Los “biendolientes” catalanes

Artículo publicado el domingo 17 de diciembre de 2017 en ABC de Sevilla

En un deslumbrante ensayo titulado “La tentación de la inocencia”, el filósofo Pascal Bruckner describió con afilada lucidez las dos patologías más graves de la sociedad actual: el infantilismo y la victimización. El infantilismo, entendido como la pretensión de los adultos de disfrutar de todos los beneficios de los menores, sin obligaciones ni deberes, autorizados para desearlo todo y para además tenerlo todo al momento. La victimización, como el resultado irreversible de esa cultura del deseo como derecho, estimulada por el consumismo y una forma de vida orientada a la diversión continuada. El adulto-niño quiere (exige) ser feliz en el acto, y, si no logra, se cree en el “derecho a una compensación por su sueño mutilado”.

Pero la aportación más brillante de Bruckner es, a mi juicio, descubrir la rentabilidad de esa queja. “Si los falsos crucificados proliferan en nuestros días se debe también a que pueden rentabilizar sus sinsabores”, escribe con perspicacia, para añadir a continuación que la victimización es la forma de sacar partido al hastío en que se haya instalado el hombre-niño, una “nueva manera de vivir” de la que puede obtener suculentos réditos, sólo entendible en una sociedad que combina una avidez sin límites con una falta de compromiso absoluta, que espera recibirlo todo sin renunciar a nada, donde los “bienpesantes” han sido sustituidos por los “biendolientes”.

En ese “reino del lloriqueo obligatorio”, la victimización no sólo ha adquirido prestigio social, sino que ha acabado convirtiéndose en “la versión fraudulenta del privilegio”, el subterfugio a través del cual las víctimas más hábiles sugieren que la ley tiene que aplicarse a todos salvo a ellos y esbozan “una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna”. “Para que una causa llegue a la Opinión Pública hay que aparecer como una víctima de la tiranía, hay que imponer una visión miserable de uno mismo, la única capaz de concitar las simpatías: en este sentido, ninguna fórmula resulta excesiva, la ascensión verbal a los extremos está aconsejada, la menor tribulación debe ser elevada a la altura de ultraje supremo”, explica el autor francés.

En ese “reino del lloriqueo obligatorio”, la victimización no sólo ha adquirido prestigio social, sino que ha acabado convirtiéndose en el subterfugio a través del cual las supuestas víctimas sugieren que la ley tiene que aplicarse a todos salvo a ellos y esbozan “una sociedad de castas al revés donde el hecho de haber padecido un daño reemplaza las ventajas de la cuna”.

Y así es como ocurre esa terrible paradoja de que ciudadanos de países democráticos, con un reconocimiento de su libertad y sus derechos sin parangón en la historia de la Humanidad, se convencen de ser presos de Estados tiránicos, equiparables a aquellos donde efectivamente la libertad se impide y los derechos se prohíben, donde se practican los asesinatos y las torturas, donde no se respeta el habeas corpus, donde no se consienten las elecciones libres, donde la justicia no la imparten jueces independientes, donde toda la información de los medios es falaz, donde la libertad de expresión, opinión y manifestación está perseguida y reprimida, donde la mayoría de la población pasa hambre y penalidades por no tener sus condiciones de vida mínimamente satisfechas.

Para estos “biendolientes” profesionales, “que adoptan la pose del resistente sin correr ningún riesgo”, sus propios incumplimientos no tienen importancia, porque ellos no tienen más obligación que satisfacer su propia voluntad, ser “fieles a sí mismos” hasta el final. En cambio, si sus pretensiones no son satisfechas por “el Estado providente”, proveedor de derechos y bienestar, entonces éste adquiere automáticamente la categoría de fascista u otra aún peor, pues, como explica Bruckner, para alcanzar imaginariamente “el estatuto del oprimido”, el victimista se autoriza todos los excesos léxicos y es capaz de elevar su conflicto “al nivel de una reedición de la lucha contra el nazismo”.

Escribe el filósofo francés: “¡Fascismo! Ya está, la palabra que no podía faltar. ¿Qué es el fascismo en la época del laxismo infantil? ¿Una forma de régimen totalitario basada en el reclutamiento y en el culto de la pureza racial? Se equivoca usted de medio a medio: el fascismo es todo lo que frena o contraría las preferencias de los individuos, todo lo que restringe sus caprichos”. Y así el “victimista” profesional transmuta la verdadera naturaleza del fascismo (o del franquismo) para inferirle esa cualidad al Estado democrático y de Derecho que no le concede autorización para hacer lo que quiere, que no le deja vía libre para “realizarse” y realizar su indignada voluntad. Tal magnitud alcanza la extorsión de los “biendolientes”, que el gran riesgo de nuestras democracias es precisamente la cesión ante ese chantaje, la cual despojaría al derecho de su condición de instrumento de protección de los débiles, para convertirlo en medio de promoción de una nueva casta de defensores de las causas más inverosímiles.

Tal magnitud alcanza la extorsión de los “biendolientes”, que el gran riesgo de nuestras democracias es precisamente la cesión ante ese chantaje, la cual despojaría al derecho de su condición de instrumento de protección de los débiles, para convertirlo en medio de promoción de una nueva casta de defensores de las causas más inverosímiles

Resulta difícil no relacionar estas ideas con la impostura victimista de los políticos independentistas catalanes (y sus amigos de Podemos), “maestros en el arte de colocar sobre sus rostros la máscara de la humillación” y portadores de un individualismo pueril incapaz de “renunciar a la renuncia”. Frente a estos dos virus contagiosos del infantilismo y la victimización que se propagan como una pandemia por las sociedades democráticas, tan evidenciados en los “biendolencia” catalana como en la verborrea delirante y desmedida de Pablos Iglesias y los suyos, que ven franquistas por todas partes, sólo cabe responder con la actitud contraria, responsable y adulta, de defensa y promoción de la legalidad, no como  “máquina de multiplicar los derechos de unos pocos sin fin y sin contrapartida”, sino como mecanismo de preservación de la libertad y la igualdad de derechos de todos.


La gran marea digital

Artículo publicado en ABC de Sevilla el domingo 3 de diciembre de 2017

La reciente aprobación por unanimidad en el Pleno del Ayuntamiento de Sevilla de la implantación de un servicio de wifi gratuito en toda la flota de autobuses públicos revela el grado de adoctrinamiento digital que sufre la sociedad actual. Nadie ha cuestionado (ni en el Consistorio ni en la calle) la prioridad y utilidad de la medida, que probablemente no tendrá otra consecuencia que la de acabar con los dos o tres pasajeros que todavía aprovechan los trayectos en transporte público para abrir un libro. A tanto llega la aceptación sumisa e incondicional del discurso de progreso asociado a la digitalización, que todo aquel que se atreva a cuestionarlo, aunque sea parcialmente, corre el riesgo de pasar por reaccionario. Arropada por un relato emocional construido con conmovedoras imágenes de abuelos que gracias a la tecnología pueden hablar con nietos que viven en el otro punto del planeta, la digitalización ha adquirido los rasgos de un dios civil que viene a traernos un mundo mejor.

