Gobernar para la calle

Este artículo fue publicado en ABC en abril de 2017

Numerosos politólogos y pensadores han arremetido en los últimos años contra el uso cada vez más frecuente de la demoscopia en la vida política y en general contra una forma de hacer política basada en el pulso constante de los estados de opinión. Incluso se ha acuñado el concepto de sondeocracia para referirse a este tipo de democracia tiranizada por los sondeos, en el que decisiones más críticas son lanzadas como globos sonda para contrastar antes su grado de aceptación social.

Lógicamente el concepto de sondeocracia es un concepto peyorativo, que esgrimen quienes protestan de la deriva marketiniana de la vida política y de la asimilación del proceso de configuración de las decisiones públicas al del lanzamiento de nuevos productos comerciales. La política, dicen estos autores, ya no se ejerce para beneficiar a la población, sino únicamente para contentarla. Las acciones de gobierno no son buenas o malas por el valor social que aportan, sino por el aplauso social que concitan.

Aunque puede parecer una objeción muy reciente al funcionamiento de las actuales democracias occidentales, la realidad es que esta crítica ya la encontramos en la reprobación de Platón a los sofistas. El gran filósofo griego arremetía contra una forma de hacer política que, lejos de buscar el bien común y hacer pedagogía con la verdad, se dedicaba simplemente a estudiar lo que el vulgo quería oír, para luego dárselo en forma de decisiones, argumentos y discursos complacientes.

Pues bien, justo eso es lo que está pasando hoy, y lo que está conduciendo a un debate político y una gestión gubernamental e iniciativa legislativa cada vez más plana, en la que las decisiones más estructurales y necesarias quedan aparcadas por el rechazo o la baja aceptación que muestran las encuestas y otros métodos de medición de la opinión pública.

En una sondeocracia como la nuestra, difícilmente gobierno alguno se atreverá a meterle mano a una cuestión como el manifiesto sobrepeso, rayano en obesidad, de nuestro sector público. Y sin embargo el aligeramiento de la administración y la reforma de la función pública son cuestiones claves en las que, sotto voce, coinciden la gran mayoría de políticos y personas inteligentes.

¿Por qué nuestros políticos actuales carecen de la valentía suficiente para emprender las reformas que consideran necesarias? ¿Por qué sucede a veces incluso que se anuncian decisiones que luego acaban siendo rectificadas ante el miedo a una mala acogida por parte de la opinión pública?

Si los alcaldes de algunos pueblos o ciudades que tomaron la decisión de peatonalizar los cascos históricos hubieran cambiado de opinión a causa de las protestas vecinales, aún estaríamos viendo coches en la calle Larios de Málaga o en la calle Tetuán de Sevilla. Y quienes se pusieron a la cabecera de estas manifestaciones hubieran sido los más perjudicados por la rectificación de esas decisiones en su día impopulares.

Digo todo esto a propósito de la marcha atrás en las fusiones hospitalarias. Llevo años ejerciendo la consultoría en el campo de la Salud y todas las personas inteligentes con las que hablo vienen a coincidir en que es necesario un cambio estructural profundo en la Sanidad para hacerla sostenible. La población ha envejecido, tenemos muchos enfermos crónicos, y necesitamos un nuevo modelo de atención sanitaria, con mayor protagonismo de la Atención Primaria y también con otro tipo de infraestructuras hospitalarias.

Si la administración andaluza está convencida de que las fusiones hospitalarias son necesarias para ajustarse a las nuevas necesidades de la población, ¿por qué rectificar? ¿Por qué ceder a la presión de la calle y no explicar con argumentos que dos hospitales pueden ser una solución de futuro mucho peor que uno solo? ¿Por qué practicar una forma de hacer política que, como decía Platón, se dedica a aprender de los “instintos y humores” de la población para luego satisfacer esas tendencias y apetitos, ignorando lo que “de bueno o de malo, de justo o injusto” hay en ello, y considerando “bueno solo a aquello que hace gozar y malo a aquello que molesta”.

La equivalencia entre decisiones populares y correctas es una falsa premisa de la política actual. Necesitamos gobernantes de altura que se eleven por encima de las encuestas y la presión popular y gobiernen para el pueblo, que no es lo mismo que gobernar para la calle.


Emotividad viral

Artículo publicado en Abc de Sevilla el pasado 17 de marzo de 2017

Hace poco se ha hecho viral el vídeo de un profesor que tiene un saludo personalizado para sus alumnos. Se trata de un maestro de una escuela de Carolina del Norte, en el sur de los Estados Unidos. Como puede ver en este enlace, el vídeo muestra a ese profesor recibiendo uno a uno a los estudiantes antes de entrar en clase. Cada saludo es casi una coreografía en la que profesor y alumno emplean unos cinco segundos. Si no lo han visto, les aconsejo que lo hagan, porque es muy simpático. Como decía, el vídeo ha adquirido una gran difusión, y a ello han contribuido diferentes medios digitales que lo han hecho público con exuberantes titulares. Los más prudentes han tildado al profesor de “único” o “motivador”. Los más excesivos lo han calificado de “increíble” o directamente le han atribuido la cualidad de ser el “mejor profesor del mundo”.

El sentimiento casi unánime de admiración que ha provocado en algunos medios y en las redes sociales el saludo personalizado de este profesor a sus alumnos (hasta el punto, insisto, de ser valorado como “el mejor profesor del mundo”) me ha hecho pensar hasta qué punto vivimos en una cultura dominada por lo visual, en la que sacamos conclusiones rotundas a partir de meras imágenes. No sólo hemos asumido que una imagen vale más que mil palabras, sino que hemos llegado al convencimiento de que las imágenes hablan por sí solas. Más aún, las hemos convertido en la prueba definitiva de la verdad.

Probablemente el periodista que tituló “el mejor profesor del mundo” sólo buscaba links para su noticia, pero estoy convencido de que la gente que en las redes sociales piropeó de todas las maneras imaginables a este profesor, lo hizo con entusiasmo sincero, convencida de que las imágenes eran suficientemente elocuentes como para concluir que mostraban a un docente “increíble” y “excepcional”, quizás el mejor del mundo. En el pensamiento de las personas que así lo afirmaban, las imágenes permitían dictar esa sentencia o, más allá incluso, dictaban esa sentencia por sí mismas. Algún comentario que pude leer en Facebook se lamentaba incluso de que no hubiera profesores así en Andalucía y a otro usuario las imágenes le llevaban a inferir que esa escuela debía de pertenecer al “primer mundo” de la educación, mientras nosotros estamos “a años luz”.

Y, sin embargo, la realidad es que nada de eso podía concluirse realmente de esas imágenes. Yendo un poquito lejos, del vídeo podía desprenderse una gran conexión emocional de los alumnos con su profesor. Es una deducción un poco aventurada, pero vamos a darla por buena, y vamos a creer que el saludo se repite así día a día, también cuando no hay una cámara o un móvil grabando la escena. Yo, que soy crédulo, me lo creo. Ahora bien, ese vídeo no revela nada de lo que sucede dentro de la clase, y aunque lo enseñara en la forma en la que un vídeo puede “mostrarnos” algo, es decir, de una forma meramente visual, de su contenido no podríamos colegir nada sobre las auténticas capacidades de ese profesor.

Quiero decir que a través del vídeo hecho viral no podemos saber si ese profesor ha hecho pensar críticamente a sus alumnos, si les ha enseñado a escribir o a calcular mejor. No sabemos si los ha hecho más reflexivos, indagadores y creativos, ni siquiera sabemos si logra motivarlos también dentro de la clase. En suma, por las imágenes compartidas a través de la red sabemos realmente muy poco sobre las competencias del profesor y sobre la evolución en el aprendizaje que han experimentado sus alumnos.

