de calidad en ningún sitio, ni ninguna soplapollez parecida, pero está ahí, es muy evidente, y se nota, y no hay más que hablar, esta gente hace comunicación.

La comunicación no tiene precio, no es cara ni barata, el precio lo pones tú, y tú decides cuánto, cuándo y cómo quieres alimentarla, porque a la comunicación, hay que cuidarla, y dedicarse a ella, la comunicación no es un calentón de un momento, ni un si te he visto no me acuerdo, la comunicación es un proceso, una continuidad, una línea en el tiempo, la comunicación no es un revolcón, sino que está llena de revolcones, y hay que buscarle los motivos para poder mordernos, y quitarnos la ropa a dentelladas, y quedarnos desnudos, temblando, mirándonos a los ojos. A la comunicación hay que echarle horas, y sobre todo ponerle actitud, e intención, hay que estar dispuesto a comunicar, como se está dispuesto a amar, preparado para ganar y a veces también para perder.

La comunicación es eso, victoria y derrota, a veces exalta y a veces desespera, pero nunca deja indiferente. La comunicación es pasión, y es lo que marca la diferencia, es la manzana de Apple, y el just do it de Nike, y la puerta pequeña de Imaginarium, y el discurso de Obama en New Hampshire, yes, we can, y este video de True Move H que no fue pensado para ser viral, pero fue viral, y nos hizo llorar a todos. La comunicación es el artículo que mi amigo Pacote (Pérez Valencia) le dedicó al viejo Pérez en Abc, y que no era sobre La Universidad Emocional, pero toda la Universidad Emocional se resumía en él. Es la carta que Luis Rey Romero recibió de su padre sobre los fines de su Colegio, el de San Francisco de Paula, y es la forma en la que Paco Ortiz cuenta la historia de su vida, y la de Xtraice, y cómo luego va su hijo, Adrián, y la mejora, y crea una nueva historia, y una nueva empresa.

La comunicación tiene método, pero no cabe en el método, porque es un poco salvaje, y cuanto más fresca y salvaje, mejor funciona. La comunicación es una ciencia, pero una ciencia con mucho arte, y a veces con mucha guasa, que nos hace querer ser modernos en Berlín,  nos lleva de compras a Londres, y a pasar frío al puente de Brooklyn a las siete de la mañana de un mes de diciembre para ver un amanecer que has leído en un libro de Muñoz Molina. La comunicación perfecta es Nueva York, y Manhattan, que no es una isla, ni son rascacielos, ni es la Quinta Avenida, ni el Flatiron, ni el Chrysler, ni el Empire, ni el parque elevado de Chelsea, ni un desayuno a deshora (o sea, un brunch) en el Soho. Nueva York es una marca, son miles de películas y libros, cientos de miles de reportajes, revistas y portales de turismo y life style consagrados a ella, una historia que nos han contado y que nos hemos creído, y que además es verdad.

La comunicación, como el amor, no da de comer, y a veces no te deja comer, pero quienes comunican (y aman) nunca caminan solos.

La comunicación, más que una banda sonora, es un himno, y un estadio coreándolo.


Están ustedes invitados... el placer es mío

Aquí escribiré de placeres. Del placer incomparable de enfrentarse a la pantalla blanca del ordenador, y encontrar palabras para las ideas, e ideas para los propósitos. De buscar otras maneras de contar, o las mismas de siempre, y que emocionen, o convenzan, o rasguen, o ilusionen, o solo informen, y que sobre todo toquen a la puerta de la gente, y logren que alguien les abra. El placer de dedicarse a lo más esencial e indisociable de la naturaleza humana, que es comunicarse, escuchar y ser escuchado, que es tanto como querer y ser querido. El placer de trabajar para admirar y que te admiren, buscando el reconocimiento en cada tarea, como si te fuera el humor (y hasta el amor) en ello. El placer de que el trabajo sea algo tan personal y pasional, que cada día te exaspere y te conforte, te deprima y te levante, te genere euforia y consternación. Una profesión amable y áspera como la vida misma, cuajada de decepciones (exageradas), júbilos (insensatos), inseguridades (excesivas) y (algunas, pocas) certidumbres, sometida a igual enjuiciamiento por los que tienen criterio y por los que, sin tenerlo, opinan, valoran y deciden de igual modo. El placer casi sadomasoquista de ejercer un oficio sobre el que todo el mundo sabe, y opina, y tiene algo que decir. 

Escribiré por tanto del placer de trabajar en la comunicación, ayudando a contar y compartir la visión que tienen de las organizaciones sus líderes, y los que no lo son, y del placer de llevar dieciocho años haciéndolo, sintiendo que cada día es diferente, y que cada vez tengo más dudas y menos certezas, y que sólo sé que no sé nada, nada que no pueda ser puesto en tela de juicio, sometido a revisión o incluso a franca rectificación. Escribiré del placer de sentirme lo suficientemente baqueteado como para no tener que ocultar mis dudas, e incluso para exhibirlas delante de mis clientes, en ambiente de mutua confianza y -ese es el desiderátum- de mutuo reconocimiento. El placer de llevar más de quince años trabajando para algunos directivos que han cambiado hasta de empresa, pero no de agencia, y que siguen contigo, y tratándote como a un amigo. El placer incomparable de vender y que te compren. Y que te compren más cuanto más te conocen.

Escribiré, por tanto, de trabajar, y de trabajar/vivir, pero también de vivir a secas, de los minúsculos y efímeros placeres que son los más duraderos e intensos, como el placer de merendar cuando nadie ya merienda, en un atardecer parsimonioso de otros tiempos. O el placer inmenso de disfrutar de una conversación fabulosa acompañada de un buen vino (o de un vino fabuloso acompañado de una buena conversación). El placer de llegar a casa cada noche y que te abracen tus dos hijos como si volvieras de un viaje muy largo. De tardes de domingo dedicadas en exclusiva a la literatura, a la música, o a no hacer nada. De hoteles que merecen un viaje y de restaurantes que se merecen la noche de un sábado. De novelas y películas inolvidables, y de novelas y películas que olvidaremos con facilidad, pero que nos han hecho un poco más felices (de lo que ya lo somos).

De todo eso va este blog.

Están ustedes invitados… El placer es mío.