El progreso digital se presenta hoy como una realidad inexorable e inobjetable, avalado por todo un “storytelling” global que no sólo ha logrado legitimar la invasión totalizadora de la tecnología en nuestras vidas, sino que ha sido capaz de transformar nuestras convicciones hasta un punto del que no somos conscientes, haciendo que pasemos por grandes “avances” y “conquistas” lo que probablemente sean retrocesos sociales. Así, lo que ninguna patronal ha conseguido, lo que ni el capitalismo más salvaje se ha atrevido a sugerir en los últimas décadas, la disolución de las fronteras entre el espacio y el tiempo de ocio y de trabajo, lo ha logrado de forma asombrosa la nueva narrativa publicitaria de las grandes marcas tecnológicas, presentando como un deslumbrante progreso la “ventaja” de poder trabajar desde casa a cualquier hora del día y de la noche o la no menor “fortuna” de poder llevar la oficina a cuestas en el móvil. Un adelanto (bautizado como “conciliación”) casi tan entrañable y humano como la posibilidad de ver a través de una pantalla al nieto que no se puede abrazar, exiliado por el nomadismo profesional de los padres.

El progreso digital se presenta hoy como una realidad inexorable e inobjetable, avalado por todo un “storytelling” global que ha sido capaz de transformar nuestras convicciones hasta un punto del que no somos conscientes

Pero la invasión de la digitalización de nuestro espacio privado se produce no solo para el trabajo, sino también para el ocio. La industria de los videojuegos crece año tras año, y lo hace apoyada en un consumo creciente de los jóvenes, cada vez más niños, pero también de los propios adultos, cada vez más niños igualmente. La (in)cultura de la “gamificación” se propaga exponencialmente, rodeada de un aura de prestigio que la justifica y legitima socialmente. Todo lo que es aburrido, tedioso, exigente, pausado, merece ser desterrado, y la distracción, antaño perseguida por impedir la reflexión, la memoria, la ciencia, las artes y la cultura, se proyecta como la nueva forma de inteligencia.

Tal es el prestigio de este nuevo ecosistema digital orientado a la distracción y la interrupción continuas que no sólo le hemos entregado el tiempo libre de nuestros hijos: también le hemos abierto las puertas de la escuela. Sin evidencia empírica alguna que respalde la digitalización de la enseñanza, con el huero ropaje intelectual de argumentos como “todo está en Internet”, “las habilidades serán en el futuro más importantes que el conocimiento”, o “los trabajos que harán nuestros hijos aún no han sido inventados”, estamos bendiciendo la flagrante precarización intelectual de las nuevas generaciones, cada vez más incapacitadas para la lectura y para cualquier clase de actividad que exija más de cinco minutos de concentración.

Hace poco adquirió “viralidad” la foto de un político al que se le había caído el móvil en una paella, después de hacerse un “selfie” que con toda seguridad pensaba propagar a través de las redes sociales. A los internautas les pareció una imagen muy divertida. Pero no lo era. Más bien, era casi una imagen apocalíptica: la metáfora de una sociedad enferma, que muestra ya los síntomas del virus digital que la ha infectado. Un virus que, como mínimo, está perjudicando el debate público y mermándonos en nuestra condición de ciudadanos. Si la política está degenerando en un ejercicio de exhibicionismo público, vulgar y sin contenido, es porque responde a una sociedad cada vez más frívola, superficial, infantil e inculta, que dice que no lee porque no tiene tiempo, pero que en realidad pierde el tiempo a mansalva, entretenida por la digitalización hasta caer exhausta, ahora en Sevilla también en el transporte público.

La (in)cultura de la “gamificación” se propaga exponencialmente, rodeada de un aura de prestigio. Todo lo que es aburrido merece ser desterrado, y la distracción, antaño perseguida por impedir la reflexión, se proyecta como la nueva forma de inteligencia.

Tan atentos como estamos a expulsar de la escuela y de la vida pública cualquier creencia que vaya más allá de la razón, sobre todo si tiene que ver con la fe católica, parece mentira que nadie se esté cuestionando el adoctrinamiento que estamos recibiendo constantemente para entregarnos a esta nueva fe digital.  La tecnología no es neutra ni es inocua. No es el empleo que se hace de ella. La tecnología presupone  un uso: lleva el propósito en sus entrañas. La digitalización nos proporciona ventajas indudables, qué duda cabe, pero deberíamos cuestionarnos su carácter de mesías redentor para todos  nuestros problemas. La inundación por la gran marea tecnológica de nuestros espacios privados, y de los espacios públicos de educación y de convivencia, merecería una reflexión pausada. Esa que precisamente cada vez realizamos menos, al estar todo el día pendientes del mail, del whatsapp, de twitter, de facebook, y de atender todas las llamadas que recibimos por el móvil.


No lo hagas

A ti, que eres periodista y has llegado a ser dircom de una gran multinacional, que  manejas importantes presupuestos de comunicación,  que tienes la gran responsabilidad de gestionar la reputación de una de las empresas del Ibex 35, y que lo eres porque con toda probabilidad has hecho méritos para ello, porque has tenido una destacada carrera en comunicación corporativa y en medios económicos, o únicamente en comunicación corporativa, pero has pasado por muchos puestos, y has tenido que bregar en las trincheras, y has llegado adonde estás después de subir peldaño a peldaño en tus atribuciones, a ti, que seguramente ya no escribirás tanto porque escribirán para ti, pero que tienes el paladar suficiente para apreciar una buena información, para distinguir un texto de valor y una mierda de texto, a ti, apreciado colega, quiero pedirte una cosa: por favor, no lo hagas.

No compres espacios informativos en los medios, no negocies comercialmente para que los periódicos reproduzcan íntegramente como información propia textos elaborados por tus departamentos, no exijas (no consientas siquiera) que retiren el cintillo de publirreportaje de los textos que respondan estrictamente a esa etiqueta, no asocies tu marca a apestosas noticias sin ninguna credibilidad periodística, no llegues a acuerdos económicos denigrantes que te garanticen una presencia informativa al peso, no abuses de la debilidad económica de los medios ni obligues a los profesionales que trabajan en ellos a taparse la nariz cuando contemplan su producto, no derribes en suma las fronteras que separan la información de la publicidad, que deben separarla, no denigres el periodismo y sobre todo no denigres las relaciones públicas, un oficio al menos centenario que desde su fundación a principios del siglo XX ha vivido consagrado al objetivo de ganar espacios en los medios, no al de comprarlos.