Siempre he pensado que una de las carencias tradicionales de nuestra educación ha sido la inteligencia emocional. Ni a los alumnos de nuestra generación nos ayudaron a desarrollarla, ni muchos de los docentes que nos enseñaron se interesaron por cultivarla en beneficio de la conexión con sus alumnos. Mi admirado Paco Pérez Valencia, que escribe habitualmente en esta tribuna, lo primero que hace antes de dar cualquier clase o curso, aunque sea de un día de duración, es memorizar los rostros y los nombres de cada uno de sus alumnos y recopilar toda la información personal posible sobre ellos. De modo que, en el momento de conocer a sus alumnos, él ya los llama por sus nombres y tiene algunos detalles sobre sus vidas. Me parece fantástico, y verdaderamente creo que la conexión emocional entre el docente y el alumno es clave en el proceso de aprendizaje.

Dicho lo cual, estimo sin embargo que estamos pasando de una cultura social que ignoraba las emociones a otra que las maximiza completamente, convirtiendo en “bien absoluto” todo aquello que, envuelto en el celofán de las imágenes, nos seduce o conmueve, sin mediar un análisis racional y discursivo previo. Y cuidado con eso, porque el binomio imagen-emoción es una verdadera amenaza a las genuinas señas de identidad de la sociedad occidental, un material explosivo que puede dinamitar el gran edificio cultural, político y científico levantado desde La Enciclopedia, basado en la razón y en el escrutinio lógico de los asuntos de interés común.

Si nos guiamos exclusivamente por la emoción, y concedemos a las imágenes la prueba de la verdad, podemos llegar a conclusiones muy exageradas y también muy erróneas. No sé si el profesor del video viral es el mejor del mundo, sólo sé que las imágenes no me dan ninguna información de valor sobre ello. Había una vieja máxima del periodismo amarillista que decía “no dejes que la realidad te estropee una buena noticia”. En el contexto de las historias virales y las redes sociales, hoy esa máxima podría ser actualizada de la siguiente forma: “no dejes que la verdad te estropee un video conmovedor”. Haríamos bien en activar nuestras alarmas frente a tanta emoción cocinada para ser viral.


Comunicación para perros

Si hay dos conceptos que aparecen hoy en día en cualquier disertación sobre Comunicación Corporativa son “emoción” y “personas”. Hay que hacer comunicación que llegue a las personas, nos dicen. Y la mejor manera es la emoción, nos apostillan. Porque las personas somos seres emocionales. Y sin emoción, no llegaremos a “conectar”, verbo que identifica el tercer y definitivo mantra de la comunicación actual. Luego, cuando el discurso desciende al terreno práctico nos encontramos recurrentemente con los mismos ejemplos. Los mismos vídeos de lágrima fácil, los mismos gifts chistosos, los skecthes ingeniosos que lograron colarse en los contenidos que filtramos en nuestros perfiles sociales o en nuestros grupos de whatasapps. El storytelling, en suma, convertido en el sanctasanctórum donde descansan las verdades supremas de la nueva Comunicación Corporativa, que, no conforme con ser multimedia, es ya transmedia y seguramente algún 'trans' más que se me escapa.

Pues bien, voy a hablar claro. No se me ocurre una forma de comunicación más impersonal que este tipo de campañas basadas en vídeos virales que juegan con las emociones de las personas. No se me ocurre una comunicación menos auténtica, menos centrada en los valores, menos ética, en definitiva, que esa que, atractivamente envuelta en el celofán de las imágenes, se basa en mensajes de una elementalidad pre-escolar, repletos de sofismas que no resisten el menor filtro intelectual. Por utilizar otros dos mantras del “enemigo”, no se me ocurre una comunicación con menos “sentido” y “propósito” que esa que, a través de vídeos supuestamente "comprometidos", nos traslada el porqué de las organizaciones alineándolo con causas de tantísima aceptación social que el apoyo que les brindan las marcas sólo puede ser calificado de reiterativo, redundante, demagógico y oportunista, entre otros calificativos menos suaves que se me ocurren. El día en que una compañía se desmarque de la espiral del silencio que imponen los patrones sociales, exponiéndose abiertamente al rechazo de una mayoría, entonces empezaré a creerme el rollo de las marcas con conciencia y empezaré a emocionarme con los vídeos que abrazan las causas sociales.

No, no creo que un vídeo de marca sobre igualdad de género, sobre nuevos modelos de familia, sobre la importancia de las madres, sobre ecologismo, sobre mil temas en los que apenas si existe divergencia de opinión (o divergencia de opinión que pueda hacerse pública sin sufrir un linchamiento social), sea modelo de nada: ni de comunicación comprometida, ni de comunicación personal, ni de comunicación basada en la emoción. Y desde luego no me parece una evolución, mucho menos una revolución, y sí me parece una involución, tanto que lo que realmente me recuerda esta forma (sucia) de comunicación es a la publicidad subliminal.

No sé dónde había más deshonestidad, si en la publicidad de producto que jugaba con nuestras emociones sirviéndonos raciones calculadas de muerte, riesgo o sexo encubierto, o en esta comunicación despreciable que juega con nuestras emociones poniendo a las marcas del lado de la solidaridad, la justicia social, el respeto a las minorías, la defensa de la vida, la acogida de refugiados y otras causas donde las opiniones discrepantes se exponen a la censura de una nueva Inquisición que no te quema en la hoguera, pero casi. De modo que yo no lo compro, no “compro” esas campañas emocionales, virales y transmedia como modelo de una nueva comunicación. Es más, no creo que sean comunicación corporativa, sino marketing, y de la peor calaña.

Creo que a los comunicadores, con el storytelling, nos la han metido doblada. La noche sin día en que se encuentra la prensa escrita nos ha confundido. Y de pronto nos hemos encontrado haciendo lo que toda la vida han hecho los publicistas, buscar el nirvana de la creatividad, y no el del rigor y la buena información y argumentación. Décadas peleando por acotar nuestros territorios, defendiendo las fronteras de la objetividad y la información de la invasión bárbara de la publicidad y la comunicación comercial, para acabar entregando nuestro discurso (que era lógico, que era argumentativo, que era racional, que era verdad o no era), al enemigo de siempre, el que blandía las emociones frente a los datos, la seducción frente a la persuasión, las ventas frente a todo lo demás, el que antes se entregaba a la simulación descarada y ahora se entrega a la posverdad. Qué enorme paradoja que quienes han/hemos defendido la Comunicación y las Relaciones Públicas como un ejercicio heredero y simétrico del Periodismo se hayan/nos hayamos entregado, en un momento u otro, a los cantos de sirena de contenidos y formas que harían enrojecer de vergüenza a un chaval recién salido de los estudios universitarios de Periodismo, porque son publicidad pura y dura.

Si la Comunicación procede del Periodismo y el Periodismo procede de la Ilustración y de la racionalización del discurso público (y ambas cosas son estrictamente ciertas), sólo a través de un disparatado salto al vacío hemos podido llegar a la conclusión de que la nueva Comunicación es Emoción, así escrita en mayúscula para darle más ídem. No, y cien veces no. La Comunicación es justamente lo contrario. Es elevarse sobre la emoción para llegar al territorio del debate entre individuos que utilizan la razón. Lo que se dirige a la persona, lo que subraya el carácter personal de la comunicación es, desde la Ilustración hasta hoy, la argumentación racional. El binomio emoción y persona en la Comunicación es un verdadero camelo, que los comunicadores (si nos quedara algo de periodistas y de vergüenza torera profesional) tendríamos que haber repudiado como en su día repudiábamos todo aquello que nos sonaba a lenguaje publicitario y comercial.

Tendríamos que negarnos a trabajar para una comunicación más emocional, como tendríamos que negarnos a asumir que el fin de nuestro trabajo sea "conectar" con la audiencia, y medir los resultados en función del número de veces que se comparten nuestros contenidos. También se comparten tías buenas en pelotas (y tíos buenos, no se me vaya a molestar nadie) y chistes machistas (y lo contrario) y cualquier trivialidad ingeniosa que nos provoca una risa fácil y hueca. ¿Es a eso a lo que queremos equiparar la comunicación de las marcas para las que trabajamos? La Comunicación Corporativa nunca había usado hasta hace unos años el lenguaje de la publicidad, y desde luego nunca había pretendido emocionar y "conectar" con "amigos" que un día te ríen las gracias y otro te ponen a caer de un burro. La Comunicación Corporativa, que procede del Periodismo y del Periodismo resulta su espejo simétrico, trabajaba para aportar información, y para aportar credibilidad a las marcas con hechos, datos y argumentos racionales, y para llegar al territorio al que no llegan las emociones de la mercadotecnia, porque además no pueden ni deben llegar pues en ese escenario resultan estériles, fútiles y hasta un poco obscenas.