No asocies tu marca a apestosas noticias sin ninguna credibilidad periodística, ni llegues a acuerdos económicos denigrantes que te garanticen una presencia informativa al peso

Recuerda la célebre Declaración de Principios de Ivy Lee, nuestra intención es ofrecer noticias, esto no es una agencia de publicidad, si piensa que algunos de nuestros asuntos encajan en su departamento comercial, no los utilice, ¿lo has olvidado?, pues sí, es lo que decía aquel texto fundacional de nuestra disciplina, en realidad es lo que decíamos todos cuando empezamos en esto, seguro que te acuerdas de tus peleas con los departamentos comerciales, esto no es noticia, si quieres que aparezca paga un anuncio, no podemos mandar publicidad como información, nuestra obsesión por remarcar los límites, porque en ello iba nuestro propio prestigio profesional, ante los ojos de los periodistas y ante nuestros propios ojos, y alguna vez transigimos, claro que sí, pero muy cabreados, y no sin montar antes un alboroto de mil pares de narices, no sin advertir esto no va a salir en ningún lado, no sin mandar muy a regañadientes el fax, y boicoteándolo en la práctica,  al no llamar para pelear por  su publicación, por mucho interés que tuviera el presidente o el director general, porque eso era quemarse para nada, y nosotros éramos periodistas, colegas hablando con colegas, se nos hubiera caído la cara de vergüenza pidiendo la publicación de una noticia que no lo era, y así fue precisamente como fuimos acrecentando el prestigio de lo que hacíamos, defendiendo nuestro territorio, y haciéndoselo comprender a quienes no lo comprendían, dándole a la información todo el valor que la información tiene cuando es libre, cuando está mediada por un tercero, cuando ocupa un espacio que ha sido conquistado por la persuasión, no pagado con el dinero.

Respetando la información, y respetando nuestro trabajo y haciéndolo respetar, fue como el viejo gabinete de prensa se hizo departamento de comunicación y como las viejas relaciones públicas subieron en el organigrama ganando territorios de gobierno sobre las disciplinas aledañas. Si hoy tenemos direcciones de Comunicación y estas engloban no solo las tradicionales Relaciones con los Medios, sino la Comunicación Interna, y la Comunicación Comercial, y la Comunicación 2.0., y las Relaciones Institucionales, y la gestión de los Asuntos Públicos y a veces hasta el Marketing y otras políticas corporativas como la Responsabilidad Social, si hoy sucede todo eso, es gracias al prestigio que supimos darle a nuestra actividad, gracias al modo en que defendimos el valor de lo que hacíamos, gracias a que pusimos límites, a que no nos degradamos, ni dejamos que nadie nos degradara, gracias a que dejamos muy claro a todo el mundo que no hay nada que tenga más credibilidad y aporta más prestigio a una marca que la información o la opinión independiente de un tercero, gracias a que promovimos la convicción de que las empresas deben hacerse más transparentes y dar explicaciones, de que no todo puede comprarse con dinero y de que las relaciones con los públicos deben basarse en el respeto y el interés mutuo.

Respetando la información, y respetando nuestro trabajo y haciéndolo respetar, fue como el viejo gabinete de prensa se hizo departamento de comunicación y como las viejas relaciones públicas subieron en el organigrama ganando territorios de gobierno sobre las disciplinas aledañas

De hecho, si hoy tú eres dircom de una gran empresa que maneja grandes presupuestos para su Comunicación es porque los directores generales y presidentes te compraron ese discurso, porque nos lo compraron a todos los que hacíamos y/o hacemos Relaciones Públicas, porque creyeron que efectivamente lo que aporta mayor valor a las marcas es lo que otros dicen de ellas, porque se dieron cuenta de que la información suscrita por un periodista independiente, con sus asperezas, con sus imperfecciones también, genera no sólo mucha mayor notoriedad sino mayor prestigio que el anuncio que responde exactamente a lo que queremos decir. Si hoy tú eres dircom es porque defendiste que la publicity (la presencia informativa en medios) tiene más valor que la publicidad, precisamente porque puede salir bien o mal, porque es arriesgada, porque depende del juicio final de un periodista que puede ponerte a caer de un burro. Si hoy tú eres dircom es porque asumiste y asumimos un lenguaje informativo con unos códigos completamente diferentes al publicitario, y con el mismo respeto a la verdad y los hechos que un texto periodístico. Si hoy tú eres dircom es porque promoviste la idea de que las notas de prensa debían ser informaciones veraces e interesantes y que, aún siéndolas, los medios tenían la libertad de ignorarlas si así lo decidían.

Por todo eso, te pido que no lo hagas, y, si lo estás haciendo, te pido que dejes de hacerlo, te pido que inviertas en los medios, pero en anuncios presentados como tales, sin intoxicar sus páginas informativas con descarada publicidad encubierta, te pido que respetes a los medios y respetes las relaciones públicas, que te respetes a ti mismo y a tu profesión. Sobre todo si eres periodista, te pido otra vez que no lo hagas, porque, si lo haces, te estás cargando el periodismo, te estás cargando la credibilidad de las informaciones, te estás cargando el principio fundacional de las relaciones públicas y lo estás haciendo además sin que te sirva para nada, porque esa página pagada de información canta a leguas que es publicidad, y no se la cree nadie, y solo sirve para ensuciar tu marca y la del periódico que la ha publicado, y porque además cuando te llegue un tsunami informativo por el escándalo de esos directivos tuyos que se creían blindados y a salvo de cualquier denuncia mediática, toda esa compra de espacios no te servirá para nada, ni a ti ni a ellos, sólo para tener un ejército de periodistas cabreados deseando tomarse la revancha.

Si hoy tú eres dircom es porque asumiste y asumimos un lenguaje informativo con unos códigos completamente diferentes al publicitario, y con el mismo respeto a la verdad y los hechos que un texto periodístico.

No lo hagas. Compra publicidad y lucha por la información. Tu oficio es la persuasión de los terceros. Ganarse a los públicos, no comprarlos. La imposición de la información (a través del dinero) no es persuasión. Se parece más bien a la extorsión.

No lo hagas. No inviertas en sufrimiento.


El público lector

Artículo publicado como Tribuna Libre en ABC el domingo 19 de noviembre de 2017.

A partir de los doce años, creo que todos los niños deberían dedicar en la escuela al menos media hora diaria para la lectura de prensa, y los profesores otra media para constatar que han comprendido lo que han leído. Hablo de periodismo escrito, en formato digital o en papel, pero escrito, con contenidos jerarquizados por los medios y preferentemente distribuidos por secciones temáticas. Me parece que la sociedad actual no es consciente del riesgo de disolución de ese público lector, sin el cual no habrían avanzado ni las ciencias, ni la cultura y las artes, ni desde luego la democracia como sistema político y modelo de convivencia.

En “Homo videns”, Sartori incidió de modo brillante en la necesidad de distinguir entre educación y educación política. Lo que proporciona calidad democrática a una sociedad es la educación política, es decir, el interés de los ciudadanos por la cosa pública.

Aun dando por bueno que estamos ante la generación mejor preparada de la historia, cosa discutible, de lo que parece que caben pocas dudas es del creciente desinterés de la sociedad por la actualidad política. En España, ya los de mi generación teníamos bastante menos cultura política que la generación que vivió la Transición, y me temo que el salto es aún más abrupto con los jóvenes actuales. Estos dicen informarse por las redes sociales, pero la dinámica de acceso a la información que promueven las redes no es jerarquizada. Es decir, los jóvenes prescinden del criterio de autoridad periodística que está detrás de la confección de una portada o una home para guiarse por su propio criterio, lo que en muchos casos les lleva a consultar noticias muy llamativas pero muy poco relevantes para la cosa pública.

"Lo que proporciona calidad democrática a una sociedad es la educación política, es decir, el interés de los ciudadanos por la cosa pública".