No se puede defender una marca con conexión emocional cuando lo que la Opinión Pública quiere saber sobre ella es si contrata mano de obra infantil en el Tercer Mundo. La diferencia sustancial entre los profesionales de la Comunicación Corporativa y el Periodismo es que los primeros cobramos de las fuentes y los segundos no. Pero nuestro discurso se desenvuelve, o debería desenvolverse, en el mismo plano y se construye, o debería construirse, sobre los mismos argumentos. Si nos entregamos a las emociones, haremos algo parecido a la publicidad o la propaganda, pero en ningún caso al periodismo: haremos sugestión, pero no persuasión; concebiremos a la persona como un sujeto del que se pueden provocar reacciones aplicándoles ciertos estímulos y no como un individuo racional que toma sus decisiones después de analizar la información. Y todo esto no es nada fashion, no es la última pirueta transmedia, ni lo ha inventado el storytelling. Es puro conductismo. Y la psicología de masas de Le Bon. Son las leyes de la propaganda científica: simplicidad, sorpresa, emoción, repetición y orquestación. 

Concluyo este post repitiendo sus ideas principales de forma muy suave para que nadie se moleste:

La comunicación con propósito que abraza causas sociales de cara a la galería me parece una estafa. 

La comunicación de videos virales que llegan al corazón me parece aberrante. 

La comunicación emocional me parece fría, calculadora y malintencionada.

La comunicación dirigida a la persona me parece casi biológica y denigrantemente impersonal.

La nueva comunicación me parece al menos tan vieja como Goebbels.

Cada vez que alguien concibe un vídeo viral, lo que tiene en su mente no es una persona pensante. Es un montón de individuos que se comportan como el perro de Paulov.

El storytelling, esa paradigma de la comunicación emocional, no es comunicación para personas. Es comunicación para perros.


Elogio de la soberbia (intelectual)

Artículo publicado en ABC el pasado viernes 24 de febrero de 2017

De pequeños, a los de mi generación, nos decían: “niño, no hables de lo que no sabes”. Hoy esa cultura ha quedado completamente desterrada. No sólo somos incitados constantemente a opinar sobre cualquier cosa, sino que hemos sido persuadidos de la gran falacia de que todas las opiniones valen lo mismo. Como si el principio “un hombre/un voto” pudiera extenderse a cualquier ámbito intelectual, hemos aceptado que cualquier opinión sobre arte, educación, física, comunicación, computación o empresa tiene el mismo valor, proceda de quien proceda, de un experto o de un ignorante en la materia. Cuando la realidad es que no todas las opiniones importan igual. Y que la diferencia entre las ideas no procede en la mayoría de las ocasiones de una mera diferencia de gustos, sino de conocimiento. Y que incluso los gustos son también, en gran medida, una cuestión de conocimiento.

Mis gustos en arte, por ejemplo, son muy legítimos, y tengo el derecho a expresarlos si me viene en gana, pero la realidad es que valen muy poco, porque es una materia a la que he dedicado poco tiempo de observación, práctica y estudio. Si pretendiera que mis opiniones tuvieran el mismo valor que las de un catedrático, un galerista o un museógrafo, sólo estaría demostrando ser un completo cretino, por más que un montón de gente pudiera llegar a jalear mis afirmaciones. Si me place, también puedo opinar sobre una sentencia o una técnica quirúrgica, pero desde luego no debería aspirar a que ningún juez ni ningún cirujano se rebajaran a debatir conmigo. Porque la realidad es que yo no estoy a la altura de ellos en sus respectivas áreas de especialidad y por consiguiente no puedo pretender que mis opiniones “compitan” con las suyas.

Lamentablemente, el principio de autoridad se está quebrando en todos los ámbitos de la vida, y hoy los pacientes les discuten a los médicos sus recetas, los ciudadanos se creen periodistas, los iletrados se ponen en pie de igualdad con los juristas, y todos sentimos que llevamos dentro un arquitecto o un decorador de interiores. Esa pérdida del principio de autoridad se está extendiendo incluso a la propia relación entre profesionales, en la que cada vez más hay menos respeto intelectual. Con asombro, he visto cómo ingenieros han tocado textos de compañeros periodistas, no para cambiar el sentido o aclarar el significado de una oración, simplemente por una cuestión de estilo, es decir, de gusto, o más bien de mal gusto y desconocimiento. Con vergüenza, vergüenza ajena naturalmente, he visto a abogados opinar sobre el trabajo de arquitectos, a fontaneros porfiando con aparejadores, y a programadores sintiéndose diseñadores. La prudencia en la opinión se ha abandonado por completo, sometida a una suerte de osada ignorancia en la que sentimos que nuestras ideas pueden medirse a la de aquellos que saben mucho más que nosotros.

El “empoderamiento” (discúlpenme la palabra) es la verdadera monstruosidad que está detrás de semejante disparatada democracia (o más bien acracia) de la opinión. Un auténtico “mantra” que ha invadido el discurso corporativo de un montón de profesiones, que parecen empeñadas en asimilarse al marketing, como si nuestra primera obligación -seamos médicos, notarios, periodistas, investigadores, científicos, jueces o ingenieros- fuera escuchar a nuestra audiencia para averiguar lo que quiere y así venderle más. Hay que “empoderar” a los pacientes, les dicen a los médicos. Hay que “empoderar” a los lectores, nos exhortan a los periodistas. Hay que “empoderar” a los acusados, acabarán exigiendo a los jueces. Pues bien, frente a ese “empoderamiento” de todos para poder opinar sobre todo, a los pacientes sobre sus tratamientos y a las audiencias sobre el periodismo, yo quiero hoy aquí hacer un elogio de la soberbia, de la soberbia intelectual y profesional, como antídoto necesario e inevitable contra lo que considero una verdadera enfermedad social. 

Lo diré de una forma que admita pocas dudas. Si el reclamado “empoderamiento” se traduce en poner en pie de igualdad la opinión del médico y del paciente, esa equiparación no puede acabar de otra forma que con el enfermo en el servicio de urgencias. Y exactamente el mismo silogismo aplico a la profesión para la que me formé y a la que me dedico, aunque desde la consultoría. Como sigamos empeñados en escuchar a las audiencias, obsesionados con dar al público lo que quiere, convirtiendo en noticia cualquier barrabasada o ligereza a la que la gente preste atención, entonces el periodismo acabará en el mismo cementerio al que irán a morir todas las profesiones hipnotizadas por los cantos de sirena del “empoderamiento”.

De modo que no. No creo en el “empoderamiento”, como no creo que todas las opiniones sean iguales. Y sí creo que cierto ensimismamiento es imprescindible en todas las profesiones, incluso en las que actúan de cara al público. Creo en el principio de autoridad, y creo en el respeto profesional. Creo en la educación, y mi experiencia me dice que el nivel de preparación de una persona se aprecia inequívocamente en el modo en el que se comporta frente al trabajo de otro profesional. Creo que hay profesionales mejores y peores y que nuestra gran opinión como público o como clientes reside en la elección, pero no en sentirnos profesionales de lo que no somos, debatiendo sobre lo que no sabemos.


Visibilidad

Artículo publicado en ABC el 10 de febrero de 2017

Hace poco escribí jocosamente en facebook que “dar visibilidad” está sustituyendo a “poner en valor” en el ranking de expresiones horteras asiduamente usadas en comunicación y, por ósmosis inevitable, en la vida política. Pero más allá del empacho léxico, lo cierto es que la susodicha “visibilidad” se ha convertido en una de las mayorías garantías para la democracia, en su combinación con la pluralidad mediática.

Por más que nos cueste aceptarlo, la democracia actual tiene muy poco que ver con aquella democracia directa de los ciudadanos griegos que se gobernaban a sí mismos decidiendo en asamblea pública las mejores soluciones para los asuntos de interés común. Pero tampoco tiene mucho que ver con aquella democracia representativa que empezó a fraguarse en Inglaterra en el siglo XVII, en la que el Parlamento era el corazón de una vida política caracterizada por la discusión racional entre notables que respondían directamente ante sus electores.

Con la irrupción de los partidos políticos, y con el nuevo tipo de mandato imperativo impuesto por estos, la distancia de las democracias actuales tanto con respecto a la fórmula representativa inicial como con respecto al ideal de autogobierno griego es tan sustancial que podría parecer que de la democracia apenas si queda el nombre. Pero no es así, porque sí queda algo, algo fundamental, que conecta los ensayos originales de democracia con las actuales democracias occidentales, y que tiene precisamente mucho que ver con la mencionada “visibilidad”, entendida como exposición a la vista del público todos los actores de la vida política.

Es esa visibilidad la que garantiza la vigilancia de los gobernantes por parte de los gobernados. Y por tanto la que sustancia el que resulta a mi juicio el principal rasgo diferenciador de las democracias como sistema político, tan relevante o quizás más que el principio de un hombre/un voto, que por cierto no es una característica original de la democracia (en la economía esclavista griega, sólo los hombres libres participaban del autogobierno, y en los primeros momentos del parlamentarismo el sufragio fue censitario).

Como explica John B. Thompson, en la democracia griega la visibilidad del poder público estaba garantizada por la copresencia de todos los actores de la vida pública en un mismo espacio físico. Los ciudadanos eran al mismo tiempo gobernantes y gobernados y todos se reunían en asamblea, en un lugar común para hacer propuestas y tomar decisiones. En la democracia representativa, esa visibilidad dejó de ser literal, pero metafóricamente los gobernantes quedaron expuestos al foco de la Opinión Pública. De hecho, una de los grandes hitos históricos en el progreso de la democracia fue la apertura al conocimiento público de las deliberaciones del Parlamento, inicialmente secretas. Sólo cuando el acceso de los periodistas fue permitido, quedó desterrada la opacidad como rasgo consustancial a la actividad política, definitoria de los Estados modernos y teorizada por la doctrina política de Maquiavelo.

Hoy, esa visibilidad de los actores que participan en la vida pública, y la consiguiente vigilancia a la que esa visibilidad los expone, no sólo se mantiene, sino que se ha vuelto probablemente, y como decía al principio del artículo, en la mayor garantía de nuestras democracias, su rasgo más real y tal vez el único cordón umbilical que las une al autogobierno de las ciudades-estados griegas y al parlamentarismo del siglo XIX.

Autores como Sartori o Habermas han sido, sin embargo, enormemente críticos con la actual “visibilidad” de los poderes públicos, que a su juicio se ha vuelto ineficaz para el control de la actividad política por parte del ciudadano. Sartori sostiene que la televisión ha hecho muy visibles a los candidatos, pero no sus ideas, y Habermas llega incluso a defender que vivimos un proceso de refeudalización de la vida pública y a comparar la visibilidad de los gobernantes actuales con esa otra visibilidad, adornada de pompa y espectáculo, con la que pontífices, señores feudales, monarcas y príncipes se presentaban ante sus súbditos en la Edad Media y principios de la Edad Moderna.

Sin negar la teatralización que hoy caracteriza la vida política, hay sin embargo un abismo muy evidente entre la visibilidad de aquellos monarcas antiguos y la de los gobernantes de hoy. Para cualquier actor de la vida pública, al tiempo que una necesidad y una fortaleza, la visibilidad que hoy obtienen a través de los medios representa su mayor amenaza. A mayor visibilidad, mayor escrutinio de periodistas y ciudadanos. A mayor visibilidad física de los candidatos, mayor examen intelectual de sus ideas. A mayor visibilidad mediática, en suma, mayor fragilidad política.

Ahora bien, para que de la visibilidad de los poderes públicos se derive una forma efectiva de vigilancia de los gobernantes por parte de los gobernados, es preciso un sistema de medios de comunicación robusto, diverso y plural, con una prensa escrita muy protagonista, y que garantice en efecto que la notoriedad sea un arma de doble filo, a favor y en contra de quien la porta, y que la visibilidad no sólo sea de rostros, sino también de discurso. Pero combinada con la pluralidad de medios (pluralidad ideológica y de soportes: prensa, radio, televisión, internet), la visibilidad de los poderes públicos es indudablemente garantía de democracia.


Lecciones aprendidas

El pasado 7 de enero hice 20 años de ejercicio profesional en Euromedia. Un tiempo que me ha dado la oportunidad de aprender algunas cosillas que tienen que ver con la Comunicación, con el oficio de asesor, con el mundo de la empresa, y (la mayoría) con las relaciones humanas. De estas lecciones, hago aquí una especie de inventario espontáneo. Sin orden pero (espero) con concierto. Empiezo.

Si vendes humo, acabarás intoxicándote. Un cliente no es un cliente bien atado hasta que no se hace (bastante) amigo. Un cliente no se hará amigo si antes no te admira. Y no te admirará si no le demuestras que vales. Todas las relaciones humanas son recíprocas. Si odias, te odian. Si piensas mal de otro, él piensa mal de ti. Los mejores consultores son esos a los que el cliente parece que no les deja colgar nunca el teléfono. Si te incomoda relacionarte por arriba, nunca serás consultor. Si te relacionas mal por debajo, te harán la vida imposible. A pesar de lo que digan, tigre sí come tigre, no lo olvides nunca. Y casi siempre el de dentro se come al de fuera.

Es mucho más fácil echar a un consultor externo que a un empleado, por muy incompetente que sea el empleado. Ir a trabajar no es trabajar: algunos clientes lo ignoran cuando se trata de su gente pero tú no te puedes permitir ese lujo con la tuya. Muchas horas en la oficina no equivale a mucho trabajo. La percepción del cliente depende tanto de la calidad de la interlocución como de la calidad del trabajo. Un correo electrónico mal puesto se carga una cuenta. Un email bien escrito es una poderosa arma de seducción. Nunca escribas un correo en caliente ni llames tampoco en caliente. Nuca pienses en caliente. O mejor, piensa en caliente, si quieres, y despotrica lo que quieras... pero luego déjalo estar. Hay dos tipos de clientes: los que llaman a diario y los que no te llaman nunca. Los más difíciles de llevar son los segundos, y, si pagan igual, el buen consultor trata de trabajar lo mismo para los dos.

Llevar la iniciativa es lo más complicado en una relación de consultoría. Si trabajas solo a demanda, estás muerto. Si el cliente tiene la sensación de que lo atosigas, estás muerto también. Búscate la vida. Inventa. Resuelve. Pide permiso sólo cuando ya lo tengas todo listo. El papel lo aguanta todo, salvo la literatura inconsistente. El diseño seduce, pero sólo el contenido crea relaciones estables. Todo lo breve no es bueno ni todo lo simple es inteligente: habitualmente es solo simple. Las emociones están de moda, pero la argumentación racional es la base fundamental de nuestra actividad. Editorializar es el trabajo cotidiano de un comunicador. Sin (la) Ilustración, no tendríamos Periodismo. Y tampoco Relaciones Públicas.