Hay un público joven que se orienta a la política pero a través de la emoción no de la razón. En los orígenes de la democracia, el activismo político estaba directamente relacionado con el raciocinio público y la lectura política. De hecho, el sufragio se fue ampliando conforme se fue ampliando la base del público lector. El público lector era al mismo tiempo el público políticamente activo, el que participaba en el debate político de los salones, los clubes y los cafés, donde se instaura el concepto de autoridad debatida, el convencimiento de que las mejores soluciones para el interés general emergen de una discusión entre iguales sometida únicamente a argumentos racionales, de una confrontación intelectual en el que las opiniones mejor informadas vencen a las peor informadas con independencia del estatus social de las personas de las que procedan.

El periodismo escrito era, por tanto, no sólo ese perro guardián de la Opinión Pública, vigilante a los abusos del poder. El periodismo escrito era mucho más que eso: era el gran agitador del raciocinio público, el dinamizador del debate político y cívico, en el que solo cabían las opiniones informadas, las del público lector con derecho a participar del sufragio. Para los defensores del sufragio universal, la extensión de la democracia debía significar al mismo tiempo la extensión de la educación y de la educación política, la extensión de las capacidades del público para formarse opiniones sobre los asuntos públicos.

"El periodismo escrito era mucho más que el perro guardián de los abusos del poder: era el gran agitador del raciocinio público, el dinamizador del debate político y cívico, en el que solo cabían las opiniones informadas, las del público lector con derecho a participar del sufragio".

Cuando en la actualidad se propone, como fórmula para reforzar la democracia, la ampliación de la participación de los electores en las decisiones políticas a través de fórmulas directas como los referendos o los sondeos, se ignora el riesgo de que esa participación se base en opiniones completamente desinformadas. Sartori dice que cualquier ampliación en democracia del “dermopoder” debe ir acompañada de una ampliación del “dermosaber”, y no se equivoca. Pues de lo contrario el gobierno de la opiniones informadas puede degenerar en el (des)gobierno de las opiniones aleatorias o, peor aún, en el gobierno totalitario de las opiniones manipuladas.

La democracia no la mejorarán las fórmulas de participación directa basada en la desinformación. Para reforzar la calidad de nuestra democracia, nada más efectivo que mejorar la educación política de los ciudadanos, que llevar a las escuelas el estudio de la filosofía política y el derecho constitucional, y que fomentar el hábito de la lectura, y particularmente el de la lectura de la información y opinión escrita, (re)convirtiendo a los individuos nuevamente en ciudadanos informados y políticamente activos.

Más democracia no son más elecciones, ni más sondeos. No es más gente en la calle enarbolando pancartas y eslóganes hueros. No son más momentos emocionantes. Más democracia es más público lector. Sencilla y racionalmente.

 


Storylying

El anuncio de Vodafone que tiene junto a estas líneas es un elocuente ejemplo de los enormes riesgos de intoxicación y manipulación social asociados al storytelling, ya brillantemente denunciados por el escritor Christian Salmón en un ensayo imprescindible sobre la nueva “máquina de fabricar historias y formatear las mentes”. El problema del storytelling no es solo que asocia marcas a valores de amplia aceptación social (aunque no tengan nada que ver con ellos). El problema del storytelling es que tiende a la ficción, y a encajar noticias dentro un relato de pre-establecido completamente indiferente a la verdad y a los acontecimientos. El problema del storytelling es que frecuentemente miente, y que respalda y refuerza ideas globales falaces y manipuladoras. El problema del storytelling es que muchas veces es storylying.

En el deleznable storytelling del anuncio de Vodafone con el eslogan "otro día en la oficina", la mentira es la conciliación. En este caso, una mentira muy burda y grotesca (el relato conoce habitualmente fórmulas bastante más refinadas), porque a nadie en su sano juicio puede ocurrírsele que es posible ocuparse de un bebé de la forma que muestra este anuncio. Y menos, que esto sea el ideal de un nuevo estilo de vida favorecido por la tecnología. Pero más allá del (des)acierto de la creatividad, lo que realmente resulta abominable es que esta sórdida comunicación de marca de Vodafone ampara, promueve y populariza una ideología esclavista, que proclama la felicidad de trabajar a cualquier hora y en cualquier contexto, justificando la plena invasión del trabajo en la vida privada.

La nueva felicidad digital que pregona Vodafone es la de tener en brazos a tu bebé mientras trabajas.  El futuro apasionante que proclama con este anuncio es el de la plena disponibilidad, 24/7, la invasión digital del trabajo en la vida privada. En el mundo feliz inventado por este anuncio pueden llamarte a cualquier hora del día para trabajar, y tú eres un profesional agradecido al dios digital por la posibilidad de poder conectarte a cualquier hora del día y de la noche, por la insospechada suerte de poder llevarte la oficina a casa, incluso cuando tienes a tú bebe en brazos. Para mayor manipulación, Vodafone coloca a un hombre en la foto, lo que hace su publicidad aún más zafia y despreciable, pues con ello trata de conferir a su ideología de plena disposición profesional la doctrina legitimadora de la igualdad de género. Como si para la inmensa mayoría de mujeres la conciliación laboral consistiera en dejar a un bebé recién nacido en brazos de un padre que trabaja al mismo tiempo que lo cuida. Como si la mayoritaria elección de las madres recién paridas fuese irse a la oficina corriendo a trabajar. No hay otra lectura posible: en el futuro apasionante de Vodafone, la madre se va a trabajar y el padre se queda con el bebé y la oficina en casa.  Y todos felices y agradecidos a la tecnología.

El futuro es apasionante. Ready? Descúbrelo

En otro original de la misma serie, dos niñas de edad pre-escolar aparecen en la cama, se supone que bastante tarde  y no se sabe bien si a escondidas o con el consentimiento paterno, consultando una tablet. El eslogan en este caso es "científicas en prácticas", todo un argumento legitimador del más que discutible beneficio del uso de la tecnología a estas edades. Dudo que ningún psicopedagogo pueda dar la bendición al empleo de una tablet por dos niñas solas, de noche y sin supervisión paterna. Y ni pensar en lo que pueda decir un oftalmólogo sobre esta imagen. Como en el caso anterior, lo que hay detrás de esta descabellada creatividad es un verdadero adoctrinamiento sobre el progreso digital: ni los independentistas catalanes lo superan. También, como en el caso anterior, hay un guiño a lo políticamente correcto, en este caso, a la diversidad racial, que funciona como tapadera legitimadora, del mismo modo que la igualdad de género, para la invasión del espacio privado por parte de la tecnología: incluso del tiempo de ocio/descanso de dos niñas pequeñas.

https://www.youtube.com/watch?v=LpJTwLXZ_ps

Los supuestos consumidores “empoderados” por el storytelling para “cocrear” con las marcas no deberíamos permanecer impasibles ante este obsceno adoctrinamiento publicitario, que, insisto, no siempre es tan rudo  y mentecato. De hecho, habitualmente es mucho más sibilino y sutil. Incluso brillante. Y ese es el más peligroso. Como el vídeo que antecede a estas líneas, también de Vodafone, la pieza fundamental de esta campaña, y basado en una conferencia del cofundador de Apple y con el mismo reclamo sobre "el futuro apasionante”. Un brillante ejercicio de storytelling, con Absolute Begginers de fondo, que apela a nuestras emociones más profundas para intentar que "adoremos" la tecnología.