El periodismo es la materia esencial de la que se nutren las competencias de un comunicador Si no sabes escribir, no sirves. Si no ves la noticia, no sirves. Si no eres capaz de rellenar cinco páginas con la punta del… lápiz, no sirves. Sin Periodismo no hay Comunicación Corporativa como sin tetas no hay paraíso. La gente ya no se entera por los medios. Pero la gente habla de lo que está en los medios. Incluso la gente joven. Los medios siguen creando la agenda pública y todo lo demás es cuento. Ganar espacios no pagados (en los medios, en las conversaciones de las redes...) es el primer mandamiento del comunicador. Los medios propios tienen la misma credibilidad que un anuncio. En las empresas de servicios, no es lo que vendes (el producto): es lo que sabes (el conocimiento). Lo que dice un tercero de ti vale más que lo que dices tú de ti mismo. No hables de ti, habla de lo que te interesa a ti y a los que te rodean. Las marcas quedan y las personas pasan. Pero cada vez seguimos más a las personas y menos a las marcas. Y cada vez las personas cuentan más en la comunicación de las marcas. Los empleados y los clientes son quienes tienen más credibilidad recomendándote aunque su opinión nunca llegará a tanta gente como la de un gran periodista de un medio de gran alcance.

No te creas que la Comunicación es la solución de todas las cosas, porque entonces deberás asumir que es también el problema de todas las cosas. La Comunicación da probablemente más reputación que negocio. Pero por eso mismo es tan enormemente importante. Los límites entre la esfera pública y privada son cada vez más difusos. El mercado ya no es ajeno ni al interés público ni al juicio del público. Los asuntos empresariales son también objeto de la opinión pública. Las exigencias de transparencia e información se han extendido a las organizaciones privadas. Hay una inflación de comunicación en la vida política y un déficit de comunicación en el mundo empresarial. Los políticos cuentan incluso lo que no hacen y las empresas no cuentan lo que hacen. La Comunicación Interna sigue siendo la asignatura pendiente de la Comunicación Corporativa. La Comunicación Interna podría darle una nueva dimensión a la Comunicación Externa, pero rara vez se usa para ello. 

La puerta fría no sirve para nada. Normalmente, la jugada aparece, más que se busca. Cultiva la paciencia. El mejor comercial es el que no se nota que vende. Nadie vende más que alguien enamorado de su trabajo (solo un cliente que recomienda su trabajo). El noventa por ciento de los clientes que consigues son por recomendaciones de otros clientes. Los clientes habitualmente van y vienen. Pero los que se quedan son los que merecen más la pena. Dalo todo por ellos y saca los dientes si es preciso. Desconfía de la gente que dice que es íntima amiga de todo el mundo: sus íntimos amigos suelen tener dificultad para acordarse de su nombre. Tener contactos está sobrevalorado. Es mucho más importante tener buenas historias y creértelas. El entusiasmo con el que las cuentas es la mitad de tu resultado.

Tener socios en los que confías es fundamental. Un socio y amigo, o sea un sociamigo, es mucho mejor que un follamigo. La amistad entre socios y compañeros resuelve las crisis que no soluciona la razón. Un amigo es alguien ante el que no tienes la necesidad de fingir. La lealtad es la más noble de las cualidades humanas. En menos de dos años no te da tiempo a aprender tu trabajo. En menos de cinco no empiezas realmente a aportar cosas. En menos de diez no comienzas a amar tu trabajo y tu empresa. El directivo que cambia de trabajo constantemente trabaja mucho más para sí que para su compañía. Sospecha de los currículos en los que el interesado (nunca mejor dicho) cambia cada año de empresa.

La creatividad es interesante pero la inteligencia lo es más. La creatividad sin inteligencia es como la potencia sin control. Nunca se han hecho páginas webs corporativas más liosas e innavegables que ahora. Tampoco más inútiles. Tus noticias y tus proyectos dicen mucho más de tu visión que cualquier frase hueca. Las modas van y vienen, pero no vuelven nunca como se fueron. Escucharás millones de veces que la gente no lee… sobre todo de los que nunca leen (y también de los diseñadores que te quieren poner cuatro letras minúsculas en el extremo de la página). Leer mucho sobre lo que haces te eleva por encima de la media, aunque elegir bien es fundamental porque hay mucha morralla. Sé muy profesional en tu trabajo y sobre todo muy amateur: ponle mucho amor a todo lo que tengas que hacer. Y sobre todo ponle sentido común.

Márcate todos los años un gran reto intelectual. Hacerlo multiplica los alicientes. Busca nuevas motivaciones constantemente. Y cuando te sientas quemado, piensa en la noche del sábado.

Todo cambia y todo permanece. Heráclito y Parménides. Las lecciones aprendidas sirven de mucho y no sirven de nada.


Diez modas en Comunicación que se nos fueron definitivamente de las manos en 2016

Nos entusiasmaron, nos sedujeron, nos atraparon tanto que nos pasamos de rosca con ellas. Es justo reconocerlo, y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Pero, llegados a este punto, lo mejor que podemos hacer es detenernos, pensar, realizar examen de conciencia, reírnos un poco de nosotros mismos y sobre todo rectificar, antes de que la cosa se nos vaya definitivamente de las manos…

1. La Misión.- La certeza definitiva me llegó hace unos días. En forma de hojilla comercial oportunamente dejada en mi buzón de correo. Un flyer sobre un gimnasio. Un flyer con pretensiones, que es lo peor que le puede pasar a un flyer. Un folletillo de quiero y no puedo. Nuestra misión es ayudarte a recuperar el equilibrio corporal y emocional a través del ejercicio físico. O algo así. Más bien, creo recordar que algo peor. Y a continuación un rollo infumable a medio camino entre la literatura motivacional y la comercial. Fue en ese momento exacto cuando lo vi claro: esto de la Misión se nos ha ido de madre.

2. El porqué.-  Directamente relacionado con lo anterior. A todos nos gustó el video de Simon Sinek en TED, todos nos quedamos babeando con su teoría del liderazgo, y todos aceptamos, como gran prueba de fe de esa teoría, el éxito de Apple y de sus fantásticos anuncios sin ordenadores. Por supuesto, a ninguno se nos ocurrió constatar el grado de rigor científico que tenía aquello del cerebro límbico, pero, bueno, esa es otra historia. Desde entonces, todos nos quedamos convencidos de que nuestra comunicación tenía que dar razones, y que además esas razones tenían que llegar al corazón. Y nos pusimos fantásticos. Como los autores de la hojilla comercial del gimnasio. Cogimos nuestra literatura corporativa y le metimos un botox de aúpa. Y lo peor es que fuimos a los periodistas contándoles nuestros porqués y nuestros colegas empezaron a mirarnos como si se les hubiese aparecido un extraterrestre. La facturación, los mercados, las líneas de negocio… qué vulgaridad todo aquello, pudiendo hablar de nuestro porqué. La prosaica realidad es que no. Que no todas las empresas admiten que su discurso empiece por las motivaciones profundas, y que en realidad las motivaciones profundas empresariales suelen ser menos profundas que empresariales. Meditémoslo bien, porque, ya puestos a ser fantásticos, acabaremos hablando de la causa eficiente y de la causa final, como si hubiéramos leído a Kant. Reflexionemos si no es mejor que la motivación se intuya y no se diga explícitamente (dicha explícitamente, puede resultar hasta obscena). Y sobre todo asumamos que todo lo que a un periodista le suena a humo, también puede sonarle así a nuestros públicos directos.

3. Emoción. Ay, la emoción. Si no llegas al corazón de tu cliente, no eres nadie. La gente no compara precios, la gente no se desespera en las colas, ni se molesta por tener que esperar una hora al teléfono sin que nadie la atienda. La gente es puro corazón. Y puede esperar hasta una crisis mal gestionada en los medios, si el vídeo que ha visto circular por Internet le ha hecho reír o llorar, y sobre todo si le ha hecho reír y llorar al mismo tiempo. Si tienes un porqué y ese porqué está ligado a la emoción, lo tienes todo. No es la información, no es el dato, no son las 5 W, no son los hechos, ni siquiera son las opiniones. Es la emoción. Sólo la emoción. Y los profesionales que hacemos Relaciones Públicas, que somos periodistas, o lo éramos, nos lo creímos. O más bien habría que decir que nos la metieron envainada. Hasta el fondo... Toca reconstruir el edificio. Y repensar que la creatividad también puede estar asociada al conocimiento. Que el raciocinio nos eleva y nos define en nuestra condición humana. Que es verdad que somos animales, pero también racionales, y que no todo es blanco ni todo negro. Y que por tanto hay momentos para la emoción y momentos para el conocimiento. Y herramientas y actuaciones para la emoción y otras para el conocimiento. Incluso para el dato puro y duro, esa ordinariez.

4. Storytelling. Otra que nos envainaron, bien envainada. Lo importante era crearle una historia a la marca. Daba igual que la historia no fuera real. Daba igual que la historia fuera de hecho de lo más perentoria, colocada a nuestra marca con un calzador para zapatilla de jugador de baloncesto. Cuidado. El storytelling ha sido una gran aportación. Ha transformado (para bien) la publicidad de producto y aún más la publicidad corporativa. Ha hecho posible la difusión transmedia y viral. Ha convertido los anuncios en noticias, y las noticias y anuncios en fenómenos virales. Ya digo, una aportación del copón, la del storytelling. Pero eso es una cosa y otra distinta es que el storytelling genere (por sí solo) prescripción. Una buena creatividad prestigia a la marca, es posible que sí, pero sobre todo prestigia a la agencia de publicidad que la creó. Lo que de verdad prestigia a las marcas son otras cosas. Sobre todo, la credibilidad. Y la credibilidad se construye con transparencia y con informaciones ciertas. De modo que ése debería seguir siendo nuestro trabajo fundamental. Convertir nuestras marcas en información. Buscando ángulos nuevos constantemente (que es por otro lado la esencia del storytelling) y renovando el discurso con noticias bien contadas.

5. Branded content. A ver con esto, porque depende mucho de qué es lo que entendamos por el concepto. Pero, en su traslación al ámbito de la publicity, a mí me huele a chamusquina. Me huele a contenidos pagados, que es lo que lamentablemente vemos en cada vez más medios. Me huele a periodistas cabreados haciendo el trabajo de las Relaciones Públicas y a Relaciones Públicas confundidos haciendo el trabajo de Planificadores de Medios. Me huele a espacios acordados comercialmente, pero disimulados en su indudable dimensión publicitaria. Habitualmente mal disimulados. Me huele al momento en que se nos jodió el Perú. ¿En qué momento fue?, nos acabaremos preguntando unos y otros. Pues está sucediendo ahora mismo. O acabamos con esta incestuosa relación o lo lamentaremos cuando sea demasiado tarde.

6. Cajitas, sorpresitas y regalitos a modo de convocatoria de prensa. En Bachillerato tuve un profesor de Matemáticas que cuando veía la atención de la clase muy dispersa decía: examen, examen, examen… Cuando el recurso no le funcionaba, probaba con el último y definitivo argumento de cualquier adolescente: sexo, sexo, sexo… Confieso que con algún periodista con el que me une una especial relación de camaradería, he utilizado ese recurso para que mi correo electrónico no le pasara desapercibido. Obviamente como broma (aunque siempre ha funcionado). Resulta indudable que cada día llegan a un redactor jefe cientos de convocatorias y notas de prensa, la mayoría de las cuales acaban en elementos eliminados del correo electrónico o simplemente en la bandeja de entrada sin abrir. Destacar en esa selva de mensajes es realmente difícil, pero reconozcámoslo: con los kits de prensa la cosa se nos estaba yendo de las manos. Del vaya, qué original, al esta gente se cree que soy imbécil o qué, hay un trecho muy corto. Los periodistas no quieren regalitos, quieren información, y algunos se toman en serio su trabajo, incluso muy en serio. Así que ojito con los kits de prensa. Ya sólo el mote ese de kit de prensa nos lo deberíamos hacer mirar. Ni kit ni muertos. Esto no es marketing, coño. Somos Relaciones Públicas. Lo nuestro va de periodismo.

7. Press show conferences.- Se lo leí a Arantxa Herranz en Top Comunicación hace ya un par de años. Las ruedas de prensa están degenerando en shows business. Y desde entonces la cosa ha ido de mal en peor. ¿Hay algo más ofensivo para un periodista que ser convocado a una merienda muy cuqui en la habitación de un hotel? Definitivamente nos lo tenemos que repensar. Y trazar una línea de separación bien nítida entre los periodistas de los medios y cierto tipo de blogueros. Por otra parte, si lo que pretendemos es que vengan cámaras de televisión, mejor hacer un evento para otro público y convocar también a los medios, que no diseñar un encuentro específico con los periodistas. Desvirtuar y trivializar las ruedas de prensa no nos conviene a nadie. Ni a los periodistas ni a los Relaciones Públicas. Volvamos a la esencia. Uno o dos portavoces dando información de valor en diez-quince minutos y un turno de participación para que los periodistas pregunten lo que quieran. Un dossier de apoyo para los medios y poco más. Eso es una rueda de prensa.

8. La experiencia de usuario. No. Todo no tiene que ser una experiencia. Y sobre todo las ruedas de prensa no tienen que ser una experiencia. El periodista no es ni cliente ni fan, y si es fan debería quitarse de en medio y dejar que otro colega informe. La experiencia de usuario es un fantástico concepto de marketing que algunas marcas trabajan maravillosamente y que sabe explotar las características de una nueva sociedad de consumo que busca la felicidad en el propio hecho de consumir. El marketing experiencial aprovecha, crea o refuerza esa felicidad, convirtiendo el momento de ir a comprar, y el previo y el posterior, en algo parecido a un orgasmo. Me parece genial. Otra aportación del copón, como el storytelling. Y yo mismo, como usuario, soy una víctima gozosa del marketing experiencial de marcas como Nespresso. Me gusta ir a la tienda, me gusta que me inviten a café, me gustan esas cajitas ordenadas de cápsulas, me gusta ir por la calle con la bolsa de la marca… Me gusta todo, antes, durante y después. Pero tratar de convertir a un periodista en un fan es como pedirle que te enseñe el artículo antes de publicarlo. He recibido convocatorias de prensa en el que la estrella invitada era un cocinero. Incluso un mentalista. Pues mire no. Los actos con los medios no son gastroexperience ni experience de ningún tipo. Con la información no tratamos de convertir a los periodistas (ni a nadie). Tratamos de aportarles hechos y opiniones y, en todo caso, de convencerlos racionalmente.

9. El social media coaching. Yo lo llamo así, aunque realmente no tiene ningún nombre (oficial) que yo sepa. Confieso que es algo que no soporto, y en esa moda sí que puedo decir que yo estoy libre de todo pecado. Me refiero a este tipo de actividad de las marcas en las redes sociales consistente en “vamos a comernos el día”, “empieza una maravillosa semana”, “por fin es viernes”. Francamente, nunca he sabido qué coño hacen las marcas dando los buenos días a la comunidad, como si la comunidad no tuviera quien le dé los buenos días. A las redes sociales la gente llega saludada, y si todo lo que una marca puede aportar son los buenos días, mejor que se calle, que ya hay mucha gente haciendo ruido.

10. Los anglicismos.- Ya escribí sobre ello en este post. Que no hay necesidad de decir listening cuando en español tenemos escucha. Si para justificar la calidad e influencia de lo que hacemos, tenemos que practicar la proporción 70%-30% (70% de español y 30% de inglés), mal andamos.

La conclusión es obvia. Volver a lo genuino. A la esencia de nuestra profesión. Evolucionar naturalmente, innovar también, pero sin perder nuestras raíces como periodistas, contadores de historias reales y verificables, que ocasionalmente pueden llegar a la emoción, pero que habitualmente van dirigidas a la razón.


Morir con tus ideas

La vida política en democracia se sostiene sobre dos tipos de persuasión. La primera, bien conocida, es la persuasión del electorado. La segunda, ignorada y sin embargo esencial, es la persuasión entre los propios políticos que defienden opiniones diferentes. En los sistemas representativos, los parlamentarios tienen el deber de convencer (y dejarse convencer) en pública discusión hasta encontrar las mejores ideas para el gobierno de todos.