El storytelling al servicio de la comunicación corporativa. Y la comunicación corporativa al servicio de un storytelling global, que es definitivamente storylying. Manipulación emocional al viejo estilo de la propaganda científica.

Con su relato, Vodafone aspira a convertir la digitalización en la nueva religión global: una fe exigente y totalizadora que nos conmina a resetear, a desaprender todo lo aprendido, a renunciar a las ideas racionalmente procesadas, a todo aquello que conquistamos desde la Revolución Francesa, incluso la forma de educar a nuestros hijos basada en la lectura,incluso los derechos laborales,  convertidos en obsolescente y casposo equipaje para la nueva era del nomadismo, la disponibilidad absoluta y el hipertexto como modo de aprendizaje.El storytelling al servicio de la comunicación corporativa. Y la comunicación corporativa al servicio de un storytelling global, que es definitivamente storylying. Manipulación emocional al viejo estilo de la propaganda científica.

Si el “futuro apasionante” es el que proclama Vodafone, yo no quiero formar parte de ese futuro. Y si el futuro de la Comunicación Corporativa es el storylying, yo tampoco quiero formar parte de ese futuro. No, ni estoy ready ni quiero estarlo. Prefiero ser un comunicador anclado en las ideas racionales de la Ilustración: la tolerancia y el pluralismo ideológico; la publicidad como principio regulador de la vida pública y el periodismo vigilante de los poderes públicos... Las Relaciones Públicas proceden de todo eso, no del mentiroso mundo emocional del relato.


¿Ley o Relato?

Vengo diciendo que el futuro de España (y de Occidente) se va a dirimir en la disyuntiva entre Derecho o Relato.

Y Rajoy ya ha elegido: Derecho y Relato. O sea, los dos.

Escarmentado por el deterioro internacional de la imagen de España tras el referéndum del 1 de Octubre, el presidente del Gobierno está decidido a recuperar la normalidad constitucional en Cataluña, pero no a cualquier precio: quiere hacerlo sin perjudicar la reputación de España ante la comunidad internacional.

El registrador de la propiedad se ha dado cuenta que en la actual democracia, junto al imperio de la ley, rige el imperio de la opinión.

No es algo completamente nuevo (ya Locke advirtió que junto a la ley civil, los ciudadanos y los gobiernos debían amoldarse a una ley de la reputación que era más exigente y coercitiva que la propia ley civil), pero sí un fenómeno acentuado en los tiempos que vivimos.

En la era del Relato, la victoria del Derecho no es completa (y seguramente no es suficiente) si no va acompañada de la victoria de la Opinión Pública.

Todos los medios se han referido al apoyo de la Unión Europea al Gobierno de España. Pero que nadie se engañe. Ese apoyo está muy lejos de ser incondicional. Y, para comprenderlo, basta analizar el mensaje de ayer en en twitter del presidente del Consejo de la Unión Europea.

Tras la declaración de independencia del Parlamento Catalán, Donald Tusk escribió: “España sigue siendo el único interlocutor”... para luego añadir: Yo espero que el gobierno español use la fuerza de los argumentos, no el argumento de la fuerza.

Hay que haber caído de un guindo para no darse cuenta de la advertencia que esconde esa afirmación. La Unión Europea, como todos los gobiernos europeos, estará con la legalidad en España mientras les resulte tolerable desde el punto de vista de la narrativa.

Las cargas policiales del 1 de octubre, perfectamente legales (y más aún: absolutamente necesarias para la efectividad del Derecho) trasladaron una imagen que a los gobiernos europeos ya les costó asumir como parte de su relato colectivo.

Lo que le exige, por tanto, la UE al Gobierno español -y las palabras de Tusk son bien elocuentes- es una victoria completa: la victoria del derecho y la victoria del relato. Y que el marrón de Cataluña salpique lo menos posible a las instituciones comunitarias.

Apoyo, ma non troppo.

La prematura convocatoria de elecciones en Cataluña para el 21 de diciembre ha de entenderse necesariamente bajo esa óptica.

El presidente del Gobierno no realiza esta convocatoria con un cálculo electoral, ni porque tiene sondeos que le garanticen una composición parlamentaria esencialmente diferente a la que existe hoy.

El anuncio y la fecha precipitada de las elecciones obedecen al deseo de Rajoy de ganar la batalla de la Opinión Pública en este preciso momento. No piensa en mañana, sino en hoy, porque, además, de lo que pase hoy, depende lo que ocurra mañana.

Con su reacción a la declaración de independencia, el presidente del Gobierno demuestra que le preocupa tanto el relato como la protección de la Constitución.

Todo en su discurso estaba dirigido a ello: no sólo el anuncio de las elecciones. También el agradecimiento a PSOE y Ciudadanos y sobre todo el énfasis en que el objetivo no era suspender la autonomía sino devolverla a su territorio legal. Ha aprendido de los titulares de la prensa internacional después del 1-0, y quiere evitar a toda costa alimentar el discurso victimista del independentismo catalán.

De hecho, su gran desafío, en estos próximos días, será asegurar la efectividad de la aplicación de las medidas relacionadas con el 155 sin conceder argumentos (y sobre todo imágenes) al storytelling secesionista.

Pero no será nada fácil, porque lo que se encontrará, a buen seguro, a partir de ahora es un territorio sembrado de minas: un montón de trampas hábilmente colocadas por políticos formados en la posverdad, avezados en la construcción de hechos paralelos,  y capaces de aprovechar cualquier paso en falso para fortalecer su relato de pueblo oprimido, que solo aspira a la libertad y al amor fraterno, como ayer dijo Junqueras con despreciable desahogo.

El destituido Gobierno catalán no se va a salir un ápice de su guión. La respuesta de Puigdemont a Rajoy lo demuestra: "Tengamos paciencia y perseverancia. La mejor forma de seguir adelante es la oposición democrática al 155. Debemos hacerlo sin abandonar nunca una conducta cívica y pacífica".  El independentismo seguirá apelando a la misma convivencia democrática que pisotea y lo hará sin mostrar el menor rubor ni síntoma de incoherencia intelectual.

Estoy convencido de que en los próximos días veremos muchas voces alarmadas que acusarán a Rajoy de “blando” y de no estar defendiendo con la contundencia necesaria la Constitución e incluso la dignidad de España.

Pero lo último que quiere Rajoy es caer en la provocación porque sabe que sabe la Opinión Pública no está preparada para ciertas imágenes, ni aunque sean la consecuencia natural de la aplicación del Derecho. 

Y Rajoy es consciente de que no puede o no debe actuar solo y que arriesga el apoyo del PSOE si sobrepasa ciertos límites. Y sabe también que lo que le exige Europa es que gane, y lo haga con juego bonito.

Si tiene que elegir en última instancia, elegirá el Derecho. Pero no quiere elegir y hace bien.

Veremos si lo logra.


Novelería en Comunicación

Vivimos unos tiempos inflamados de novedismo (Sartori), tan proclives a todo lo neo y lo post, que no hay profesión que se precie que no viva una nueva etapa en la que ya nada será como antes. Es la era del cambio acelerado, en la que todo necesita ser inevitablemente reinventando, repensado, reformulado. Lo re nos cautiva, y más aún lo trans, de transformación y transmutación. Porque lo que fue no es, y lo que es ya no es suficiente, y hay que ir más allá: el beyondismo (Daniel Bell).

En realidad, en español ya tenemos una palabra que hace innecesarios el novedismo de Sartori y el beyondismo de Daniel Bell. Se trata de “novelería”, un vocablo particularmente hermoso, que solo tiene la desventaja con respecto a los dos anteriores de no ser un anglicismo. La RAE define “novelería” de dos formas: como afición e inclinación a novedades y como afición e inclinación a fábulas y fantasías. En realidad, para nuestro caso, ambas aficiones nos valen y yo dirían que hasta son complementarias. Por eso precisamente el término es tan apropiado para definir los nuevos tiempos que vivimos en Comunicación. Porque son tiempos de afición a la novedad y también a la fábula. Tiempos de doble novelería por el precio de una. Tiempos de ocurrencias, que no precisamente de innovación.

Como bien dice Javier San Román en el editorial del número de septiembre de Ctrl, la fiebre por la novedad ha sido una constante histórica en la publicidad, “no solo cuando hace campañas para las marcas (…) sino cuando habla de sí misma como recién salida de una nueva y mágica metamorfosis”. En cierto modo es lógico que así sea. Concentrada en el mercado, y por tanto aislada de la actualidad de los asuntos públicos, o al menos parcialmente aislada, la obsesión de la publicidad por anunciar la llegada de lo último y lo insólito resulta comprensible. E instalada en esa obsesión, tampoco extraña que su reflexión interna siempre haya derivado hacia las nueva eras y los cambios de paradigma, y hacia el uso desaforado de anglicismos que esconden las nuevas verdades reveladas.

Lo que resulta realmente insólito es que la disciplina de la Comunicación, o sea de las Relaciones Públicas, que lleva la noticia en sus propias entrañas, que es el reverso del Periodismo y por tanto lleva la actualidad y el interés general en la sangre, y que históricamente se ha definido en oposición a la Publicidad, y siempre renegó de sus recursos, que de hecho se enorgullecía de su propio lenguaje informativo, de su código y reglamentación periodística, en directo y claro contraste con la fábula y la emotividad publicitaria, esté tomando exactamente la misma deriva que aquella. La afición al cuento y a lo que está más allá de lo último. La pasión, en suma, por la novelería que, igual que en la publicidad, se manifiesta ya tanto en su reflexión interna como en su ejercicio profesional.

La desnaturalización de las Relaciones Públicas, su desviación por los derroteros por los que siempre ha transitado la disciplina hermana y rival de la Publicidad, me recuerda al modo en que las cajas de ahorros abandonaron su tradicional y distintiva Obra Social para lanzarse en brazos de la insípida y esnob Responsabilidad Social Corporativa (RSC), aquel invento de los bancos para parecerse a las cajas en un momento en que estas tenían prestigio y les arrebataban los ahorros de las modestas clases medias y trabajadoras. Increíblemente, y lejos de aferrarse a lo que les era propio, a su arraigo territorial y a su genuina obra social, la reacción de las cajas de ahorros (cada vez más politizadas) fue vestirse con el traje invisible de la RSC, idéntico a aquel del cuento del Emperador, y empezar a adherirse al Pacto Mundial y hacer memorias certificadas con los criterios del GRI, memorias que no se leían ni las madres y padres que las parían (o que las parimos).

Bueno. Pues del mismo modo que las cajas de ahorros desvirtuaron la esencia de su identidad en la comunicación de su Obra Social, vienen de un tiempo a esta parte desnaturalizándose unas Relaciones Públicas, que, acaso confundidas por el título ambicioso de Comunicación que se ha impuesto en Europa, están dejando de hacer lo que les es propio y genuino, es decir, la información, el acontecimiento, el debate, el razonamiento, la influencia en la esfera pública, para aterrizar en los neo y trans del branded content, el transmedia y la viralidad a cualquier precio.

La novelería actual de la Comunicación es la de una disciplina que ha dejado de ser un ejercicio simétrico del Periodismo, basado en datos y hechos, y en opiniones de valor sobre asuntos públicos, para ser un ejercicio que se confunde y solapa con la publicidad y el marketing en su tendencia a la fabulación, un ejercicio que ha abandonado la noticia para entregarse al storytelling, que ha abandonado la prescripción de terceros por los medios propios, como si estos tuvieran más credibilidad que la publicidad, que ha dejado de basarse en la palabra y en la racionalidad para buscar descaradamente el impacto emocional de las imágenes, un ejercicio que incluso ha reemplazado su genuino objetivo de ganar espacios en los medios por el de comprar espacios en los medios, exactamente igual que la publicidad. Eso sí, con la diferencia, con la bochornosa diferencia, de que esa compra se realiza a través de acuerdos camuflados que son humillantes para los periodistas y deberían serlo también para los dircom.

La Comunicación, en suma, ha dejado de ser lo que es, para entrar efectivamente en una nueva era sobre la que discursea con alegre desparpajo, invadida de anglicismos y novelería, espídica, eufórica de haber encontrado el éxtasis de la constante agitación en la que ha vivido, vive  y vivirá la Publicidad… pero con la salvedad de que a los publicistas esa agitación les resulta necesaria para sobrevivir, y nosotros no sólo no la necesitamos, sino que únicamente puede condenarnos. Las RR.PP. están desnaturalizándose y perdiendo su esencia. Y cuando compra espacios en los medios, yo diría que están pudriéndose.

Lo más paradójico de todo, lo más sangrante, es que esa reconversión de las RR.PP. (íntimamente ligada a lo digital, qué duda cabe) se ha producido justo cuando la disciplina estaba ganando la batalla global de la Comunicación, cuando los dircom habían empezado a ser realmente tales y a acceder a los Comités de Dirección, cuando incluso las pymes habían empezado a utilizar los instrumentos de las Relaciones Públicas, cuando los Departamentos de Comunicación Corporativa habían adquirido la necesaria autonomía e independencia de los Departamentos de Marketing e incluso cuando habían adquirido superioridad jerárquica sobre ellos… Cuando mejor estábamos, empezamos a joder el Perú. Y en este presente de alborozada jodienda parece que vamos a seguir.


Opinión soberana

Publicado en ABC el pasado 28 de septiembre de 2017

Los primeros pensadores liberales instauraron un concepto deliberativo de la Opinión Pública basado en la premisa de que los ciudadanos se interesan activamente por los asuntos públicos y someten sus juicios a una discusión racional de la que emergen las mejores ideas para el interés general. Pensadores como Hume y Burke contribuyeron luego a asentar la idea de que cualquier gobierno debía basarse en la Opinión: concretamente en esa opinión nacida del debate público. Una noción que desde entonces ha formado parte de la cultura democrática.