La consideración de la discusión pública como el mecanismo más eficaz para llegar a las decisiones óptimas, las más solventes intelectualmente, fue una gran aportación del pensamiento ilustrado, que concibió que no sólo las decisiones del poder político, sino también la propia opinión pública a la que los dirigentes públicos tenían que rendir cuentas, debían conformarse a través de un proceso deliberativo en el que unos convencían a otros, y en el que todos asumían la premisa de que era posible (y necesario) dejarse convencer.

En dejarse persuadir no había nada malo, al contrario. La persuasión a través de las razones debía ser el mecanismo esencial de la democracia, un verdadero resorte de progreso y cultura, sólo al alcance de las sociedades más maduras y de los individuos más letrados. De hecho, si había precisamente un signo reconocible de ilustración, era precisamente ese: la aceptación de la confrontación intelectual como el único medio a través del cual se dirimía la superioridad de las ideas, más allá de la jerarquía social o la posición económica. El objetivo de convencer a través de la argumentación racional constituía la misma esencia de la discusión pública, tanto de la discusión de los políticos como de la conversación que los ciudadanos entablaban en clubes, cafés, tertulias…

Todo eso ha cambiado drásticamente. En la esfera ciudadana y en la política también. Cuando dos dirigentes públicos inician una conversación, ambos parten de posiciones inamovibles. El debate parlamentario no es ya un diálogo orientado a la persuasión, sino una escenificación pública de planteamientos estáticos. ¿Alguien ha visto salir de una sesión parlamentaria a algún político pensando de modo diferente a como pensaba cuando entró? Sólo imaginarlo nos parece algo ridículo e ingenuo. Y sin embargo, en esa ingenuidad descansan las ideas ilustradas que levantaron la democracia.

El objetivo de la nueva forma de discutir políticamente no es convencer, sino vencer, y la única persuasión que se persigue es la del electorado. Cierto es que los políticos siguen llegando a acuerdos, pero estos no responden ya a la persuasión, sino a la mera cesión de posiciones. Los partidos no renuncian a las ideas que tenían antes de ponerse a debatir, simplemente las aplazan por una suerte de pragmatismo político que se parece bastante al regateo comercial. La negociación ha suplantado el debate, y la discusión pública ha degenerado en un mercadeo en el que las mejores ideas no se imponen sobre las peores, sino en el que facciones irreconciliables porfían por sus programas (y sobre todo por los cargos y los presupuestos), como dos comerciantes tiran y aflojan para conseguir la mayor rentabilidad económica.

Lamentablemente esta nueva dinámica de discusión también se ha extendido a la esfera social (y por supuesto a la mediática). Si nunca hemos visto a un político salir de un debate parlamentario con una posición diferente a la inicial, más difícil es aún que en una tertulia un periodista le dé la razón a otro, después de que este le exponga su punto de vista. Cambiar de opinión por una idea intelectualmente superior lo consideramos algo humillante. Cuando iniciamos una conversación, partimos de la premisa de que nadie modificará nuestra forma de pensar, e inversamente por tanto nuestro objetivo no será nunca convencer al adversario dialéctico, sino derrotarlo (o hablando con mayor propiedad, humillarlo). Exactamente como los políticos, la persuasión es un objetivo que aplicamos a los terceros, no a la persona con la que discutimos. Nadie se retractará de sus ideas iniciales, salvo por una avalancha violenta de opiniones contrarias. Y entonces más que cambiar de opinión, el arrepentido lo que hará es inmolarse públicamente y pedir perdón.

“No trates de convencerme porque no voy a variar mi forma de pensar”. Cada día presenciamos decenas de conversaciones que se desarrollan bajo esa indigente premisa intelectual, grabada a fuego en nuestro nuevo ADN social. Si no admitimos la posibilidad de cambiar nuestras ideas, entonces… ¿para qué debatimos? Una verdadera cultura democrática exige justamente lo contrario, una genética social abierta a la persuasión, en la doble dirección de convencer y dejarse convencer, y alejada de la estigmatización del cambio de opinión.

Porque si hay algo profundamente contrario a la esencia de la discusión democrática es “morir con tus ideas”, ese mantra totalitario disfrazado de integridad por dirigentes sin ninguna cultura política (ni de ningún tipo). No hay mayor forma de fascismo que la del inmovilismo intelectual y el rechazo a cualquier forma de persuasión. Los dictadores (como los cretinos) ni dudan ni cambian de opinión. Y por supuesto nunca se dejan convencer. Necesitamos otra cultura política y social. No la cultura del “no es no”, sino la cultura del “no puede ser sí si alguien me convence racionalmente de que el sí es mejor”. Morir con las ideas propias, por soberbia, sordera e ignorancia, tiene muy poco de digno y sí mucho de antidemocrático.


Democracia y razón

Fue Walter Lippmann quien formuló la más brillante y lúcida crítica a la democracia que se ha escrito jamás. Con apenas treinta y dos años, el considerado inventor de la columna periodística argumentó que la democracia es un sistema político construido sobre una enorme ficción: la de que los ciudadanos somos capaces de formarnos opiniones competentes sobre los asuntos públicos.

Esa ficción democrática, expuesta por Lippmann en su imprescindible ensayo Opinión Pública, se venía salvando hasta ahora a través de dos resortes fundamentales: el mandato representativo otorgado a nuestros legisladores y la información recibida de los medios de comunicación. A través del primero, los ciudadanos quedábamos liberados de la necesidad de saber de todo, y de la responsabilidad de tener que tomar decisiones sobre asuntos públicos complejos que quedaban más allá de nuestra experiencia directa. A través del segundo, adquiríamos el nivel de competencia suficiente para elegir cada cierto tiempo a representantes cualificados para tomar esas decisiones. Además, los medios cubrían por nosotros la función de vigilancia de estos representantes, obligándolos a la transparencia en la toma de sus decisiones y por tanto a defenderlas y justificarlas.

Hoy ambos resortes están en crisis. El sometimiento de los parlamentarios a la disciplina de voto de sus partidos ha instaurado una nueva forma de mandato imperativo que ha restado credibilidad a la delegación de la responsabilidad en nuestros legisladores. Por otra parte, la sensación generalizada de que la corrupción ha anidado en los partidos y de que los medios no han realizado lo suficiente por denunciarla, y cuando lo han hecho ha sido por motivaciones políticas o empresariales, ha aumentado esa descreencia en la democracia representativa, elevando las demandas y expectativas de control y participación política de los ciudadanos, ya no suficientemente satisfechas por el voto en las urnas cada cuatro años, ni tampoco por la función de control de los medios.

En este escenario han irrumpido además las nuevas tecnologías, y entre ellas las nuevas tecnologías de la comunicación, que hoy hacen perfectamente viable la instauración de una verdadera democracia directa al estilo de la ensayada en la Grecia clásica. ¿Qué impide hoy someter al juicio directo de los ciudadanos cada nueva ley que se traslada al Parlamento para la deliberación y votación de los parlamentarios? Más aún. ¿Qué imposibilita que cada viernes los asuntos que se tratan en el Consejo de Ministros sean sometidos a la aprobación de todos los ciudadanos? Técnicamente nada. O nada que no puede ser resuelto al cabo de muy poco tiempo. Al mismo tiempo, las redes sociales han proporcionado el soporte tecnológico necesario para la realización de esa vieja entelequia del periodismo ciudadano, dando a cada elector la posibilidad de erigirse en informador y sobre todo en un creador de opinión activo sobre los asuntos públicos.