Sin embargo,  esa idea original de la Opinión Pública y de su papel en la esfera política estaba muy lejos de presuponer la superioridad de la Opinión sobre la Ley. Al contrario, partía de la superioridad del orden legal para incidir en la necesidad de que la autoridad legislativa estuviera sometida a contrapesos que impidieran los abusos. Dicho de otra forma, lo que tenían en mente dos intelectuales tan conservadores como Hume y Burke cuando afirmaban que el gobierno debía basarse en la Opinión, no era precisamente que la mayoría pudiera salir a la calle y derrocar el orden legal vigente por su soberana voluntad. No. Lo que querían manifestar es que, incluso en un régimen representativo, el poder no debe ejercerse de forma despótica. Que los controles son necesarios, y que el más eficaz de todos ellos es garantizar la publicidad de las decisiones políticas, su exposición al ojo y al oído público. Posteriormente, Tocquevillle abundó en la importancia de articular esos contrapesos, pero fue el primero en avisar de la cara oculta de la Opinión Pública: su capacidad de aplastar la reflexión individual, silenciando a las minorías y empobreciendo la calidad del debate democrático.

A partir de entonces, y desde las propias filas del pensamiento liberal, no tardaron en surgir las voces que advirtieron del riesgo  que entrañaba afirmar que todo gobierno debe basarse en la Opinión. Esas voces objetoras se fueron incrementando conforme el censo de electores se fue ampliando, puesto que el sufragio universal, que fue una gran conquista para la democracia, agrandó sin embargo la ficción de una Opinión Pública informada que sometía a confrontación intelectual los asuntos de interés general. Por ello, ya en 1880, G.C. Thompson estableció la necesidad de distinguir entre la verdadera Opinión Pública fundamentada en el debate racional de las personas cultas y la falsa Opinión Pública conformada por la opinión superficial e irracional de las masas. En la misma dirección, en 1913, A.L. Lowell argumentó que debían excluirse de la Opinión Pública los referéndums y las elecciones, tomando solo en consideración la discusión pública entre personas cualificadas. Y así fueron sucediéndose advertencias similares hasta que Walter Lippman, en 1920, acabó de poner de manifiesto el “autoengaño racionalista” de la Opinión Pública, afirmando que ya en su tiempo la opinión de la mayoría no obedecía a ninguna discusión pública intelectual, sino que estaba dominada por los  estereotipos y las emociones.

A pesar de todas estas objeciones, confirmadas y reforzadas por todas las investigaciones empíricas desarrolladas posteriormente desde la sociología y la psicología social, la idea de que cualquier gobierno democrático se basa en la Opinión Pública no sólo no se debilitó, sino que ha ido reforzando su prestigio, hasta el punto de ser hoy el epítome de los ideales democráticos. La enorme paradoja es que los intelectuales que dieron cuerpo a esta idea pensaban en un proceso de conformación de las opiniones del que apenas queda nada. Pero es lo mismo. La idea ha calado tan hondamente que el voto se ha erigido en la única verdad de la democracia, consagrando la soberanía absoluta y casi absolutista de la Opinión en la vida pública, aunque esta se fundamente en el más completo desconocimiento. Nada en democracia, nada, debe interponerse a la posibilidad de que el pueblo se exprese en las urnas. Tal no sólo es el precario planteamiento intelectual que sirve de justificación al secesionismo catalán: tal es la convicción general.

De modo que no nos engañemos: la idea de que la Opinión es soberana no es ningún patrimonio de la CUP, ni de ERC, ni siquiera de Podemos. Al contrario, mucho me temo que la inmensa mayoría de la juventud española y europea –por no irnos más lejos- comulga con ella. Me gustaría saber cuántos jóvenes, aun los que rechazan el referéndum catalán, son capaces de fundamentar ese rechazo racionalmente, expresando los argumentos por los que el marco constitucional debe prevalecer sobre el derecho a decidir. Por ello, soy pesimista sobre la situación de Cataluña. Porque en una Opinión Pública como la actual, desposeída de la lectura, la historia y la filosofía, las ideas simples vencen indefectiblemente a las complejas. Y la idea de que votar es lo más democrático es simple y de una eficacia demoledora. Por eso, pase lo que pase en estos próximos días, mi pronóstico es que, a la larga, en Cataluña perderá la democracia y ganará la Opinión. Pero no esa opinión ponderada por la cultura y el debate que tenían en mente los padres del liberalismo, sino la compulsión electora de un público iletrado que se siente investido de una autoridad tan soberbia como lejana a cualquier fuente de sabiduría.


Educación y socialismo

Artículo publicado en ABC el 28 de julio de 2017

Recientemente conocíamos que el Ministerio de Educación ha reprochado a cinco comunidades el hecho de que permitan a los alumnos con dos suspensos obtener el título de ESO sin necesidad de ir a la recuperación de septiembre. Al hilo de esta noticia, el director de este periódico, Álvaro Ybarra, se preguntaba en Twitter: ¿Será casual que las comunidades peor posicionadas en el informe PISA sean las que permiten obtener el título de ESO con suspensos? Pregunta a la que, con su permiso, agrego otra: ¿Será casual también que todas estas comunidades, salvo Canarias, estén gobernadas por el PSOE?

Analizando la posición del PSOE en materia de educación, y su querencia cada vez más acusada hacia esa “innovación pedagógica” de aprobar suspendiendo y de “democratizar” las becas y resultados académicos más allá de los méritos y el esfuerzo de los alumnos, me pregunto realmente si no estamos asistiendo a una verdadera disolución socio-psicológica de las ideologías, que elimina los viejos valores y contenidos programáticos, sustituyendo los conceptos políticos por meras etiquetas huecas y a veces hasta contradictorias con aquellos. Lo importante no es lo que es, sino lo que parece ser. Lo relevante no es lo que sea genuinamente de izquierdas, sino lo que la gente identifique como tal.

Es lo que me parece que sucede en la actual relación entre Socialismo y Educación. Porque desde siempre la Educación fue el gran campo de batalla de los partidos de izquierda, y uno de los argumentos más reconocibles de su ideario. Pero su apuesta por la educación pública, como gran instrumento para la igualación social, era precisamente una apuesta por el mérito individual, en oposición a los privilegios de origen o de clase. Frente a las posiciones políticas vinculadas a las clases dominantes, lo que la izquierda propugnaba era la igualdad de oportunidades basada en el esfuerzo y la valía: que sea la formación y no la posición social el elemento determinante de las posibilidades de desarrollo personal.

La suplantación de esta visión sobre la Educación por la que desvincula las becas y los aprobados del esfuerzo y el mérito sólo me resulta explicable a la luz de la aludida disolución socio-psicológica de las ideologías. Ya a finales del pasado siglo XX, diferentes autores advirtieron que la Opinión Pública estaba perdiendo el contenido político y crítico que tuvo en la concepción de los pensadores liberales, para acabar convirtiéndose en una manifestación meramente demoscópica, fruto de las encuestas y de lo que la gente opinaba en ellas. Algo de eso –estimo- está ocurriendo con la política y las ideologías en general: los programas de los partidos se vacían y el pensamiento político (tanto de izquierda como de derecha), antaño sustentado sobre valores y contenidos firmes y reconocibles, es sustituido por una mera colección de clichés o estereotipos que diferencian las distintas partes del tablero político.

A través de estos  clichés, todos, casi de forma instintiva, podemos reconocer si estamos ante una opción política de izquierdas o de derechas. Así, todo lo que es “verde”, “investigador”, “innovador”, “sostenible”, “gay”, “cultural” o “intelectual” se vincula a la izquierda, aunque no tendría por qué ser así. Tradicionalmente lejos de lo empresarial, la izquierda ha hecho sin embargo suyo el emprendimiento y todo ese mundo del “networking” o trabajo colaborativo. Y desde luego todo lo que nos “suena” a “universalización de derechos”, lo vinculamos también con la izquierda, más allá de que estemos pudiendo incluso llegar a confundir el concepto de “derecho” con el de “privilegio”, es decir, con su antónimo.

Yo creo que la política educativa del “aprobado para todos” es una verdadera subversión de las ideas originarias de la izquierda sobre educación. Una sustitución del pensamiento político por clichés socio-psicológicos mayoritariamente huecos pero que en este caso han generado una auténtica inversión del pensamiento original. Frente a la educación universal que propiciaba la igualación de oportunidades a través del mérito, la nueva universalización que se propugna ya no es la del acceso a la de la formación, sino la del acceso al título, anulando por tanto el sentido de la educación y favoreciendo la perpetuación del orden social basado en privilegios de origen.

Dicho de otra forma, las políticas de izquierda sobre educación están lejísimos de ser de izquierda. Y eso ocurre por la disolución socio-psicológica de sus contenidos programáticos en rutilantes clichés que no son sino una manifestación de lo que la gente percibe de forma instintiva e inconsciente. Da igual que existan contradicciones conceptuales, como en este caso. Lo que la gente aprecia que es de izquierda, es de izquierda. Y desde este prisma, sólo desde este prisma, las comunidades que están permitiendo a los alumnos con dos suspensos obtener el título de ESO están siendo muy socialistas.

 


Responsabilidad individual

Si hay un concepto que machaconamente se repite en el ámbito laboral ese es el del trabajo en equipo. Escuelas de negocio, suplementos especializados e incluso grandes instituciones mundiales han vaticinado que las habilidades sociales y de colaboración serán las más relevantes para el mundo profesional, muy por delante de las capacidades técnicas. Tanto predicamento han adquirido estas ideas que se ha construido toda una nueva filosofía laboral exaltadora de las llamadas “soft skills”, es decir, las habilidades blandas o sociales en detrimento de las “hard skills” relacionadas con el conocimiento.

Que yo sepa, a día de hoy, las “softs skills” no hacen ingenieros de caminos, ni neurólogos, ni notarios, ni economistas, ni cirujanos plásticos, pero el director para Europa de una gran multinacional tecnológica declaraba hace poco sin mayor empacho que el conocimiento es “cada vez menos importante”. Según parece desprenderse de las palabras de este experto, y de otros tantos gurús como él, saber de derecho, de medicina o de economía no será realmente importante en el futuro, porque lo relevante será que los nuevos profesionales sean creativos, empáticos, líderes, optimistas, con capacidad de escucha, motivados…, y sobre todo que sepan trabajar en equipo.

Pienso que las “soft skills” han venido a reemplazar a la “actitud” de toda la vida, y esa sustitución no es casual, ni gratuita, sino que responde en efecto a un nuevo ideario laboral que pone el énfasis en la responsabilidad colectiva por delante de la individual. La actitud ya no está en boca de nadie, y no lo está porque emana de la responsabilidad individual, y tengo para mí que estos ideólogos de las “soft skill” no sólo predican lo contrario, sino que habitualmente también practican lo contrario, porque ellos son los “artistas” de la delegación, me tienes para lo que necesites, pero hazlo tú y yo te acompaño a tomar un café, y te escucho y te apoyo y trabajo en equipo contigo mientras tú lo haces todo y sobre todo después de que lo hayas  hecho.

Creo que, antes de lanzarlas, deberíamos pensarnos muy bien disparatadas ideas como la de que “el conocimiento es cada vez menos importante”, que son veneno para la juventud y legitimadoras de una educación con paupérrimos niveles de exigencia, además de un retrato completamente falso de las capacidades que se exigen, a día de hoy, en el mercado laboral. Un mercado laboral, no nos olvidemos, copado mayoritariamente por pymes, que aglutinan el 98% del empleo, y que son demandantes dehard skills”, y sobre todo de profesionales “hards”, o sea, duros y no blanditos, profesionales que pidan ayuda sólo cuando de verdad la necesiten, dispuestos a la solidaridad y al trabajo en equipo pero de ese que nace de la asunción de las obligaciones individuales y no de la cara dura de los que van a la oficina como si fueran a los mundos de Yupi.

Yo comprendo que hay empresas, sobre todo grandes, donde a algunos directivos les interesa fomentar un ambiente donde todos reciben la misma recompensa, los que trabajan y los que no, o, peor aún, donde sólo prosperan los ejecutivos con “soft skills”. Y comprendo también que el mercado de formación de las habilidades sociales funciona de maravilla, porque entrenar las “soft skills” no requiere esfuerzo, no hay que estudiar ninguna legislación, no hay que hincar los codos, no hay que leer nada y casi es mejor no pensar nada, sólo hay hacer tallercitos y convivencias, y reunirse juntos a decir paridas, como cuando teníamos catorce años y nos íbamos de convivencia a tocar la guitarra.

Pero, comprendiendo todo eso, la verdad es que no me explico cómo estamos aceptando barco como animal marítimo. No me explico cómo nos estamos dejando invadir por tango anglicismo huero que, lejos de fomentar auténticos valores, esconden todo aquello que nos repugnaba cuando éramos pequeños: el flojo, el caradura, el que se aprovecha del trabajo del otro, el que nunca hace nada, pero siempre está disponible para un café, el que se escuda en el trabajo en equipo para rehuir la ocupación individual. No comprendo cómo se puede decir que el conocimiento no es importante, si la creatividad no es otra cosa que la capacidad de conectar conocimientos diferentes para inventar cosas nuevas.

Ignoro cómo será la realidad laboral dentro de quince años, y desde luego no niego la importancia de la creatividad y del trabajo en equipo, pero no me cabe duda de que el mundo profesional que yo vivo a diario hoy se parece muy poco a ese planeta guay y fantasioso de de los predicadores de las “softs skills”. La realidad que yo veo es la de empresas necesitada de gente que se instruya, y se forme, pero no en liderazgo, ni en motivación, ni en vacuidades varias, sino en su ámbito de especialización, empresas que suspiran por profesionales que lean y que piensen, que hagan lo que les guste hacer y que lo hagan muy bien, y que se sientan razonablemente satisfechos y motivados por ello, con ese tipo de creatividad que nace de la sabiduría y con un sentido de la responsabilidad individual tan grande que la colectiva resulte una derivación de aquella.

Las empresas demandan en efecto profesionales con actitud, además de conocimiento, pero la actitud sólo emana de la responsabilidad individual, y lo demás son patrañas para gente desocupada.