¿Por qué no evolucionar entonces en esa dirección? ¿Por qué no ir hacia una democracia más directa, salpicada por continuas consultas sobre temas de importancia? ¿Por qué no saludar con entusiasmo y fomentar esa forma de democracia directa aplicada al periodismo que son las redes sociales? A mi juicio, la respuesta es clara. Porque esas fórmulas no hacen sino ahondar en la enorme ficción revelada por Lippmann. Una ficción que no ha hecho sino acrecentarse desde los inicios del liberalismo hasta hoy, no sólo como consecuencia de la ampliación de la participación política desde el inicial sufragio restringido hasta el actual sufragio universal, sino también por la creciente complejidad de los asuntos públicos y el incremento abrumador de la información tratada en la esfera pública. La realidad es que los ciudadanos no tenemos la competencia suficiente para decidir sobre los asuntos públicos, ni tampoco para informar sobre ellos. Y suprimir los resortes que han hecho soportable la ficción democrática del ciudadano omnisciente e informado, lejos de fortalecer la democracia, supondría hundirla definitivamente en el lodo populista de las emociones y la discrecionalidad.

Más democracia directa, en suma, no tiene por qué convertirse en más democracia, sino en todo lo contrario. Convocar consultas populares puede tener mucho sentido para cuestiones que caen dentro de la latitud de nuestra experiencia directa (por ejemplo, los días de celebración de la Feria), pero resulta tan improcedente como peligrosamente populista para cuestiones complejas como la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, sobre las que la mayoría de nosotros apenas si podríamos formarnos un juicio basado en atajos conceptuales, etiquetas y estereotipos. Del mismo modo, las redes sociales son un instrumento magnífico de conversación y participación pública, e incluso de control y denuncia de los propios medios de comunicación, pero conferir credibilidad a lo que cualquier usuario publica en ellas, y descansar en los ciudadanos la competencia de vigilar al poder e informar sobre los temas de interés público es tanto como confiar en cualquier individuo la capacidad de proyectar una obra de ingeniería o de intervenir en el quirófano.

Reforzar la democracia no es, por tanto, socavar las bases de la democracia representativa, sino fortalecerlas, corrigiendo, eso sí, las desviaciones o problemas que hayan podido producirse en la delegación de las funciones políticas y de información. Potenciar la democracia es restaurar los mecanismos de representación, devolviendo el debate político al Parlamento, y liberándolo del yugo imperativo de los partidos a través de listas abiertas. Es someter a fuertes exigencias éticas y de instrucción a nuestros representantes públicos, y a todos aquellos organismos e instituciones que intervienen en la esfera pública, entre ellos a los propios medios de comunicación. Y es, o puede ser también, ensayar algunas fórmulas de opinión y decisión directa por parte de los ciudadanos, pero siempre como complemento y nunca como sustitución de las instituciones y mecanismos de la democracia representativa.

Porque el fundamento de la democracia no es entregar la vida pública a algo parecido a un sorteo, ni tampoco a una disputa visceral basada en emociones. Justamente al contrario, lo que pretende la democracia es desterrar la arbitrariedad de la vida pública, sometiendo el gobierno de todos al ejercicio crítico de la inteligencia y el conocimiento. Hija de la Ilustración, conviene recordar que no puede haber democracia sin razón, del mismo modo que no hay razón sin democracia.


Educación y Comunicación

Hace poco leí que los hombres libres de una ciudad-estado griega recibían, durante su educación, años de formación en retórica para aprender a entender y a construir argumentos persuasivos. Más cerca de nuestra época, en el siglo XVII, cada estudiante de la Universidad de Harvard estudiaba durante cuatro años cómo argumentar y practicaba lo aprendido en debates. Lamentablemente la formación en habilidades de comunicación está ausente de nuestro sistema educativo, y basta hoy observar a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral para constatar que en la escuela, y posteriormente en la universidad, nadie les ha enseñado habilidades de comunicación que son fundamentales para su desarrollo profesional y también personal.

No me refiero sólo a la capacidad de expresarse en público, capacidad confundida desatinadamente con la superación de la timidez (hoy los jóvenes se manifiestan públicamente sin ningún retraimiento, pero produce bochorno verlos intentar explicarse: uno se pregunta a veces si no sería mejor que fueran algo más vergonzosos). Me refiero, en general y sobre todo, a la capacidad de argumentar y construir discursos lógicos, consistentes y bien estructurados. Me refiero a la capacidad de matizar o variar el mensaje según a quién va dirigido. Me refiero a la capacidad de compartir una información o una opinión sin causar rubor ajeno. Todo eso, para empezar. Y en un estadio superior, para comunicar de forma creativa y original.

La memorización de textos largos sobre la que se soportaba la educación en la época en la que yo iba al colegio no era desde luego la mejor estrategia para expandir el pensamiento y la capacidad de comunicación. Como tampoco lo era ese tipo de estrategia que tenía su epítome en los exámenes tipo test, y que ponía a prueba nuestra capacidad de recordar datos concretos. Ninguna de esas estrategias –ni la mera reproducción memorística ni la discriminación entre respuestas falsas y verdaderas- nos ayudaban a la capacidad de conectar conocimientos y comunicar.

 

La incorporación en el aula de la tecnología, sobre todo cuando ésta se concibe no como un medio, sino con un fin en sí mismo, no resulta sino una merma más para las castigadas competencias lingüísticas de los alumnos

 

Sin embargo, me temo que las nuevas estrategias educativas por las que se viene abogando, lejos de resolver el problema, agravan ese déficit de pensamiento y comunicación. Así, el énfasis en la capacidad de hacer me parece extraordinario, un cambio metodológico necesario, pero sospecho que está llevando a los alumnos a la falsa convicción de que, por ejemplo en el ámbito creativo o literario, se puede escribir sobre cualquier tema a partir de cero, sin ninguna investigación o conocimiento previo, cuando la realidad es que no, para escribir cualquier cosa, antes hay que saber de lo que se escribe, buscando en fuentes, investigando, adquiriendo experiencia, estudiando… Porque no se trata de escribir/crear basura, ni simplicidades u obviedades, sino de crear/escribir nuevas ideas desde el conocimiento adquirido y la experiencia acumulada.

Del mismo modo, el planteamiento de convertir la enseñanza en un juego, ahora tan en boga, está infundiendo entre los alumnos –y lo peor, entre los propios profesores- la idea de que todo lo que no es divertido ni inmediato debe ser descartado del aprendizaje, convirtiéndose así la pregonada gamificación (discúlpenme la palabra, no es mía) en la puerta de evacuación de los pensamientos complejos. Cuando la realidad es que la capacidad de comunicar está intrínsecamente ligada a la capacidad de pensar y entender ideas complejas, y la incompetencia para meditar sobre ellas y comunicarlas nos degrada como individuos y como sociedad.

Finalmente, la incorporación en el aula de la tecnología, sobre todo cuando ésta se concibe no como un medio, sino con un fin en sí mismo, no resulta sino una merma más para las castigadas competencias lingüísticas de los alumnos, sin que tampoco les ayude –más bien todo lo contrario- en sus habilidades para la comunicación no verbal, en las que, insisto, suelen cargarse todas las tintas de nuestro déficit de comunicación. Y es cierto, indudablemente, que no sólo las palabras comunican, e incluso probablemente las palabras representan un porcentaje pequeño de lo que decimos. Pero no es menos cierto que son precisamente las palabras las que más nos elevan de nuestra condición biológica.

A uno de estos gurús del fenómeno social media que han crecido como setas le escuché una vez en una conferencia que ningún razonamiento merece la pena si no puede ser resumido en los ciento cuarenta caracteres de un tuit. Mi duda es la contraria: si hay algún razonamiento de mérito que realmente quepa en el tamaño de un tuit. Probablemente sí, pero formar en habilidades de comunicación no es enseñar a los alumnos a prescindir de cualquier argumento complejo, sino al contrario, es enseñarlos a relacionar información y conocimientos y a construir teorías o argumentos propios a partir de esa conexión de datos e ideas. Es enseñarlos a opinar, pero no a opinar vaciedades y frivolidades. Es instruirlos en la idea de que la opinión es un estadio superior a la información, que requiere asimilación del conocimiento y capacidad crítica.

Una sociedad educada en las capacidades críticas y creativas de la comunicación y la opinión es una sociedad mucho más protegida de la manipulación y de la peligrosa metástasis del pensamiento simple.